¿Nos creen estúpidos?

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Juan Guaidó con miembros de la estructura narco-paramilitar de Los Rastrojos.

Las fotografías del opositor venezolano con miembros de la organización criminal Los Rastrojos evidencian oscuras alianzas tras la estrategia de desestabilización de Venezuela. El gobierno y los líderes de opinión menosprecian la inteligencia de la ciudadanía con excusas increíbles. Urge movilización por la paz

Roberto Amorebieta
@amorebieta7

Está alborotado el cotarro político por cuenta de las fotos del líder opositor venezolano Juan Guaidó con dos (o tres, o más, ya ni se sabe) miembros del grupo paramilitar “Los Rastrojos”, publicadas la semana pasada por el periodista y defensor de derechos humanos Wilfredo Cañizares. En ellas Guaidó, luce la misma ropa con la que llegó a Colombia el 22 de febrero –día del concierto en la frontera–, se ve sonriente y relajado y abraza con confianza a aquellos hombres que en plena zona rural van en lujosas camionetas, usan ropa de marca, exhiben costosas cadenas de oro y –al menos uno de ellos– porta visiblemente una pistola al cinto.

La policía de Cúcuta no tardó en aclarar que efectivamente las personas que acompañan al autoproclamado en las fotografías son peligrosos paramilitares, cabecillas de la célula de Los Rastrojos que opera en esta zona de la frontera con Venezuela. Los tres fotografiados conocidos hasta el momento son llamados con los alias de “el Brother”, “el Menor” y “Nandito”. Los dos primeros ya están en la cárcel Modelo de la ciudad esperando juicio por múltiples delitos y el tercero, quien se encuentra en libertad, denunció que fue víctima de un atentado en el que murieron cuatro de sus familiares y que es perseguido desde que se supo que había estado con Guaidó, según publicó Cañizares.

Silencio mediático, explicaciones sorprendentes

No hace falta ser demasiado suspicaz para deducir las circunstancias en las que Guaidó se tomó esas fotografías. Todo el mundo sabe que, en esa zona de la frontera con Venezuela Los Rastrojos son la organización criminal que domina el territorio. Existe en ese lugar una zona que abarca áreas de ambos países donde la autoridad de los respectivos Estados no opera del todo. Allí, organizaciones como Los Rastrojos, el ELN y otros, extienden sus redes de influencia, muchas veces con la complicidad de las autoridades a ambos lados de la frontera.

Por ello, en esos lugares no se mueve la hoja de un árbol sin que los grupos guerrilleros o paramilitares lo sepan y lo autoricen. Ellos controlan el contrabando de combustible, de alimentos, de medicamentos y por supuesto, el tránsito de personas a través de las trochas. Es más, el día 22 de febrero Los Rastrojos habían ordenado toque de queda en los municipios fronterizos, de modo que cada carretera, cada camino y cada trocha estaban prohibidos para la gente. Es sencillamente imposible que alguien como Guaidó atraviese una región así en medio de un toque de queda y que Los Rastrojos no se enteren.

Porque en un insulto a la inteligencia, las autoridades han defendido esa tesis desde que tuvieron el valor de poner la cara y dar explicaciones. Después de un silencio mediático de varios días, donde los pocos medios que se atrevieron a hablar se refirieron al tema con mucha precaución –El País de Cali las llamó fotos “polémicas” y El Espectador “incómodas”–, el presidente Duque, la vicepresidenta, el canciller y el propio Guaidó comparecieron para decir que las fotos fueron casuales, que alguien como Guaidó se encuentra con muchas personas que le piden fotos y él no sabe quiénes son, que para él es normal tomarse fotos desprevenidamente con personas que se cruza en el camino.

Por más que los voceros del establecimiento traten a la ciudadanía como si fueran estúpidos e intenten defender la tesis de que aquí no pasó nada, lo cierto es que para todo el mundo es evidente que la entrada de Juan Guaidó a Colombia fue coordinada entre el gobierno colombiano, la oposición venezolana y Los Rastrojos. Ello va dejando claro, así no quieran reconocerlo los formadores de opinión, no solo que el Estado no controla el territorio del país como debería sino que se sirve de alianzas con grupos criminales para controlarlo.

Descomposición del régimen político

Y ello no es un episodio aislado producto de manzanas podridas, sino por el contrario una evidencia de la descomposición de nuestro régimen político. En la estrategia de desestabilización que incluyó la entrada de Guaidó a Colombia, el concierto en la frontera y el intento por ingresar los camiones con “ayuda humanitaria” a Venezuela, se pusieron en movimiento muchos mecanismos del alto gobierno y de varias instituciones del Estado, intervinieron la OEA y el Departamento de Estado de los Estados Unidos y se contó con el aplauso y la difusión entusiasta de los medios de comunicación.

No puede ser que ahora, cuando se ponen en evidencia los vínculos criminales de la oposición venezolana con el paramilitarismo colombiano, todos miren para otro lado, minimicen la gravedad de las evidencias e intenten convencer de que todo es producto de una curiosa casualidad.

Ya estábamos enterados de la catadura moral de los líderes de la oposición venezolana. Ya sabíamos que el uribismo, sector al que pertenece el presidente Duque, tiene como táctica preferida la mentira y la violencia. Ya conocíamos que los planes de desestabilización de Venezuela incluían el uso de los grupos paramilitares colombianos. Ya teníamos noticia de todo eso. Lo nuevo y, que no deja de sorprender, es la forma como los voceros del gobierno y del establecimiento menosprecian la inteligencia de la ciudadanía.

Porque aquí nos enfrentamos ante la famosa paradoja del gobernante a quien le suceden graves cosas “a sus espaldas” o de las que “se acaba de enterar”: Si no se enteró de lo que sucedía, es un ingenuo que no es capaz de controlar a su propia gente. Si se enteró, es cómplice y por tanto un criminal.

En cualquier caso, el prestigio del gobernante se debilita. Álvaro Uribe era un experto, como presidente, en combinar los dos atributos recomendados por Maquiavelo al príncipe: ser temido o ser amado. Cuando hubo escándalos durante su gobierno, Uribe logró magistralmente manipular a la opinión para no perder ninguno de los dos atributos y mantener su favorabilidad hasta el final del mandato, incluso cuando ya eran públicos casos como Agro Ingreso Seguro o los falsos positivos.

Duque, sobra decirlo, no tiene el mismo carisma ni la misma experiencia en manipular la opinión. Sus salidas son erráticas, llenas de lugares comunes y cada vez que habla pone a su auditorio a debatirse entre el aburrimiento y la risa. Ni siquiera despierta la antipatía que produce su mentor. Su gobierno es torpe en el manejo de las comunicaciones y la ciudadanía cada vez le cree menos. Pero como ya se ha advertido, Duque no es el problema sino el “hombre de paja” que está allí para recibir las burlas mientras los verdaderos decisores se quedan con el país.

La gente no es boba

Probablemente no suceda nada tras la publicación de las fotografías y el escándalo se desvanezca. Lo grave no es tanto el episodio de las fotos sino lo que se esconde detrás y que el gobierno bolivariano ha denunciado insistentemente: la existencia de un plan para desestabilizar Venezuela y justificar una intervención armada.

Dicho escenario sería catastrófico para los dos países y solo beneficiaría a los amigos de la guerra. Ellos creen que pueden engañarnos y llevarnos a la confrontación, pero se equivocan. La gente no es boba, ya no traga entero y quiere la paz. Que no sigan menospreciando nuestra inteligencia.

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