Nunca había hecho tanto oficio

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Pablo Arciniegas

Nunca había hecho tanto oficio. Ese es mi balance hasta ahora de la cuarentena. Nunca. Y presiento que me espera hacer todavía más, si ‘esto’ se sigue alargando y mi casa, que ya no me soporta encerrado, se resista a limpiarse sola. Pero como no va a ocurrir, no hay más remedio que seguir haciendo oficio: limpiar, ensuciar y volver a limpiar lo que se acabó de ensuciar. Esa es la condena perpetua de nuestra especie por ser la única que produce basura.

Uno podría desquiciarse con esta rutina, sobre todo si cree que es inútil o si cree que a través de ella se puede conseguir la iluminación. Están equivocados. Hacer oficio se parece más a alimentar una mascota. Si se le tiene muy bien cuidada se vuelve estúpida y dependiente, y si se le desatiende nos sepulta debajo de torres de checheres y porquerías. Así es como funciona la ley universal de la entropía, y si uno no se vuelve loco haciendo oficio, es porque existe un placer oculto en la gama de quehaceres de la casa.

En mi caso, se trata de lavar la loza. Resulta que con cada plato que apilo en el escurridor, me acerco a un estado de resistencia contra el autoritarismo de hacer oficio. Resulta que dentro de que aquella infinita torre de vajillas, encontré una química al hervir jabón con agua dentro de las ollas, para que despeguen los restos del arroz. Descubrí que la grasa quita mejor con trazos impresionistas de la esponja y que en el reflejo cóncavo de una cuchara se pueden escuchar los inmaterialismos de un joven poeta alemán.

A las manchas más difíciles, esos mazacotes como nuestra vida desde que empezó el teletrabajo, les dedico mi ira reprimida. Pongo el noticiero en el celular y por cada escándalo, por cada corrupto o funcionario bobalicón, rasguño con el bombril. Rasguño así me tenga que tirar el teflón. Y cuando veo que ya el lavaplatos está por desbordar, meto mi mano desnuda al caldo de las sobras: pedazos de lentejas y huevos tibios, que al tacto parecen la piel de los que realmente están solos, los que no tienen celular y ni siquiera loza, y abrazado a ellos destapo el sifón.

Todos, precipitados por la gravedad y la succión, caemos hacia ese agujero negro en el centro de la cocina. De repente, los átomos se reorganizan y las ondas del sonido estiran sus líneas de pesca. Literalmente: rechina de lo limpio, como un soplo que se mete a una catedral, si no fuera por la explosiva olleta del tinto que hierve sobre la estufa. Se huele. Se sirve. Se toma. Y se vuelve a ensuciar, en nombre de la loza que ha cumplido otra vez su ciclo.

Ahora, el resto de las partes desatendidas de la casa reclaman que también se les haga oficio.

Epílogo I

Hablando de baterías de cocina. La olla que se destapó sobre los periodistas chuzados: es increíble que la postura del Gobierno sea de completo desentendimiento, como si hubiera otra administración aparte que da las órdenes, y nada de raro que la haya, si también estaban investigando políticos del Centro Democrático.

Epílogo II

El discurso de Fernanda Cabal, que cuestiona la cuarentena por mantenernos distanciados. En parte tiene razón la señora. El virus apagó el movimiento de indignados que se formó el año pasado, triunfo en donde salió derrotada la falsa propaganda y los antimotines. Por eso, tampoco nada hay de raro que en adelante se utilice para evitar que nos organicemos. Por lo pronto, lo que dice la senadora tiene nada de humano, sino que expone el interés de lo que quieren reactivar la economía, así sea con muertos.

 

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