…pero no nos vamos a portar bien

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Pablo Arciniegas

La evidente contradicción en la que cayó Colombia con la celebración del día sin IVA en pleno confinamiento inteligente-colaborativo, no pasó de largo ni en los medios internacionales, que la bautizaron Covid friday, ni en Internet, donde afloraron los buenos memes y las publicaciones llenas de indignación. Sobre todo, las de quienes le exigían tener cultura ciudadana a aquellos que salieron de compras, eso sí, sin dejar de aplaudir al Gobierno ―o quedarse callados― por reactivar la economía y cumplir sus promesas de campaña.

¿Pero qué significa tener cultura ciudadana y por qué hay quienes se jactan de ella y hasta escriben columnas en El Tiempo, todos los domingos, sobre la falta que tanto nos hace? ¿Es, acaso, cruzar por la cebra, no colarse en Transmilenio y decirle ‘gracias’ a los policías cuando nos devuelven los papeles? ¿O también será no rayar las paredes, evitar drogarse en la calle o no bloquear una troncal con una manifestación? ¿Y por qué se cree que hay que tenerla como por nacimiento, o a priori, si nos vamos de muy académicos?

Honestamente, mi problema con la cultura ciudadana viene, más bien, del lenguaje. El solo concepto (que se relaciona con tener un buen comportamiento) ubica todo lo que no se identifica con él por fuera de la ciudad. Como si volarse un semáforo en rojo y llevarse a alguien por delante fuera propio del campo, de los pueblos, que en este caso tendrían otro tipo de cultura que no es, o debe aspirar a ser, la ciudadana. Pero, en lo práctico sabemos que es en las ciudades donde ocurren generalmente este tipo de infracciones, y así es cómo tener cultura ciudadana resulta una contradicción.

El otro problema que tengo con la cultura ciudadana es que ha servido como elemento distractor. Volvamos a lo del Covid friday y a sus indignados ―que, a propósito, no lo estaban tanto como hace unos días, cuando hubo marchas en Bogotá―. Se supone que las aglomeraciones en los almacenes de cadena fueron culpa de los incultos que no supieron guardar la cuarentena y hacer las compras por Internet, aunque esto es librar de responsabilidad al Gobierno cuyo mensaje ese día fue: ¡Salgan, salgan, aprovechen las ofertas que hoy no ponemos comparendos!

Entonces, vendrán a decirme que si es que en Colombia somos tan estúpidos que necesitamos policías para cumplir con el confinamiento, que si no es suficiente con todo lo que se dice en las noticias y en Internet sobre el virus. Y yo responderé que precisamente eso es lo que nos aparta del verdadero problema, que es un Estado que espera y exige coherencia, cuando las condiciones que da para vivir no son coherentes. ¿O acaso es que es muy normal que lleguen respiradores artificiales a un hospital que ni siquiera tiene electricidad, por ejemplo?

Por eso, tener cultura ciudadana suena como a gozar de una obediencia ciega. Como a no decir nada y esconder el rostro de la necesidad para no estorbar a nuestros competentes dirigentes, que están muy ocupados ‘sacando al país adelante’, o en su defecto haciendo manualidades en la franja prime time para enseñarnos a portar bien. Pero no nos vamos a portar bien.

Epílogo I

Hay una diferencia entre cultura ciudadana y convivencia. Mientras la primera se ha usado para descalificar a las personas, la convivencia parte del cuidado propio y del cuidado a los demás. Lástima que en Colombia se obligue primero a sobrevivir y, ahí, sí a convivir.

Epílogo II

Junio cerró como un mes amargo para las comunidades que corren el riesgo de ser víctimas de violencia sexual. Militares que abusaron de una niña indígena en Risaralda y patrulleros que persiguen a las trabajadoras sexuales trans del Santa Fe, dejan por sentado que quienes deberían protegernos están haciendo todo lo contrario.

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