Pedro Baigorri Apezteguía o el desprecio por la victoria

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Pedro Baigorri.

47 años después, reconstruyen la historia y buscan la verdad sobre el cocinero revolucionario, como de la anónima experiencia guerrillera del Frente de Liberación Nacional, FLN, y su desaparición forzada en la Serranía del Perijá

Juancarlos Gamboa – Colectivo Ceiba de la Memoria

El 6 de octubre de 1972 en las entrañas de la Serranía del Perijá, resultado de una desproporcionada operación militar, cae abatido Pedro Mari Baigorri Apezteguia (1939-1972), gudari, partisano antifascista e internacionalista vasco. Con él murieron dos de sus compañeros, Tomás Antonio Arévalo Velásquez, líder popular, y otro más que todavía permanece como N.N., al igual que el campesino Humberto Álvarez, miembro de la familia conocida como “Los Valerios”.

Dada la gigantesca superioridad en cuanto a su capacidad de fuego y al número de unidades disponibles, probablemente los militares bien hubieran podido conseguir la rendición de los insurgentes que esperaban despreocupados el momento para cenar, no obstante, tomaron la decisión de lanzar un letal ataque de aniquilamiento.

Los cuerpos de los tres insurgentes -ya que el del campesino si fue entregado a sus familiares-, al interior de sendas bolsas negras de plástico fueron enterrados subrepticiamente en una fosa común ubicada en el cementerio de Curumaní, con lo que se selló también su desaparición forzada.

Baigorri, el chef revolucionario.

Un chef revolucionario

Pedro Mari nació en Euskal Herria, en Zabaldika, Navarra, el 1 de noviembre de 1939 y creció en Etxarri-Aranatz. A sus 16 años ingresó a trabajar en el Hotel Yoldi de Pamplona, lugar en el que dio sus primeros pasos como chef, profesión en la que llegó a destacarse y por primera vez entró en contacto con las ideas de izquierda por vía de uno de sus compañeros.

Por esas paradojas del azar, trabajando en Donostia en el lujoso Hotel María Camila, recibió la orden de preparar una comida especial para el dictador Francisco Franco que acababa de atracar en el puerto a bordo de su yate Azor.

Buscando perfeccionar sus saberes culinarios y gastronómicos y empujado por sus deseos de hallar entornos más favorables para su formación política e ideológica, a finales de los años cincuenta del siglo pasado llega a París, ciudad en la que trabaja en varios prestigiosos hoteles, se relaciona con gente del Frente de Liberación Nacional de Argelia y se enamora de Colombia Moya Moreno, una reconocida artista mexicana que sería el gran amor de su vida y con quien compartiría sublimes momentos en Francia y en Cuba.

En la capital francesa conoce a Antonio Núñez Jiménez, excombatiente de la Sierra Maestra, hombre de ciencia y, por entonces, director del Instituto Nacional de Reforma Agraria del gobierno revolucionario cubano, quien queda favorablemente impresionado con su personalidad, ofreciéndole un importante cargo en Cuba relacionado con los programas de alimentación gubernamentales.

La Cuba que dejó una honda huella

Hacia 1962, junto a su compañera, se marcha lleno de ilusiones para la isla caribeña, en donde se emplea a fondo con las responsabilidades que le asignaron, granjeándose las simpatías y el aprecio de los hermanos Fidel y Raúl Castro Ruz  y de Ernesto “Che” Guevara, con quienes llegó a compartir en público y en privado distintos momentos. Con Fidel Castro tuvo una especial cercanía, llegando a ser su chef personal y quien como muestra de su amistad le obsequia su pistola calibre 38 Star de fabricación española que lo acompañó en la Sierra Maestra.

Considerando que ya había cumplido un ciclo en su trabajo con el gobierno cubano y a partir de su encuentro con un grupo de intelectuales colombianos -entre ellos el mítico médico Tulio Bayer Jaramillo-, que había llegado a la isla para participar en un curso de formación en guerra de guerrillas y posteriormente constituir en Colombia un foco insurreccional, decide con entusiasmo vincularse a este proyecto, pese a que Fidel Castro le recomendó que se quedara.

Un fracaso que templó su espíritu

En marzo de 1967, junto a tres insurgentes más -Tulio Bayer Jaramillo, William Ramírez Tobón y Abelardo Joya-, llegan al sur de Riohacha, La Guajira, a las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta con el objetivo de instalar un foco guerrillero, experiencia fugaz que se diluyó en medio de múltiples dificultades.

De este fracaso sacó las lecciones necesarias para persistir en el proyecto que ya consideraba el eje de su trayectoria vital. Luego de un breve período en Bogotá, dividiendo su vida entre su labor como chef en prestigiosos establecimientos como el Restaurante Dragón de Oro y el Hotel Presidente -en el que, valga recordar, tuvo la ocasión, en agosto de 1968, de cocinar para el papa Pablo VI-, y su activa participación en pequeños círculos de estudiantes e intelectuales revolucionarios, se traslada nuevamente al Caribe colombiano.

Rumbo a su ineludible destino

A comienzos de 1969, y tomando como epicentro a Santa Marta en donde obtiene un trabajo en el Hotel Irotama, se lo ve viajar con frecuencia a Valledupar y a Curumaní, lugares en los que entra en contacto con los círculos progresistas de intelectuales y sectores populares.

Volviendo al Caribe conoció de algunos acontecimientos que ponían de presente que el departamento del Cesar tenía ya una larga tradición de resistencia popular que la convertía en una buena elección para volver a establecer un foco insurreccional.

Se enteró que  posiblemente en 1966 el “Che” Guevara tuvo un efímero paso por Valledupar que marcó profundamente a quienes tuvieron la ocasión de compartir con él; conoció aspectos claves de las actividades del brillante médico Jaime Velásquez García, quien entre 1964 y 1966 había forjado un inédito proyecto revolucionario en Agustín Codazzi, que se frustró el 15 de febrero de 1966 con la lamentable muerte, a manos del ejército, de Sergio Martínez y Paul Arlant, dos de sus baluartes más destacados, lo que de paso le significó ser un eterno perseguido político hasta el día de su fatídica muerte acaecida en Quito; y también supo que fue la cuna de lúcidos intelectuales como José Manuel Martínez Quiroz (asesinado el 28 de septiembre de 1978), Víctor Medina Morón (asesinado el 22 de marzo de 1968) y Miguel Francisco Pimienta Cotes (asesinado el 16 de octubre de 1966), entre otros, que optaron por vincularse a las filas de la insurgencia del ELN.

Foto Rodrigo Moya Moreno.

Recorriendo sus sueños en la Serranía del Perijá

Corría ya el año de 1970 cuando decide establecerse en la Serranía del Perijá, vinculado activamente a un proyecto insurgente que desde 1968 venía impulsando Tomás Antonio Arévalo Velásquez, de quien pensaba era una suerte de revolucionario ideal. Este proyecto se inscribió en el acumulado dejado por el Movimiento Obrero, Estudiantil y Campesino 7 de Enero (MOEC-7E), especialmente de la experiencia de Antonio María Larrota González, que llegó a ser uno de los más fervientes partidarios de la opción armada.

Esta experiencia insurgente, que fue autónoma e independiente de las guerrillas que posteriormente se consolidaron en el país y que solo vendrían a conocerse en esta región mucho después, al parecer asumió la denominación de Frente de Liberación Nacional (FLN) y lo mejor de sus esfuerzos se dirigió a promover la organización campesina y a elevar la conciencia política de la población.

Este foco guerrillero logró configurar un amplio entramado de relaciones y redes que se desplegaron a nivel regional, nacional, e incluso internacional, como dan cuenta los indicios que llevan a suponer que con el FLN pudo estar durante un breve lapso el coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, militar, político y revolucionario dominicano que ocupó brevemente la presidencia de su país, a la cual tuvo que renunciar e irse exiliado a Cuba debido a la intervención de Usamérica.

En una fosa común y en el hoyo del olvido

Dos campesinos delatan la presencia de la pequeña estructura insurgente y el Ejército bajo el mando del coronel Jaime Hernández López que era el comandante del Batallón de Artillería No. 2: La Popa con sede en Valledupar, implementa una gigantesca operación en la que participan unidades militares traídas desde diferentes lugares del Caribe e incluso de Bucaramanga.

Al parecer saltándose las normas consuetudinarias de la guerra existentes en ese entonces y en todo caso configurando posteriormente el delito de desaparición forzada, el ejército lanzó un contundente ataque sorpresa sobre los insurgentes cuando se hallaban en la finca La Cigüeña, entre las veredas Nueva Idea y Casa de Piedra, junto a la quebrada San Pedro, en el municipio de Curumaní en el departamento del Cesar, la que se saldó con la ya conocida cifra de tres insurgentes y un campesino muertos y sin novedades entre los militares.

Inmediatamente después de la muerte y desaparición forzada de Pedro Mari y sus compañeros, desde el establecimiento se encargaron de allanar el camino para que su memoria fuera enterrada en el profundo pozo del olvido y la desmemoria, preocupados como estaban que su muerte se metamorfoseara en un mito semejante al del Che Guevara.

La revancha de un vencido

Pedro Mari fue un soñador impenitente y un romántico tozudo; fue capaz de movilizarse con pasión desbordada en favor de sus ideales de transformación social, procurando siempre llevar una vida consecuente con sus convicciones más preciadas.

Sobre la historia de Pedro Mari Baigorri Apezteguía hay varias publicaciones: la novela Un lugar para el juglar (1981), escrita por William Ramírez Tobón; el artículo La historia inédita del guerrillero Pedro Baigorri (julio de 2017), aparecido en la revista Zazpika del diario vasco Gara, escrito por Unai Aranzadi, y la que es la biografía más completa, Baigorri, un vasco en la guerrilla colombiana (2017), escrita por Marco Tobón.

Debido a la intervención y gestiones adelantadas por el Colectivo Ceiba de la Memoria que se ha empeñado en la tarea de arrancarle al olvido su memoria, la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición, CEV, ha sido informada del caso y la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas, UBPD, avanza en el hallazgo de sus restos con el fin de entregárselos dignamente a sus hermanos y sobrinos para que los entierren en Pamplona, Euskal Herria, de conformidad con sus tradiciones espirituales y cierren de alguna manera el círculo de tragedia y de dolor que los acompaña desde hace 47 años.

Si, hoy por hoy, la memoria de Pedro Mari y sus compañeros está siendo recuperada, ya no puede haber lugar para la derrota final de los vencidos ya que quienes a la postre terminaron derrotados, fueron aquellos que insistieron en su olvido.

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