¿Por qué explotó Colombia?

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Movilización el pasado 24 de noviembre en las calles de Bogotá. Foto Laura Sophia Martínez.

Han sido siete días, y contando, de una poderosa y diversa movilización sin precedentes en la historia de Colombia. Lo que comenzó como una masiva jornada de Paro Nacional, se ha transformado en una situación popular que plantea un novedoso momento político para el país. ¿Qué pasó para que estallara la olla?

Óscar Sotelo Ortiz
@oscarsopos

Multitudes inconformes e indignadas en las principales calles, golpeteos espontáneos de cacerolas, militarización de las ciudades, toques de queda, llamados gubernamentales a una “conversación nacional”, portadas de medios de comunicación y redes sociales reventadas en opiniones, configuran el panorama de una situación social que genera expectativa nacional y que tiene contra las cuerdas al presidente de la República, Iván Duque.

Con los acontecimientos en desarrollo, vale la pena analizar por qué explotó la olla y cuáles son las consecuencias que se derivan de esta coyuntura.

La ruina del modelo

En Colombia existe un modelo socioeconómico en evidente crisis. La historia de la formación de ese modelo se basa en la contradicción. La promulgación de la Constitución Política de 1991 prometió sobre el papel la garantía de diversos derechos, siendo los derechos sociales una prioridad.

En el proceso de reconfiguración del Estado, se llevaron a cabo una serie de reformas, que contradictoriamente negaban esos derechos sociales mediante la imposición de una doctrina económica conocida como neoliberalismo. En síntesis, esta postura tecnocrática liberalizó la economía y privatizó el pequeño Estado de bienestar construido en el siglo XX.

La educación, la salud, la banca, las pensiones y el mundo del trabajo serían administrados por el sector privado, reduciendo el rol del Estado a un simple árbitro-espectador en materia de derechos sociales fundamentales. La Ley 30 de educación o la Ley 100 en materia de salud y pensión, ejemplifican la puesta en marcha del modelo.

Este patrón económico, que profundizó la desigualdad social y la distribución inequitativa de la riqueza, entró en dificultades con la crisis financiera mundial del 2008. Se necesitaban cambios estructurales al modelo. El segundo gobierno de Álvaro Uribe y los dos gobiernos de Juan Manuel Santos intentaron poner en marcha reformas sociales regresivas, que, por sus grados de impopularidad, se materializaron a cuentagotas sin resolver estructuralmente el problema.

La situación se agudiza con la entrada de Colombia a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, OCDE, el club de países ricos. Esta organización planteó un recetario de imposiciones para resolver algunos problemas estructurales del país, donde la cuestión social se resolvería con más neoliberalismo. El compromiso fue de Santos, pero quien está asumiendo la orientación es el actual presidente, Iván Duque.

En consonancia, gremios y cacaos, quienes se acomodaron con éxito al modelo, vienen diseñando las reformas tributaria, laboral y pensional. Así el actual Gobierno lo niegue, el llamado “paquetazo” se encuentra en el Plan Nacional de Desarrollo y ya tiene ponencias listas en el Congreso de la República.

Si ya con el modelo existente, derechos como educación, salud y pensión eran difíciles de alcanzar, las reformas planteadas convierten esas aspiraciones en verdaderas utopías. De ahí deriva la bomba de la indignación.

Un nuevo sujeto político

La gran mayoría de manifestantes en las movilizaciones oscilan entre los 16 y 50 años. Son varias generaciones que tienen un punto en común: son el sujeto político de la sociedad neoliberal. Es decir, son las generaciones que carecen de derechos sociales. No tienen trabajos formales, sus salarios son precarizados, sus aportes a pensión son inestables y sus deudas por concepto de educación son astronómicas. Generaciones no-futuro.

Sin embargo, también existe una particularidad. Son un sujeto político plural cuya identidad se construye de la heterogénea realidad social. Son trabajadores informarles, mujeres doblemente explotadas, estudiantes con incertidumbre, artistas que enfrentan una sociedad que no los apoya, activistas Lgtbi que luchan contra la discriminación, y un largo etcétera.

En medio de una sociedad digital que masifica el acceso a la información, este sujeto político plural plantea nuevas contradicciones y dibuja nuevos horizontes de pelea. Explotados e inconformes, conscientes de porqué y contra quien pelean, no tienen nada que perder.

Por eso se convierten en protagonistas de primer nivel en este momento de ruptura, pues batallan por algo que aún no conocen pero que desean: verdaderos derechos sociales.

El boquete del acuerdo

De entrada, el hecho de finalizar el conflicto armado con la insurgencia, que por años fue el Satanás perfecto para tapar las profundas desigualdades sociales, explica por qué la coyuntura posacuerdo se centró en lo verdaderamente urgente para el país.

De igual forma, el estatuto de la oposición como un logro del Acuerdo de Paz, ha permitido una estrecha pero significativa representación de sectores alternativos en espacios donde se han evidenciado las contradicciones y mentiras del Gobierno al igual que su partido político.

El incumplimiento de los puntos transformadores del Acuerdo, el asesinato sistemático de excombatientes como de lideresas y líderes sociales, y el recrudecimiento de la guerra en los territorios olvidados de Colombia han despertado un enojo generalizado.

Aunque todos los caminos conducen a que se están repitiendo capítulos de la guerra sucia contra el movimiento social, la gente ya no es indiferente frente a los acontecimientos dolorosos de una regresión donde el uribismo es el directo responsable. La movilización inaugurada por el 21N, es en esencia una manifestación en contra de la guerra.

Crisis de legitimidad

El uribismo subió al poder a base de mentiras. Las rudas propuestas en lo económico, las falacias que sembraron con la paz, el autoritarismo a la hora de asumir el poder ejecutivo y el pésimo manejo de las relaciones internacionales, han construido en 15 meses un gobierno intransigente pero débil. La gente tiene la certeza, y con toda la razón, que el proyecto que lidera Iván Duque está confeccionado para una Colombia que solo existe para una minoría privilegiada.

A eso se le suma que no tienen gobernabilidad. Al distribuir la “mermelada” política en un partido buitre, el Centro Democrático, han entrado en confrontación con otras facciones de las tradicionales castas políticas.

Mientras tanto, el partido buitre se descompone por sus propias contradicciones no solo en las carteras de Gobierno, sino también con sus congresistas. El líder natural de la colectividad, Álvaro Uribe, sombra de una visión premoderna del país, se enceguece cada día más en un peligroso radicalismo de extrema derecha.

Y finalmente, un presidente inexperto es la cereza del pastel para la evidente crisis de legitimidad. En menos de 10 años, Iván Duque pasó de ser un yuppie exótico viviendo en el extranjero a ser el presidente de un país ultra complejo como Colombia. No es falta de comunicación, es que no tiene ni idea del pueblo que gobierna. Y el pueblo que gobierna, está notoriamente fastidiado confrontándolo en la calle.

Ventana de oportunidad

Es difícil prever en qué terminará la explosión de esta olla llamada Colombia. Contra todos los pronósticos la movilización se mantiene, la indignación con un Gobierno pusilánime crece y la moral de la gente se encuentra intacta.

La ruptura que ha significado el 21N y los acontecimientos posteriores, identifican un momento excepcional y favorable en la correlación de fuerzas. La ventana de oportunidad se ha abierto para que los pueblos, y no las élites, sean los dueños de un nuevo porvenir. No se equivocó VOZ en la portada de la semana pasada: ¡En las calles se construye la historia!

*¡Si señor, como no, EL ESTADO LO MATÓ! Dilan Cruz estará siempre en la batalla por un país distinto. #EsmadAsesinos.

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