¿Plan de guerra o plan de paz?

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La vieja concepción militar de la doctrina de seguridad nacional debe ser remplazada por doctrinas democráticas de Fuerzas Militares para la paz y la democracia.

El “Plan Victoria” con su filosofía y sus antecedentes, no cabe en el posacuerdo o el posconflicto como lo llaman en el establecimiento

Carlos A. Lozano Guillén

El Ejército Nacional viene dando abundante –por ende agravante- publicidad al “Plan Victoria”, presentado como una especie de “golpe de gracia” contra la guerrilla de las FARC-EP, que nunca fue derrotada en el campo de combate por las fuerzas militares del Estado colombiano, respaldadas con todo el poder bélico del imperialismo estadounidense. Fueron 63 años de lucha armada revolucionaria, con los antecedentes en la génesis del conflicto, para que las FARC-EP conquistaran la paz democrática sin ser derrotadas y sin derrotar al enemigo. Pactaron la paz digna para las dos partes y de conveniencia para Colombia que tiene derecho al goce de la paz estable y duradera si las dos partes cumplen los compromisos.

Un plan de corte militarista, fundamentado en la estrategia anticomunista de la seguridad nacional con el cálculo de exterminar no solo a las guerrillas sino a las fuerzas de izquierda y populares, no puede ser la culminación del fin a la guerra. Esta supone no solo la dejación de las armas y el tránsito a un partido político legal y democrático de la guerrilla, sino también el compromiso del Estado -no solo del gobierno- de no volver a utilizar las armas para reprimir al pueblo, la suspensión de toda la colaboración de sus agentes con las bandas paramilitares, la persecución a las mismas,  el fin del terrorismo de Estado y el abandono de toda doctrina militarista y anticomunista por las Fuerzas Armadas y de Policía, incluyendo la desaparición del Esmad. El acuerdo es integral en este sentido y no puede ser ignorado por alguna de las partes. “Las FARC ya cumplieron, ahora le toca cumplir al Gobierno”, dijo hace unos días el Alto Comisionado para la Paz.

Las consecuencias del “Plan Colombia”

En este contexto, no cabe en el momento histórico el “Plan Victoria”  con su anacrónica filosofía. Es un plan revanchista, petulante y tramposo, porque pretende ocultar que fracasó la salida militar del conflicto armado interno y que al final, con el Acuerdo de La Habana, no hubo vencedores ni vencidos como lo proclamaron Juan Manuel Santos y Timoleón Jiménez en el Teatro Colón de Bogotá, el 24 de noviembre de 2016, en la firma de la segunda y definitiva versión del Acuerdo Final de La Habana,

El “Plan Victoria”, según el Ejército Nacional, eso sí con la ayuda de los asesores militares de Estados Unidos, tiene sus antecedentes más inmediatos en el “Plan Colombia” del año 2000, expedido en pleno desarrollo de los diálogos del Caguán entre el gobierno de Andrés Pastrana y la guerrilla de las FARC, después de haber pactado el despeje de 42 mil kilómetros de territorio en Meta y Caquetá y de lo cual no se quiere acordar ahora el flamante expresidente, opuesto a la paz victoriosa y digna de la actualidad.

El Ejército presenta el “Plan Colombia” (aprobado en el senado de los Estados Unidos) como “alianza estratégica entre Colombia y Estados Unidos para luchar contra el narcotráfico, recuperar la seguridad, fortalecer la institucionalidad y consolidar el desarrollo social del país”. Nada de lo anterior lo lograron, o que demuestren lo contrario con cifras y hechos. Lo que hicieron fue crear centros de entrenamiento y capacitación de las Fuerzas Armadas (léase bases militares gringas) y el fortalecimiento del aparato bélico del Estado cuando estaban en marcha los diálogos de paz.

Otros antecedentes

Pastrana siempre alegó que el “Plan Colombia” era para combatir el narcotráfico, ahora reconoce, como lo divulga el Ejército, que fue para combatir a las FARC y fue el objetivo de la llamada reingeniería y modernización de las Fuerzas Armadas. Por eso, el expresidente Pastrana reclama para sí el logro de los golpes que la “seguridad democrática” uribista le propinaron a la guerrilla aun traspasando la frontera y llevándose por delante los derechos humanos en Colombia, el DIH y las normas internacionales de respeto a las fronteras y a la buena vecindad. El “Plan Colombia” abrió la puerta al armamentismo y a la respuesta igual de la insurgencia armada y generó descofianza en la real voluntad de paz de la clase dominante.

El “Plan Victoria” no es para la paz sino que más bien parece una nueva declaración de guerra, porque lo colocan como heredero de todos los planes bélicos anteriores. Citan también como su génesis el “Plan Patriota” en 2002, presentado con bombos y platillos al comienzo de la primera administración de Álvaro Uribe Vélez como la vía para lograr la derrota de las FARC en 90 días y no lo lograron. Sin embargo, no fue óbice para que en 2006, al comienzo de la segunda administración uribista, lograda con el cohecho de público conocimiento, pusieran en marcha el “Plan de Consolidación”, que con la creación de las Fuerzas de Tarea Conjunta estas se convirtieron en factores de violación de los derechos humanos, del DIH, de operativos de tierra arrasada y de atropellos a la población civil. No hubo nada que consolidar, porque nada lograron, distinto a algunos golpes importantes a la estructura guerrillera.

El adorno militarista

Y como colofón para completar el adorno militarista presentan el “Plan Victoria” como antecedente también del “Plan Espada de Honor”, adelantado en en cinco fases entre 2012-2016, durante los diálogos secretos y públicos de La Habana, en el marco de “buscar la paz en medio de la guerra”. Se podría decir que fue neutralizado por la táctica de las FARC de declarar el cese de fuegos unilateral que a la postre impuso de hecho el cese bilateral de fuegos a pesar de algunos actos de guerra que lo alteraron.

El asesinato de Alfonso Cano fue calificado de traición por sectores colombianos, porque fue perpetrado mientras se adelantaban acercamientos con él para dialogar con las FARC. En cambio, no se conocieron grandes victorias o contundentes golpes contra las bandas paramilitares, llamadas por el gobierno con el eufemismo de “bandas criminales”, entre otros calificativos atenuantes.

Se colocan como antecedentes históricos del “Plan Victoria”, según el concepto de otros analistas, el Plan Lasso (operaciones en Marquetalia, Río Chiquito, El Pato y Guayabero en 1964), Plan Destructor I y II en las sabanas y Llanos del Yarí, todos sin ningún éxito porque estimularon la confrontación y exacerbaron la guerra.

El “Plan Victoria” está concebido como un plan estratégico del sector defensa y seguridad. Lo definen, sin inmutarse, como el definitivo para la victoria militar, planteada como un objetivo institucional, como si la institucionalidad dependiera de la militarización y del estado permanente de la guerra y no de la conquista de la paz mediante la “fuerza” de la democracia y el fortalecimiento del Estado Social de Derecho.

Plan de guerra

Son tres los objetivos determinados, de este plan, pero no desde la perspectiva de la democracia, sino de la tradicional concepción militar de un estado fuerte bajo la doctrina de la seguridad nacional, viejo expediente del anticomunismo y de la militarización. Primero, contribuir con el control territorial; segundo, fortalecimiento institucional sin renunciar a la fuerza y “a la cooperación con aliados estratégicos”, que solo hay uno declarado, el militarismo de Estados Unidos que continúa agenciando guerras de rapiña y políticas intervencionistas en América Latina y el mundo; y tercero, cooperación y desarrollo, que incluye la participación en “misiones humanitarias, protección ambiental y cooperación internacional”, imagínense con quién, no es difícil averiguarlo.

En lo interior, el “Plan Victoria” le reclama espacio a las funciones de la Policía Nacional. Las Fuerzas Militares están para vigilar las fronteras y ayudar a las comunidades en el fortalecimiento social y en las situaciones de calamidad pública debido a los fenómenos naturales. Para eso no se requiere Fuerzas Militares con carrera armamentista y con tantos hombres y tantas mujeres integrándolas. Esas instituciones tan fuertes son fuente de desangre económico, amenaza a la democracia y de un enorme gasto que se le niega a la inversión social. El dilema es: ¿Plan Victoria para la Paz o Plan Victoria para la guerra? La victoria es para la paz, porque perdió la guerra.

@carloslozanogui 

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