Murió Marcos Ana, “Bandera de amor”

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Marcos Ana, poeta español.

La historia y la lucha de los hombres buenos lo liberaron para siempre y su poesía lo inmortalizó y lo ungió como un impar referente humano

Marcos Ana, poeta español.

José Ramón Llanos

La dialéctica de la vida exige que, cuando una época es oscurecida, enrarecida y vilipendiada por engendros del mal como Hitler o Francisco Franco, para que la estirpe humana no sucumba y quede signada por esa ignominia, que aparezcan seres de luz portadores y multiplicadores de la dignidad, como dice Martí: “esos hombres llevan la dignidad de muchos hombres, llevan la dignidad de un pueblo entero”.

Acaba desaparecer del mundo material uno de esos paradigmas: Marcos Ana, e inmediatamente surca en los cielos un colibrí de la libertad que nos recuerda los intentos inútiles de Franco de anularlo en una prisión, pero la historia y la lucha de los hombres buenos lo liberaron para siempre y su poesía lo inmortalizó y lo ungió como un impar referente humano. Como le dijera Pablo Neruda en una carta cuando fue liberado en 1961: “Tú eres el rostro que esperábamos, resurrecto, resplandeciente, como si en ti volvieran a vivir luchando todos los que cayeron”.

La mejor descripción de su personalidad y la forma como luchó, no solo por su libertad y su reivindicación sino por la causa de todos los perseguidos, los luchadores por la definitiva liberación de las cadenas que cercan e impiden la realización de una sociedad fraternal, más humana, la encontramos en sus versos.

Su talante de luchador invencible, su solidaridad inagotable la demostró con sus acciones y su prosa escrita después de haber salido de la cárcel en 1961. Escribió, por ejemplo, en favor de los presos políticos lo siguiente:

“Bajo los muros de mis prisiones, en los rincones de sus patios grises, en sus frías celdas de castigo, en las noches cercadas por los alertas de los centinelas, he construido mis poemas con el grito y el dolor de mis hermanos, con mi propio dolor y nuestras comunes esperanzas. He golpeado los muros hasta dejar enrojecida mi palabra. He buscado a tientas la más pequeña grieta de luz, para sacar mi triste voz al mundo y pedir amnistía y solidaridad. Mi país y el mundo han oído mi grito y me han arrancado de la cárcel. Pero cientos de hermanos míos aún permanecen encadenados”.

Nació en Alconada, Salamanca en 1920. Fue bautizado Fernando Macarro Castillo, en prisión tomó el seudónimo Marcos Ana, compuesto con los nombres de su padre y su madre. Dada la pobreza de su familia, desde muy niño trabajó en toda clase de oficios para ayudarla económicamente.

Marcos Ana desde muy joven entró a militar en la Juventud Socialista Unida y en 1938 ya estaba luchando en el frente de Madrid, trabajó como comisario político del Partido Comunista Español. Al final de la guerra fue capturado por las tropas fascistas italianas, la División Littoria. Estuvo detenido en varias cárceles franquistas, en Burgos compartió prisión con el poeta comunista Miguel Hernández, quien murió preso.

En la cárcel permaneció activo escribiendo pasquines contra el franquismo, fundó e hizo circular un periódico clandestino que tituló Juventud. Por todas estas actividades era torturado y fue condenado nuevamente a pena de muerte. Las penalidades y las muertes de inanición en las mazmorras las describió así: “Las hierbas del patio las cogíamos, las metíamos en agua a hervir y nos las comíamos como podíamos. Muchas mañanas te encontrabas con que no sólo faltaban los compañeros que habían fusilado, sino que también muchos aparecían muertos a tu lado, de hambre o de frío”.

Empezó a escribir desde la cárcel, rubricó en 1954 el poemario Decidme cómo es un árbol, Las soledades del muro, España a tres voces, Poemas de la prisión y la vida, Poemas desde la cárcel y Vale la pena luchar.

Exactamente 55 años después de haber salido de la cárcel, el 24 de noviembre, murió Marcos Ana a los 95 años, en Madrid. Toda la intelectualidad progresista y democrática del mundo, empezando por la de España, rindió homenajes póstumos y reconoció su obra poética y lo exaltó como un paradigma y eximio referente humano.

Poemas de Marcos Ana

Decidme cómo es un árbol

Decidme cómo es un árbol, / contadme el canto de un río / cuando se cubre de pájaros, / habladme del mar, / habladme del olor ancho del campo / de las estrellas, del aire.

Recitadme un horizonte sin cerradura / y sin llave como la choza de un pobre, / decidme cómo es el beso de una mujer, / dadme el nombre del amor / no lo recuerdo.

¿Aún las noches se perfuman de enamorados / tiemblos de pasión bajo la luna / o solo queda esta fosa, / la luz de una cerradura / y la canción de mi rosa?

22 años, ya olvidé / la dimensión de las cosas, / su olor, su aroma, / escribo a tientas el mar, / el campo, el bosque, digo bosque / y he perdido la geometría del árbol.

Hablo por hablar asuntos / que los años me olvidaron.

No puedo seguir: / escucho los pasos del funcionario.

Mi vida

Mi vida, / os la puedo contar en dos palabras: / Un patio. / Y un trocito de cielo / por donde a veces pasan / una nube perdida / y algún pájaro huyendo de sus alas.

Mi corazón es un patio

La tierra no es redonda: / es un patio cuadrado / donde los hombres giran / bajo un cielo de estaño.

Soñé que el mundo era / un redondo espectáculo / envuelto por el cielo, / con ciudades y campos / en paz, con trigo y besos, / con ríos, montes y anchos / mares donde navegan / corazones y barcos.

Pero el mundo es un patio / (Un patio donde giran / los hombres sin espacio).

A veces, cuando subo / a mi ventana, palpo / con mis ojos la vida / de luz que voy soñando. / y entonces, digo: “El mundo / es algo más que el patio / y estas losas terribles / donde me voy gastando”.

Y oigo colinas libres, / voces entre los álamos, / la charla azul del río / que ciñe mi cadalso.

“Es la vida”, me dicen / los aromas, el canto / rojo de los jilgueros, / la música en el vaso / blanco y azul del día, / la risa de un muchacho…

Pero soñar es despierto / (mi reja es el costado / de un sueño / que da al campo)

Amanezco, y ya todo / -fuera del sueño- es patio: / un patio donde giran / los hombres sin espacio.

¡Hace ya tantos siglos / que nací emparedado, / que me olvidé del mundo, / de cómo canta el árbol, / de la pasión que enciende / el amor en los labios, / de si hay puertas sin llaves / y otras manos sin clavos!

Yo ya creo que todo / -fuera del sueño- es patio. / (Un patio bajo un cielo / de fosa, desgarrado, / que acuchillan y acotan / muros y pararrayos).

Ya ni el sueño me lleva / hacia mis libres años. / Ya todo, todo, todo, / -hasta en el sueño- es patio.

Un patio donde gira / mi corazón, clavado; / mi corazón, desnudo; / mi corazón, clamando; / mi corazón, que tiene / la forma gris de un patio. / (Un patio donde giran / los hombres sin descanso).

Yo denuncio

Yo no pido clemencia. Yo no pido / con un hilo de voz descolorida / perdón para la vida que me deben. / Odio la voz delgada que se postra / y el corazón que llora de rodillas / y esas frentes vertidas en el polvo, / hecha añicos la luz del pensamiento.

Yo no pido clemencia. Yo no junto / las manos temblorosas en un ruego. / Arden voces de orgullo en mi palabra / cuando exigen -sin llanto- que las puertas / de la venganza oscura se derriben / y a los hombres descuelguen de sus cruces.

Yo no pido clemencia. Yo denuncio / al dictador cadáver que gobierna / la vida de los hombres con un hacha / y ahora quiere dejar para escarmiento / mi cabeza cortada en una pica.

Yo no pido clemencia. / Doy banderas. / Paso de mano el golpeado / corazón de mi pueblo prisionero.