El muro que nunca cayó

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Gabriel García Márquez y Gilberto Vieira en la reunión preparatoria del Encuentro Continental en Homenaje a Simón Bolívar y por la Unidad Popular, en julio de 1983. Los acompaña Carlos A. Lozano Guillén, entonces dirigente nacional de la JUCO y actual director de VOZ. Foto Lara.

Por Gabriel García Márquez

La existencia de Gilberto Vieira resume el paso de las ideas comunistas por la historia de Colombia. Su historia es la historia del Partido Comunista Colombiano. Porque a él estuvo unido desde su adolescencia hasta su muerte. Gilberto Vieira White nació el 5 de abril de 1911 y murió el pasado 1 de marzo (2000), ochenta y nueve años dedicados a las ideas izquierdistas.

Comunista convencido desde su juventud, Vieira fue un fogoso defensor de las causas del proletariado. Por cuenta de sus ideales se ganó problemas de toda índole: desde la expulsión del colegio donde estudiaba el bachillerato hasta estar a punto de ser fusilado. Ingresó en la Universidad del Cauca, pero no avanzó mucho en sus estudios debido a una fuerte razón, se le atravesó en su vida lo que termino siendo su gran causa: el Partido Comunista (PC), que nació en los años treinta. En 1947 asumió la secretaría general del movimiento en ella estuvo hasta 1991, cuando se retiró de la política activa. “Tengo la bicoca de 80 años, es tiempo de dejarles el camino a los jóvenes”, dijo en aquel momento.

Ya para entonces había recorrido un largo camino: fue concejero municipal de Bogotá, representante a la Cámara por Cundinamarca, miembro de varios concejos de diversos pueblos y ciudades, director del Diario Popular, que antecedió a VOZ Proletaria. Fue uno de los fundadores de la Central de Trabajadores de Colombia, CTC, y representó al PC en congresos comunistas realizados en Rusia, Checoslovaquia, y Bulgaria, entre otros países. Nunca aspiró a la Presidencia de la República. Según dice su hija, Constanza Vieira, no lo hizo porque era un “político zorro”. “Mi padre sabía que si se lanzaba perdía, y él no era un perdedor”. Por eso decidió más bien impulsar figuras como Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo Ossa y José Antequera, todos asesinados en medio de la guerra sucia que se desencadenó contra la Unión Patriótica y que Vieira siempre denunció con vehemencia.

Pero ni en las épocas más duras de controversia política, Gilberto Vieira abandonó sus convicciones. Pasó momentos difíciles, como cuando tuvo que ir a la clandestinidad por cuenta de la persecución vivida durante la hegemonía conservadora y la dictadura militar, tiempo en el que el comunismo fue declarado ilegal. Años después también recibió amenazas y aunque muchos le aconsejaron salir del país, él no quiso dejar Colombia. Amigo de la paz, cumplió papel importante con sus opiniones en los diálogos con la guerrilla adelantados por los Gobiernos de Belisario Betancurt, Virgilio Barco y César Gaviria. Fue un convencido de que las negociaciones debían continuar y así lo dejó claro en uno de sus últimos escritos. “Su principio fundamental era respetar las ideas de los otros”, dice su hija.

Podría decirse que Vieira era un representante de esa estirpe que hoy parece estar en vía de extinción: la de los políticos que no centran su acción en buscar el éxito en las urnas, sino en la promoción de ideas: “Políticos a los que les cabe el país en la cabeza y tienen una inmensa sensibilidad”, agrega Constanza. Por eso, aunque estuvo involucrado en la lucha partidista y apoyó la insurrección armada, Vieira va quedar en la memoria del país como un pensador y un intelectual. Culto, pausado, con una imagen que coincidía más con la de un líder popular, Gilberto Vieira murió defendiendo las causas que iban contra el establecimiento pero que para él eran las de la mayoría. Y murió convencido, además, de que la principal forma de lucha era la armada. “Admiraba a las FARC, aunque no compartía sus métodos”, afirma su hija. Siempre le causaron risa aquellas opiniones según las cuales las ideas izquierdistas ya no tenían cabida después de la caída del muro de Berlín. Para él sus utopías seguían tan vivas como nunca. Genio y figura, al fin y al cabo.

Tomado de la Revista Cambio, abril de 2002 y publicado en el Semanario VOZ el 6 de abril del 2011.

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