Palabra itinerante: Ilusiones y desencantos

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Saludamos el Premio Nobel aunque no hayamos escuchado en el florido discurso presidencial intenciones de cambios que partan de la autocrítica histórica y del reconocimiento del carácter y los orígenes del conflicto que se quiere superar.

Jaime Cedano Roldán

Por supuesto que saludamos y sentimos alegría por la designación del presidente Juan Manuel Santos como Premio Nobel de la Paz. Asumimos que es un premio que reconoce el esfuerzo de mucha gente, donde además del presidente y su delegación de paz, están las FARC, los asesores de la mesa, los países acompañantes y los garantes, además de Hugo Chávez y los gobiernos progresistas, el compromiso de Fidel Castro y sus reflexiones políticas; y muy especialmente el trabajo paciente, largo y permanente del movimiento por la paz y las organizaciones de derechos humanos que nunca, ni en los peores momentos de la arrogancia militarista, abandonaron la batalla por encontrar algún camino, puerta o rendija donde colar la idea de la salida política al conflicto armado.

Insultos, amenazas, atentados, procesos judiciales e inhabilitaciones han quedado regados por el camino como testimonios de esa osadía de levantar frente a las políticas de la guerra las banderas de la paz y la reconciliación. Saludamos un premio que ayudó al presidente a superar uno de sus tantos momentos de debilidad, en este caso el producido por el adverso resultado del plebiscito. Pero pensamos que no da para despertar tan alborotado santismo que se percibe en ciertos ambientes y por supuesto que tampoco, y mucho menos, sumarse al coro de los enfurecidos y resentidos por el otorgamiento del premio.

El acuerdo de paz se ha conseguido en medio de una dura confrontación política resultado de las diversas concepciones de lo que es la paz y las razones mismas del conflicto. Esas contradicciones, que son de clase, no desparecen por la firma del acuerdo, ni por ser aliados en su defensa ni tampoco, incluso, en el marco de la interesante propuesta de un gobierno de transición o de amplia alianza de los defensores del proceso.

Un momento complejo e interesante es el que se vive, en función de la implementación de los acuerdos que no solo abarcan amnistía y dejación de armas, también iniciar una apertura democrática y cambios en las políticas sociales. Se requiere una gran capacidad de alianzas y acuerdos de la izquierda y las organizaciones sociales, que trasciendan los campos tradicionales, un gran pacto democrático, sin necesidad de desizquierdizarse, como alguien propone. Al contrario, entender que el proceso de paz implica una salida desde la izquierda a los profundos problemas de la sociedad colombiana.

Saludamos el Premio Nobel aunque no hayamos escuchado en el florido discurso presidencial intenciones de cambios que partan de la autocrítica histórica y del reconocimiento del carácter y los orígenes del conflicto que se quiere superar, y cuando se resalta que las víctimas son el centro del acuerdo, en Oslo lo que para las víctimas del terrorismo de Estado vimos fue negación y exclusión elitista. Para largo va esta lucha.