¿Por qué se fueron si eran tan buenos muchachos?

0
El presidente Santos anuncia su nueva cúpula militar. Foto Presidencia de la República.

Al anunciar el cambio en la cúpula militar, el presidente Santos dice que es un ‘movimiento natural’, pero oculta otras verdades que salen a flote

El presidente Santos anuncia su nueva cúpula militar. Foto Presidencia de la República.
El presidente Santos anuncia su nueva cúpula militar. Foto Presidencia de la República.

Alberto Acevedo

No escatimó elogios el presidente Juan Manuel Santos, hacia la anterior cúpula dirigente de las Fuerzas Armadas y de Policía, al anunciar, el pasado lunes 12 de agosto, un remezón en los mandos castrenses. Dijo el mandatario que los generales que integraban la hasta ese momento saliente dirección de las fuerzas militares y de policía, hicieron parte de la nómina “que más resultados ha cosechado en la historia reciente de Colombia en la lucha contra el terrorismo, las bandas criminales, el narcotráfico, la minería criminal y la delincuencia común”.

La pregunta que se hace el ciudadano es, como reza una película de suspenso: “¿Por qué se fueron, si eran tan buenos muchachos?”. El relevo en la cúpula militar tomó por sorpresa a mucha gente.

¿Por qué se da ese paso en momentos en que se esperan decisiones medulares en la mesa de negociaciones en La Habana, cuando, en sentido contrario a las determinaciones que allí se tomen, se ha endurecido más la pelea entre el mandatario y el ex presidente Álvaro Uribe Vélez? Y, finalmente, se remueve el mando castrense cuando el país estaba a las puertas de un paro nacional del sector agrario, minero y de la salud, que constituye el más serio desafío a la política social de Santos.

La verdad es que desde varias semanas atrás se hacían evidentes rumores, signos de malestar, filtraciones de contradicciones serias y anuncios de que la política militar y de “seguridad nacional”, no es como la pintan ni sus resultados son tan contundentes como los muestra la prensa oficiosa al sistema.

Choques

Según ha trascendido a algunos medios de comunicación, el ‘florero de Llorente’ que precipitó el remezón militar, habría sido el duro enfrentamiento verbal, a gritos e insultos, que se produjo en el marco de un consejo de seguridad en Bucaramanga, el pasado 27 de julio, entre el ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón y el comandante del Ejército, general Sergio Mantilla.

Más allá de ese incidente, que habría llevado a que el ministro le exigiera al presidente la salida del oficial altanero, el general Mantilla se habría convertido en una piedra en el zapato para el proceso de conversaciones de paz que adelantan el gobierno y la insurgencia en La Habana.

Mantilla había declarado unos días antes, refiriéndose al proceso de paz, que “en dos o tres años las FARC serán irrelevantes para el país”, porque gracias a la política de tierra arrasada, con la que sueña el oficial, la paz se va a hacer por las buenas o por las malas”.

Puntos de conflicto

De otra parte, habían caído muy mal las declaraciones del saliente comandante de la Policía, el general José Roberto León Riaño, cuando en una reunión interna, y en una franca confesión de sus simpatías uribistas, recriminó a comandantes de tropas, por los -en su opinión- pobres resultados en la represión a la protesta social, especialmente en la zona del Catatumbo. Y eso que los campesinos pusieron cuatro muertos en la protesta.

“Con razón la gente extraña mucho al ex presidente Uribe”, había dicho en ese corro de oficiales el comandante de la Policía. Expresiones como esta, se complementan con las reiteradas declaraciones de Uribe Vélez, en el sentido de que entre la tropa había desmoralización general ante el abandono de los postulados de la “seguridad nacional”.

Juan Manuel Santos, concluye sus elogios a la anterior cúpula, abonándole como uno de sus mayores méritos haber dado de baja, fuera de combate, a dos emblemáticos dirigentes de la guerrilla, Alfonso Cano y el Mono Jojoy. E insinúa que la nueva estela de comandantes en la dirección de las Fuerzas Armadas, será la del postconflicto y del afianzamiento del proceso de paz.

Otros analistas no muestran tanto optimismo en relación a esta conversión, e indican que sería más puntual hablar de una “cúpula militar de transición”, que allanaría el camino a una nueva nómina de comandantes de tropa más comprometida con el proceso de paz y más sensibles al sentimiento y las cuitas ciudadanas.

Permeados por el uribismo

Y si la dirección de los cambios es esa, entonces sí es cierto que algunos altos mandos, comprometidos con el uribismo y abiertamente simpatizantes de tendencias militaristas, de la guerra y de la política de tierra arrasada frente a la insurgencia, habían venido expresando su malestar, cada vez más abiertamente, por el rumbo que vienen tomando las conversaciones en La Habana. Y habrá que esperar, qué reacciones se darán en el futuro al interior de las tropas, donde hay todavía amplios sectores que simpatizan con Uribe.

Transitar por un sendero que aclimate un ambiente de paz, implica transformaciones aún más profundas en el seno de las Fuerzas Armadas, y no basta con una medida cosmética de cambios en la cúpula militar sin revisar la actual estructura militar y su orientación. Deberíamos hablar de una profunda reforma militar de contenido democrático, que se aparte de las orientaciones del Departamento de Estado, que nos impuso la doctrina del ‘enemigo interno” y de la ‘seguridad democrática’, muy funcionales a los planes hegemónicos de Washington sobre tierras americanas.

El balance de la gestión militar que el presidente Santos ha presentado durante los tres primeros años de su mandato, no son del color rosa con que los muestra. Si bien se propinaron golpes importantes a la estructura de mando de la guerrilla, hay otros aspectos a los que ni el gobernante ni la gran prensa han querido referirse por estos días.

El otro balance

Bajo el gobierno santista y de la mano de la tan elogiada cúpula militar saliente se mantuvo la política de los ‘falsos positivos’, que constituye una afrenta al derecho internacional humanitario. Como nunca se dispararon los asesinatos de líderes agrarios, denominados recuperadores de tierras. Abogados y activistas sociales defensores de derechos humanos, voceros de organizaciones femeninas, indígenas, de comunidades negras, de orientación sexual diversa y de otras vertientes del pensamiento y de la más variada militancia social, han sido estigmatizados, encarcelados y asesinados, bajo los postulados de la actual doctrina militar.

Medellín se convirtió de nuevo en laboratorio de las bandas paramilitares. El comercio y las plazas de mercado en Santa Marta, Cali, Barranquilla, Villavicencio y otras ciudades, son conocida fuente de financiamiento del paramilitarismo. Y paralelo al crecimiento de la criminalidad, se ha incrementado la corrupción en las filas castrenses. Nunca antes hubo en la historia de Colombia tantos mandos militares, al más alto nivel, sindicados y encarcelados por tráfico de drogas, paramilitarismo y ejecuciones extrajudiciales.

Fenómenos como el crimen de joven grafitero en Bogotá, la existencia del llamado ‘Tolemaida Resort’, las fugas de militares sindicados de crímenes de lesa humanidad de las propias guarniciones militares, son expresiones variadas de esa corrupción. Muchas de esas prácticas, esa escuela de menosprecio por la dignidad humana, se adquieren en los cursos de formación de la Escuela de las Américas, en Estados Unidos. Y es precisamente ese andamiaje perverso de la misión de las milicias y la introducción de contenidos verdaderamente democráticos y humanistas, objetivos a los que necesariamente habrá que apuntar si se quiere cimentar una verdadera paz con justicia social.