Olga Elena Mattei, la burguesa rebelde

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José Luis Díaz-Granados

En julio de 2018 cumplirá Olga Elena Mattei 85 años de preciosa existencia. Desde ya, tanto poetas, artistas e intelectuales como gestores culturales de Medellín y Bogotá le están preparando numerosos actos de reconocimiento y homenajes literarios. Esperamos que no falten los acuciosos editores que se muestren prontos a publicar una compilación de su obra poética, antologías o selecciones de su labor en prosa y en verso.

Oriunda de Puerto Rico, Olga Elena Mattei Echavarría es antioqueña absoluta y total desde su infancia medellinense. Nació en 1933 y ha sido —además de poeta y crítica de arte—, actriz de teatro, bailarina de ballet, modelo, presentadora y galerista. En los años 60 se comparaba la belleza de su rostro con el de Elizabeth Taylor, siendo el de nuestra poeta más fino y delicado que el de la actriz británica.

Una alegre velada

Una noche de marzo de 1966, el novelista Manuel Zapata Olivella y su esposa catalana Rosa Bosch, invitaron a una tertulia en su apartamento del barrio Santa Fe, a celebrar el regreso del poeta Jorge Artel de un prolongado exilio en Panamá. Estábamos allí, aparte de los anfitriones y del homenajeado, Eduardo Pachón Padilla, Arnoldo Palacios, la escultora Roxana Mejía Vallejo, Germán Espinosa, Josefina Torres, Óscar Collazos, José Stevenson, Jacobo Naidorf, Umberto Valverde, Luis Fayad y yo. De pronto, como en la famosa escena de la ópera Aída, hizo su entrada triunfal la bellísima Olga Elena Mattei (en ese entonces estaba casada con el artista panameño Justo Arosemena, autor del polémico “Cristo desnudo” del Minuto de Dios) y fue el acontecimiento humano y estético de la noche.

La amena velada se llevó a cabo entre abundante consumo de ron “Tres Esquinas”, y patacones, yuca frita, albóndigas y rodajas de carne salada, además de la enriquecedora conversación literaria y política. De pronto, el tocadiscos de Manuel soltó un tamborito panameño —El tambor de la alegría—, en honor a la poeta. El inolvidable escritor chocoano Arnoldo Palacios, recién llegado de una larga estancia en París y los países socialistas, con su baja estatura y su eterna sonrisa, apoyado en las muletas que lo protegían de la poliomelitis, se atrevió a invitar a bailar a la diva estelar. Fue una inusitada maravilla la visión de esos cuerpos cadenciosos danzando al compás de la prodigiosa canción de Panamá. Al final, entre los aplausos y las aclamaciones, Olga Elena se ganó el apelativo de “la camarada Mattei”.

Cuatro años antes había publicado Sílabas de arena, libro donde desplegaba un lenguaje personal que no se parecía al de ningún poeta conocido, y en el cual expresaba su vida cotidiana a través de una verbalidad sencilla y sublime a un mismo tiempo. Enseguida vino Pentafonía y posteriormente Cosmofonía —que fue musicalizada por Marc Carles y estrenada en París en la radio y TV francesa en 1976—, Huellas en el agua, La gente, Conclusiones finales, Regiones del más acá, Los ángeles del océano, Cosmoagonía (Misa cósmica), Escuchando el infinito y El profundo placer de este dolor, entre otros. Total: 30 libros publicados y una docena de inéditos.

Importantes galardones

Además, Olga Elena ha obtenido importantes galardones como el Premio Nacional de Poesía “Guillermo Valencia” (1973), el Premio Internacional de Poesía “Café Marfil” (1974), la Orden Les Aniserteurs du Roi (1976), el Premio Nacional de Poesía “Porfirio Barba-Jacob” (2004) y el Premio Nacional de Poesía “Meira Delmar” (2007).

Su amigo y confidente, el poeta Sergio Esteban Vélez, me recuerda que su cantata Cosmoagonía (Misa cósmica) —la cual contiene una profunda reflexión cósmica y a la vez humanística—, se ha presentado en los más importantes planetarios del mundo, entre ellos los de Nueva York, Washington y Toronto.

Como colofón, dejo al juicio de los lectores este poema magistral de Olga Elena Mattei titulado “La señora burguesa”.

 

Yo soy una señora burguesa

con la barriga inflada

y escribo poesías

con dolor de garganta.

He sido

niña prodigio

muchachita insoportable

mala estudiante

reina de belleza

modelo

de esas que anuncian

sopas, o telas o artículos diversos…

Me metí en este lío inevitable

de enamorarme

y sacrificar a un pobre hombre

hasta convertirlo en un marido

(sin mencionar de paso

en qué me he convertido)

y cometí el abuso social

imperdonable

de tener cinco hijos.

He fracasado como madre

como esposa

como amante

como lectora

como filósofa.

Lo único que puedo hacer

mediocremente bien

es ser

señora burguesa

y despreciable

imperdonablemente inútil.

Y eso

es precisamente lo que me infla

la barriga

y me hace escribir poesías

con el dolor de garganta

que me saca la rabia.

Porque todos los días me acuerdo

de la guerra y el hambre

que son tan reales como las señoras

a la misma hora

en que estoy aquí sentada

como una pendeja. 

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