Nos mataron un estudiante

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Por Ronnall Castro (profesor de Dilan Cruz en el colegio Ricaurte IED)

Debo confesar que en este momento tengo una mezcla de rabia, tristeza e impotencia por la muerte de Dilan Cruz, un estudiante del Colegio Ricaurte. Nos mataron un estudiante.

Siento rabia de ver la manera tan miserable en que le dispararon. Y sí, digo le dispararon porque aunque fue un policía del ESMAD quien apretó el gatillo, el policía sólo dio rienda suelta al odio y la sevicia que le instilaron en sus entrenamientos, entrenamientos autorizados por sus superiores y legalizados por políticos de saco y corbata. ‘Gente de bien’ dirán algunos, ‘gente que sabe lo que hace’ dirán otros. Y aunque de gente de bien no tienen ni un poro, está claro que sí saben lo que hacen: reprimen al pueblo porque éste está despertando del lavado de cerebro al que lo tienen sometido desde hace décadas y ya se está dando cuenta de la clase de alimañas que tiene por gobernantes. Como versa el dicho popular: ‘No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista’. El disparo a Dilan nos muestra que estamos en diciembre del año noventa y nueve, y ellos lo saben. Esos políticos que avalan el actuar del ESMAD tienen miedo y por eso son tan agresivos como las ratas que, cuando están atrapadas, muestran sus dientes, chillan y muerden todo lo que se les atraviesa, pero al final mueren aplastadas. Siento rabia de ver cómo es posible que haya personas que salgan a justificar lo que le hicieron, desde personas en altas posiciones del gobierno hasta padres de familia, que ojalá no tengan que tragarse sus palabras más adelante cuando lo vivan en carne propia. Es indignante la forma en que los medios de comunicación maquillan el hecho al referirse a Dilan como ‘el joven que resultó herido en una marcha pacífica’. Digan las cosas como son: Dilan no ‘resultó herido, FUE ATACADO, no fue por la marcha pacífica, sino que fue atacado con alevosía por un sociópata fabricado con licencia para matar.

Siento tristeza porque Dilan se nos fue. Se fue un muchacho inteligente, sagaz y crítico como los millones de mujeres y hombres colombianos hoy de todas las edades y de todas las clases sociales. Se va un muchacho noble como somos la mayoría de los colombianos y colombianas. Créanlo somos nobles, muy nobles y por eso es que nos la montan. Dilan era de esos a los que no les da pena preguntar ni les da pena admitir cuando se equivocan. De los que no comen sólos sino que dividen en partes iguales y comparten con los demás. Así somos la mayoría de colombianos. Hacemos vaca sin pena y de las penas armamos una fiesta. Así era Dilan. Escribo con lágrimas en los ojos porque con Dilan en más de una ocasión hablamos de lo humano y lo divino con el desparpajo que caracteriza a dos amigos, como deben ser los profesores y sus estudiantes. Siento tristeza también porque esa pequeña minoría poderosa que no es como la mayoría noble y amigable, esas colombianas y colombianos, pocos por fortuna, que hoy están en una posición privilegiada, incitan al pueblo a odiar al pueblo, escriben comentarios, artículos, editoriales y libros con palabras llenas del odio que hay en sus corazones y las aderezan con la mierda que hay en sus cabezas. Siento tristeza al leer muchos comentarios en redes sociales de personas que hablan como si hubieran conocido a Dilan, que lo juzgan cruelmente sin ninguna razón y lanzan improperios contra todas y todos quienes, como él, se atreven a salir a las calles a gritar que están inconformes, a gritarle al mundo que el mundo no es como debiera ser y que puede ser de otra forma.

Siento impotencia porque no puedo devolver el tiempo ni detenerlo cada vez que veo el video del momento en el que fue atacado. Quisiera poder bajarle el arma al policía y decirle que no lo haga, que no lo haga, que hay otras formas, miles de formas de actuar sin hacerle daño a otros seres humanos. Quisiera poder decirle a todos esos hombre y mujeres policías y militares que la única forma en la que serán héroes de verdad es cuando estén del lado del pueblo, cuando se reconozcan como pueblo, cuando recuerden su infancia y su adolescencia pobre como la de los millones de colombianos que hoy están protestando. Quisiera que entendieran que ellos son solo instrumentos para ese pequeño grupo de privilegiados y que sus vidas no les importan, por eso los envían de manera indolente a la guerra. Siento impotencia porque sé que en este momento hay fuerzas muy poderosas empeñadas en perpetuar este estado de cosas injustas que causan dolor a la humanidad, dispuestas a sacrificar todo con tal de quedarse con todo, y eso es algo que no puedo cambiar.

A pesar de esta mezcla de sentimientos negativos, también me siento profundamente orgulloso de Dilan porque demostró que no sólo él pasó por el colegio, sino que el colegio pasó por él, que todas las enseñanzas de sus maestros, sus búsquedas incesantes y su sentido de solidaridad despertaron al ciudadano que hoy necesita Colombia: el ciudadano que siente, piensa y se compromete. También me siento muy orgulloso de todas sus compañeras y compañeros que salieron a marchar para mostrar el repudio a semejante atrocidad y que gritaron al unísono NO MÁS ESMAD, no más represión. El gobierno se equivoca si cree que atemorizó a los compañeros y compañeras de Dilan o a los jóvenes del país. Ese acto de barbarie, lejos de generar miedo, ha servido para que los jóvenes se unan y se reconozcan como los únicos que tienen la solución para esta debacle planetaria. Dilan se ha convertido en el símbolo de una juventud que sabe que son el futuro del mundo.

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