Un museo del dolor

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Calle del centro de Bogotá, barrio La Candelaria. Foto archivo.

¿Qué sentido tiene el confinamiento de las obras de arte? Es decir, ante la importancia de una obra como Fragmentos de Doris Salcedo ¿es posible su encierro?

Juan David Aguilar Ariza

Cuando el antiguo griego caminaba por las calles de la polis no se estrellaba contra la construcción caprichosa de cierto artista que por ánimos de embellecer la ciudad construía monumentos. El griego que caminaba por las calles de su ciudad veía en las columnas a los dioses; en el templo, y gracias a él, a Poseidón, al mar y su inmensidad. Lo que para nosotros, desde nuestra distancia histórica, son obras de arte para ellos eran el surgimiento de su historia, de su memoria, de su tradición: de sus dioses.

¿No es acaso un dios la manifestación de una cultura?

Transitar las calles de Bogotá es una forma de estar en la nada, del vacío, de la ausencia de dioses, de historia. Son muy pocos los lugares que pueden dar cuenta de una narración que nos convoca como nación. Todo lo demás ha sido demolido. Sin embargo, y para una posible poética moderna, podríamos hablar de esa misma devastación como obra de arte. Es lo que se llevó el tiempo. Es lo que nos presentan sus ruinas como historia. Si los griegos tienen hoy un montón de mármol arrojado como testimonio; nosotros tenemos la degradación de nuestros monumentos como testigos de lo que hemos transitado. En fin, como en este caso no se pretende resaltar esta estética de la ruina, debemos preguntarnos: ¿Cuáles son nuestros monumentos? ¿Dónde están las avenidas que desembocan en aquellas moles de mármol y bronce gigantescas donde nos reconocemos como colombianos? Avenidas no hay, y monumentos tampoco. Basta con mirar el monumento a los Héroes o la rotonda de las banderas en la avenida Américas.

Los recorridos que podemos hacer los botoganos como narración de lo que somos son escasos. La Candelaria es un barrio que lejos de presentar la historia colonial es una descomposición sin curaduría. O todo lo contrario, nos reconocemos en ese no- histórico que nos permite decir orgullosamente “miren este barrio, aquellos balcones desnivelados son la herencia de nuestro pasado”. La pobreza y la violencia se fue tragando Las Cruces, el barrio San Bernando, San Victorino, la calle trece hasta la estación de La Sabana, el hospital de La Hortúa, el barrio Santa fe. ¿Qué nos queda entonces?

Débora a la calle

No hemos sabido hacer monumentos. ¿Dónde están los monumentos de Jorge Eliécer Gaitán? ¿Los de los Comuneros? ¿Los de los indígenas? ¿Los de las mujeres que han sido violadas una y otra vez por los hombres? Se dirá que existen, pero es necesario señalar sus proporciones. Jorge Eliécer Gaitán está en la 26 escondido, seguro que muy pocos saben que está ahí. Incluso, no podriamos ir en romería hasta él porque no hay una plaza para sentarnos a meditar sobre el bogotazo. El Bolívar de la plaza que lleva su apellido es proporcional a su estatura real. Ni siquiera podemos decir como Buenos Aires que tenemos un falo de no sé cuántos metros para señalar nuestro machismo (la ironía los entristece solo a ellos, faltaba más querer un obelisco al lado de nuestras montañas).

Débora Arango debe salir a la calle y no estar confinada en una casa al sur de Bogotá donde solo llegan unos pocos. ¿Por qué su obra no está en la séptima? ¿No será esto una forma de poder político donde solo unos pocos se acercarán a ella? ¿No es el carácter que justifica a los que tanto critican el esnobismo del arte que sí, que estas obras son para los señoritos y señoritas que viven en cocteles tomando vinos importados?

Las calles de Bogotá deben empezar a hablar y no transitoriamente como ha venido pasando con las obras que presentan algunos artistas que se denominan itinerantes. Nuestro dolor no es itinerante, la muerte de nuestros líderes sociales no es itinerante. Los espacios deben ser recorridos de la memoria. El artista debe apostar a despertar la sensibilidad de los transeúntes para que se cuestionen sobre lo que pasa y ha pasado en nuestro país. El museo debe ser la ciudad y debemos empezar a contar las raíces del problema. ¿Cómo revelar en nuestra propia decadencia artística nuestra génesis? ¿Cómo hacer para que los muros, las fachadas, los andenes, los monumentos, empiecen a contar lo que somos?

La función del arte

Tal vez, esta forma de encerrar el arte con celadores y cámaras de seguridad es una metáfora de lo que somos: unos que miran la realidad de lejos. El campo allá y la ciudad acá. El arte allá y la ciudad acá. Bajo un gobierno que impide cualquier acercamiento real a lo que nos pasa como cualquier vigilante de un museo que sabe que guarda objetos de valor.

Seguramente a las administraciones les interesa pintar las fachadas de los pobres, hacer murales y no grafitis, construir bustos para ser instalados en las calles donde nadie transita, poner la memoria al lado del cementerio. Seguramente a estos gobiernos no les interesa el arte porque el verdadero arte —si es que existe— despierta los cuerpos de los espectadores y los transforma en sujetos críticos, en sujetos que no están dispuestos a mirar desapercibidamente como quieren que miremos. La mirada del arte es crítica. La mirada que despierta el arte no permite ciertos gobiernos, o, en el peor de los casos, los reconoce como perversos. Estos celadores del país quieren hacer de nosotros hinchas y no espectadores.

Uno pasa al lado del monumento a Rafael Uribe Uribe. Nadie lo ve. ¿Se diseñó para con-mover al espectador o para decorar? ¿Por qué no fue construido de tal forma que tuviéramos que atravesarlo y sentir que no podemos pasar por el parque nacional sin desconocer a Rafael Uribe Uribe, su muerte? La visión de este arte es la visión de nuestra memoria: una decoración, un cursito del bachillerato, una charla para conocedores y no la razón de ser: una transformación del espacio para configurarnos como nación y no como Estado.

Si vienes del centro y bajas por la 26 es probable que encuentres la Plaza de la Democracia. La gran metáfora de nuestro quehacer político. Una pequeña plaza de aproximadamente diez metros cuadrados, y creo que exagero. Estas son las dimensiones de nuestra participación política: caben pocos. ¿Plaza de la democracia? ¿No es esto un insulto?

Lejos de exigir grandeza, hablamos de generosidad. No se trata de construir magnificencias con materiales preciados, se trata de hacer partícipes a los espectadores, a los ciudadanos, a los niños, de la construcción de nuestra propia historia. Que cuando caminemos por cierta calle de Bogotá podamos experimentar el miedo de las víctimas, el dolor, el desamparo. Hacer real el arte es dejar atrás esa belleza de museo que liga a un lugar específico la sensibilidad. El andén debe ser nuestro espacio donde aparecen nuestros dioses, así, y aunque a muchos nos cueste reconocerlo, nuestro dios sea la muerte.

6 Comentarios

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