Ochenta y nueve años de su natalicio y 50 de su asesinato: El año del Che

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“Habló de la posibilidad del hombre nuevo y demostró con su parábola vital que lejos de ser una utopía, el hombre nuevo es una realidad palpable próxima”

José Luis Díaz-Granados

No se han inventado aún las palabras para señalar con exactitud la colosal estatura histórica y la entrañable transparencia de Ernesto Che Guevara y no bastan los millares de oraciones y textos laudatorios, ni las estrofas líricas, ni los cantos y alabanzas para medir su grandeza.

Quizás durante el milenio que se inicia y algún día, sobre los desechos y las ruinas del largo genocidio moral y físico a que ha sometido a la humanidad el imperialismo, se podrá valorar en la medida justa y en la intensidad que sobradamente se merece este hombre sin par que conmovió al mundo con su heroísmo, su inteligencia y su intuición ilímite.

Porque el Che nos enseñó a ser verdaderamente justos y a buscar la justicia, a ser verdaderamente libres y a buscar la libertad, a ser verdaderamente solidarios y a buscar la solidaridad.

Habló de la posibilidad del hombre nuevo y demostró con su parábola vital que lejos de ser una utopía, el hombre nuevo es una realidad palpable próxima. Él lo era. Él lo fue. Él lo es.

El Che acabó para siempre con las estrecheces de los nacionalismos, con la inutilidad de los patrioterismos, con la pobreza mental de los chouvinismos. Rosario, el Amazonas, Perú, Colombia, Guatemala, México, la Sierra Maestra, Santa Clara, La Habana, Europa, Asia, el Congo, Bolivia, son nombres del espacioso itinerario del hombre en busca de la redención social donde no pueden existir límites porque el único hermano del hombre es el hombre mismo.

Un hombre grande

El Che, junto a Fidel y a Camilo, vislumbró el futuro de la humanidad, trazó su estructura y construyó con su propia mano los primeros cimientos; inventó cada día la solución para cada afán; estudió a fondo la teoría marxista para atraerla desde la materia del sueño hasta la inmediata realidad y si no se ajustaba en una esquina, no vacilaba en reformarla, en renovarla y en engrandecerla.

Es que no existen, repito, las palabras adecuadas, los signos precisos, los caracteres justos para acercarnos a su exacta magnitud. Pero con los elementos de que disponemos, trataremos siempre de rozar su grandeza, de imitar su voluntad descomunal, de estudiar su pensamiento.

Hombres como el Che, Fidel, Bolívar o Martí, son todos los hombres. Están hechos del mismo barro que nosotros, pero nos superan porque disciplinaron su mente y su corazón precisamente para que nosotros fuéramos mejores, más libres y más felices. Cuando vuelve a nuestro recuerdo la imagen hermosa de “su pequeño cadáver de capitán valiente” en la escuelita de La Higuera, con los ojos llenos de lágrimas sentimos que hay algo de frustrante en nuestros corazones, porque así como asistimos a diario a la jubilosa construcción de la Revolución Cubana, también sentimos que algo nuestro cayó aquel 8 de octubre de 1967 en la montañas de Bolivia.

Pero esa balanza de nuestro espíritu, esa actitud dialéctica es quizás la mayor lección que nos legó el inolvidable Che, para levantarnos después de cada caída y saber que podemos ser mejores y que por encima de cualquier obstáculo tenemos la absoluta certeza de que vamos a triunfar.

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