Nueva sede de la Cinemateca Distrital

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Aspecto de la nueva Cinemateca Distrital ubicada en el centro de Bogotá. Fotos Enrique Almendros.

El viernes siguiente a la inauguración de la nueva sede, fueron proyectados los films “Chircales” de Marta Rodríguez y Jorge Silva y “Oiga, Vea” de Carlos Mayolo y Luis Ospina, junto con un cortometraje de 1979 de Víctor Gaviria: “Buscando tréboles”

Martín Caballero Rueda

El 12 de junio se inauguró la nueva sede de la Cinemateca Distrital. Luego de casi tres años de espera, desde que se puso la primera piedra, un amplio grupo de cineastas, actores, funcionarios, críticos, académicos, gestores culturales, periodistas, delegados sindicales, estudiantes emprendedores, cinéfilos de a pie y hasta parece que un par de ladrones, coincidieron para celebrar la apertura al público de este templo del séptimo arte.

La emoción que embargaba a los cientos de asistentes hizo olvidar los varios yerros del evento. Nunca hubo un programa impreso, los trabajadores que guardaban las puertas de los espacios difícilmente podían responder las preguntas de los invitados, la falta de una señalización efectiva hacía laberíntico un lugar pensado como amable y abierto. A pesar de la vigilancia, una cartera burguesa repleta de teléfonos de alta gama se extravió.

No importaba. Por fin, ante nuestros ojos y oídos estaban unas salas de proyección acordes a las necesidades de estos tiempos, dignas de exhibir lo más selecto del cine mundial y de servir de espacio de difusión para los nuevos talentos y la experimentación. El sueño parecía cumplirse.

Hija de su tiempo

La Cinemateca Distrital, como institución, nace en 1971; una época de ingente riqueza cultural abierta al riesgo. A pesar de la derrota de Mayo del 68, el espíritu juvenil y rebelde de la década anterior seguía latiendo en los corazones de trabajadores, artistas e intelectuales de todos los países.

Entre los estrenos de 1971 podemos destacar Muerte en Venecia, de Luchino Visconti y El rey Lear, de Grigori Kozintsev; El soplo al corazón, de Louis Malle, Un toque de Zen de King Hu y El gato de nueve colas, de Darío Argento; del Nuevo Cine Latinoamericano cabe destacar El camino hacia la muerte del viejo Reales, de Gerardo Vallejo y Los días del agua, de Manuel Octavio Gómez.

En Colombia, la economía cafetera despertaba ilusiones de desarrollo económico en medio de la represión del Frente Nacional. El movimiento sindical y campesino crecía, los trabajadores que lograban alguna ventaja económica se esforzaban por enviar a sus hijos a las universidades. La Revolución Cubana inspiraba simpatías en la lucha guerrillera que se extendía desde Canadá hasta la Patagonia. La Unidad Popular de Salvador Allende inspiraba esperanzas de cambio; Vargas Llosa y Gabriel García Márquez aún eran amigos y sus talentos narrativos revolucionaban las letras con sabor latino. El teatro colombiano escapaba de las formas heredadas de España hacia las exploraciones del Teatro Experimental de Cali y el Teatro La Candelaria de Bogotá, y en estas ciudades renacían los cine-club.

Hasta el pasado mes de mayo, la Cinemateca Distrital funcionó en unas modestas instalaciones integradas al Teatro Jorge Eliécer Gaitán. Su tapizado púrpura y sus lámparas déco fueron testigos silentes de la cinefilia de miles de colombianos.

El cine colombiano

En 1972 se estrenan los documentales Chircales, de Marta Rodríguez y Jorge Silva y Oiga, Vea, de Carlos Mayolo y Luis Ospina. Ambas obras se expresaban conscientemente desde el sentir del Nuevo Cine Latinoamericano. El viernes siguiente a la inauguración de la nueva sede, estos filmes fueron proyectados junto con un cortometraje de 1979 de Víctor Gaviria: Buscando tréboles. Al mismo tiempo, tuvo lugar un conversatorio con parte del equipo responsable de El Piedra (Rafael Martínez, 2018).

Esta yuxtaposición generacional inspira algunas reflexiones. Mientras que en los setentas estrenar un cortometraje era resultado de un esfuerzo titánico, el año pasado se estrenaron treinta y nueve largometrajes colombianos. Sin embargo, este es el inicio de un descenso, luego de alcanzar en 2017 un pico de cuarenta y cuatro largometrajes estrenados.

Por otra parte, el regreso al poder de Álvaro Uribe en el cuerpo de Iván Duque ha llevado a nuestra diminuta e incipiente industria cinematográfica al desastre. Su “economía naranja” (que recuerda al método de explotación expuesto en Chircales) ha resultado nociva para el arte y la cultura. Todos soñábamos con ver la nueva cinemateca, pero además, asistimos porque la mayoría de los cineastas colombianos están sin trabajo. Como lo anotaba un colega a propósito de la visita de Angelina Jolie a La Guajira: “El año pasado los de Hollywood venían a Colombia a filmar, hoy vienen en misión humanitaria. ¡Nos jodimos!”

Hoy los hijos de los trabajadores tienen más opciones de ingresar a la universidad pero su calidad no es la misma y sus egresados no tienen garantía de conseguir, tras su graduación, un trabajo que les permita hacerse a una vida mejor que la de sus padres. El cine ya no está al acceso del pueblo, sino que es una inversión que el trabajador logra hacer un par de veces al año para contar con alguna forma de entretenimiento distinta a la T.V. o el alcohol. Por otra parte, el estar gobernados por ignorantes como Trump o Uribe-Duque ha llevado a las capas dominantes de la sociedad a cultivar un filisteísmo sin precedentes en la historia del capitalismo que repercute en la clase obrera.

Espacio abierto

Esta nueva cinemateca inició obras bajo la administración de Gustavo Petro. Fue la movilización de los cineastas de Colombia lo que impidió que Peñalosa (que hoy saca pecho por ella) paralizara su ejecución. Si los sectores progresistas de la ciudad no logran recuperar la Alcaldía el próximo 27 de octubre, la vida cultural de la ciudad, y otras cosas más, peligran.

Es hora de que artistas e intelectuales entiendan que no hay espacio para desarrollar las capacidades bajo el capitalismo y menos en sus versiones más atrasadas. La nueva cinemateca es un espacio abierto que Peñalosa quiere excluyente. Hay que superar las vallas y llenar ese lugar que se ha ganado con discusión abierta y crítica, es necesario analizar en ella la historia, llevar los debates al movimiento obrero y sumarse a la lucha por el socialismo. No es un camino fácil, pero es el único que queda.

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