Ser pobre en tiempo de huracanes

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Víctima de huracanes. Foto Denniz Futalan.

Los huracanes han sido destructivos en las ciudades con un mayor porcentaje de población pobre y negra. Pese a ello, no se han impulsado medidas para mejorar la infraestructura y mitigar los daños de futuras tormentas

Ricardo Arenales

El paso de los huracanes Florence y Michael, con diferencia de pocas semanas, y que arrasaron las costas de Florida, Carolina del Norte y Carolina de Sur, ha puesto en evidencia, la diferencia entre ser pobre y ser rico al afrontar las consecuencias de los desastres ambientales en la primera potencia del mundo.

Primero el Florence y después Michael, han golpeado especialmente los barrios más pobres de amplias zonas de Carolina del Norte, confirmando la tendencia de ser también los más afectados en catástrofes naturales anteriores.

“Los huracanes han sido especialmente crueles en los condados con un mayor porcentaje de población pobre y negra”, dijo a la prensa el reverendo William Barber, líder espiritual de estas localidades, y pastor cristiano de Carolina del Norte y quien fundó la ‘Campaña de los pobres’, un programa de asistencia social inspirado en un movimiento homónimo de Martin Luther King Jr., en 1968.

Reverendo William Barber.

Bajo el umbral de pobreza

Cuando se desató Florence, golpeó duro las localidades de Lumperton y las ciudades costeras de Wilmington y Jacksonville. Estas poblaciones habían sido literalmente arrasadas el año pasado por los vientos huracanados de Mathew. En estas localidades, una tercera parte de la población vive por debajo del umbral de la pobreza. Las inundaciones afectaron gravemente las zonas donde viven personas con menos recursos económicos, fenómeno que se repitió la semana pasada con el huracán Michael.

En estas zonas, las viviendas más humildes están a menos altura, casi a ras del nivel del mar, en comparación con las de los barrios de personas adineradas, que, ciertamente, enfrentan de manera diferente los embates de los ataques de la naturaleza.

Es el caso del llamado de las autoridades a evacuar, en los casos en que consideran que el peligro es mayor. En los barrios deprimidos muchas familias no disponen de un auto para trasladarse a regiones seguras. La mayoría de los niños, que asisten a las escuelas, no disponen en el día sino del almuerzo o los alimentos que les suministran en el aula. De hecho, ante la declaratoria de emergencia, se suspendieron las clases en la mayoría de las escuelas, con lo que los niños perdieron la oportunidad de consumir una comida caliente.

Testimonios

“La mayoría de los niños en esta zona come gratis o a precio reducido”, dice John Barnes, un activista de derechos humanos. “Muchas veces solo comen en la escuela”, asegura Barnes.

Carmichael, un vecino de la zona, tiene la sensación de que las autoridades no han hecho lo suficiente para evitar que el río Lumber inunde los barrios más pobres. “Nos presentan como a pobres. Si somos tan pobres, entonces qué sentido tiene que nuestras casas queden expuestas una y otra vez. Otras personas tienen suficiente dinero para reparar sus casas, pero nosotros no”, dice el hombre.

Otra de las zonas afectadas esta vez fue la ciudad de Goldboro, sobre el río Neuse, que también se inundó en el 2016. Allí el 25 por ciento de la población vive por debajo del umbral de pobreza. En la iglesia cristiana de Greenleaf, cientos de voluntarios se organizan para preparar comida para niños que no pueden ir a la escuela, y por tanto no tienen acceso a comida.

Dos huracanes

El reverendo Barber dice que el paso de Florence y ahora del Michel, debería servir para generar un debate en torno al racismo estructural y las desigualdades económicas del Estado. “Los huracanes han sido especialmente crueles en las ciudades con un mayor porcentaje de población pobre y negra. Pese a ello, no se han impulsado medidas para mejorar la infraestructura y mitigar los daños de futuras tormentas”, dice.

“Tenemos dos huracanes -dice Barber-. El huracán de la pobreza y de la carencia de atención médica y de salarios dignos, que existía antes de la tormenta y, por otra parte, la tormenta. Y ahora, todo lo que antes era difícil para la gente, se ha exacerbado”. El pastor recuerda que los pobres sufren de manera incrementada los efectos de los desastres naturales, y como ejemplo adicional, recordó que durante la pasada emergencia, cuando las autoridades instaron a la población a evacuar a zonas seguras, a los reclusos de las cárceles los dejaron abandonados en sus celdas, ante unas autoridades negligentes que se negaron a reubicarlos.

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