A orillas del río, tres hombres esperan la paz

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Gílmer observa el atardecer en el río Arquía. Foto Cindy Lopera. Prensa Rural.

Cindy Lopera – Agencia Prensa Rural

Son las cuatro de la mañana. Una densa lluvia que no ha cesado en toda la noche acompasa la madrugada en la capital chocoana. Desde varios puntos, a través de un crecido río Atrato, comienzan a llegar los productos que se comercializarán ese día en una alborotada plaza de mercado a orillas del imponente río en el malecón de Quibdó.

Don Chepe

José, un indio de pelo lacio, con 37 años, conocido entre los vendedores y las matronas de la plaza como don Chepe, organiza decenas de borojós según tamaño y calidad. En pequeñas bolsas intenta exhibir los más maduros que se venderán primero para acompañar algunos de los suculentos platos de la gastronomía del Pacífico colombiano.

Don Chepe es orgullosamente un padre cabeza de familia. Él cría con esmero a sus tres pequeños hijos desde 2014 cuando su compañera -mamá de sus dos últimos hijos- decidió abandonarlos y probar suerte con uno de los paramilitares que frecuentan Domingodó, caserío de Riosucio en el Urabá chocoano. Mientras don Chepe trabaja en el mercado, sus retoños quedan al cuidado de la hija mayor, quien con 14 años y fruto de otro “matrimonio” anterior, sueña con ser reina de belleza, representar a su departamento en el reinado de Cartagena y conseguir así mejores oportunidades para su olvidada comunidad.

En las tardes, cuando el voleo ha disminuido, don Chepe camina por el malecón, pasando por la catedral San Francisco de Asís, llegando hasta las puertas del SENA; allí observa con detenimiento a jóvenes y adultos que emprendieron su formación académica. Para don Chepe la mayor expectativa frente a la llegada de la tan anhelada paz a su departamento sería la posibilidad de estudiar. Él piensa que con mejoras en la infraestructura de transporte, la comercialización de productos podrá hacerse a precios más asequibles, permitiéndole destinar parte de sus ingresos a su aspiración de estudiar mecánica.

Dos horas en panga separan al poblado más importante sobre el Atrato de los límites -polémicos- entre Antioquia y Chocó. Una población con costumbres ancestrales, con la música como motor de vida y con un vínculo indiscutible con la selva. Para blancos, negros, indios, mulatos, mestizos, poco importan las disputas administrativas por la pertenencia de su territorio a uno u otro departamento; lo que todos han padecido por igual han sido décadas de abandono estatal. Sin acceso a salud, educación, viviendas e infraestructura dignas, los pobladores de la región intentan subsistir en medio de la minería y la explotación maderera.

Gílmer

Así transcurren los días para Gílmer, un fornido muchacho negro, de pelo apretao, que con apenas 21 años ha recorrido casi en su totalidad las laberínticas aguas que atraviesan las selvas tanto de Antioquia como de Chocó y que después desembocan en el Atrato. Aunque Gilmer nació en Córdoba, la mayor parte de su niñez la pasó en Medellín; pero ahora se dedica a cultivar arroz a orillas del río Arquía en Puerto Medellín. Varias veces ha sido desplazado por el paramilitarismo, tanto en áreas urbanas como en rurales. La relación que sostiene con su hijo de 12 años, al que no ve hace cuatro por temor a regresar a Córdoba, es distante; pero siempre que logra ahorrar algo le envía algún regalo con sus familiares.

Para Gílmer la posibilidad de vivir en paz representa la oportunidad de volver a vivir en Medellín, en donde considera que existe gran oferta de opciones laborales que le garantizarían poder contar con el dinero suficiente para recuperar a su hijo, comprarse una moto y “vivir a lo bien”. Gilmer espera que la implementación del proceso de paz traiga consigo reales garantías para el exterminio del paramilitarismo y acabar así con las amenazas que lo han obligado a cambiar constantemente su lugar de residencia.

Nilson

A pocos kilómetros de Puerto Medellín, continuando el recorrido a través de las caudalosas aguas del Arquía, se encuentra el Punto Transitorio de Normalización Héroes de Murrí, en la vereda Vidrí del municipio Vigía del Fuerte. Allí alrededor de 300 excombatientes, entre guerrilleros y milicianos, inician su proceso de tránsito hacia la vida civil. Las armas ya fueron entregadas a la misión de verificación de la ONU, las botas y los uniformes ceden espacio a tenis, jeans y camisetas. Entre reuniones políticas, espacios de formación académica y ratos de ocio y esparcimiento, Nilson aporta al equipo de comunicaciones de NC Noticias desde lo poco que ha ido aprendiendo en diseño y edición.

Nilson es un joven blanco, paisa, mono, ojizarco, con 34 años. Utiliza ahora las cámaras y los micrófonos en lugar de su pistola y su fusil. Su misión ahora no tiene nada que ver con la guerra, lo que más desea en estos momentos es encontrar a su hija. Heidy Tatiana nació un 25 de noviembre de 2002 en Urrao, Antioquia. Es hija de dos guerrilleros, aunque nunca se lo dijeron. Fue criada por una familia campesina a la que se le encargó su cuidado mientras sus abuelos la recogían.

En 2008 Nilson pudo establecer por última vez comunicación con su hija y después de eso la familia que la cuidaba se negó revelar su paradero. Para Nilson la llegada de paz representa poder estudiar, continuar con sus proyectos en el nuevo partido político y recuperar la vida que nunca pudo tener al lado de su hija.

Nilson cree que su hija vive ahora en Medellín, pero no tiene ninguna forma de contactarla. Heidy cumplirá 16 años sin saber quiénes son sus padres, desconociendo que Nilson la está buscando, que quiere recuperar el tiempo perdido y apoyarla en sus estudios, en sus sueños, en sus proyectos; quiere que vivan juntos el sueño que por fin se está haciendo realidad de aportar desde todos los campos a la construcción de una Colombia en paz.

Cae la tarde, el sol se oculta tras las majestuosas montañas que conforman la Cordillera Occidental. Don Chepe, Gílmer y Nilson esperan la paz a orillas del río.

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