Medios que atizan la guerra

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Con toda razón decía Alfonso Cano que la opinión pública no existe, porque es fabricada por los poderosos y lucrativos medios de comunicación, instrumentos de la superestructura al servicio del sistema dominante, como lo explicó Carlos Marx en su tiempo y lo dejó definido para la posteridad.

Ilustracion Microfonos

Editorial del Semanario VOZ

Con ocasión del Día Nacional del Periodista, el 9 de febrero, es importante hacer algunas reflexiones sobre el papel de los medios de comunicación en Colombia, sin hacernos ilusiones, pues estos, en el capitalismo, como lo enseña el materialismo histórico, son instrumento de dominación ideológica y de transculturización de la clase dominante burguesa. Oportuno hacerlo después de la masacre de París de los periodistas y caricaturistas del semanario Charlie Hebdo, repudiada con lágrimas de cocodrilo por tantos mandatarios derechistas y totalitarios, depredadores de la libertad de prensa y de expresión en sus países.

Se ha discutido en el país sobre el papel de los medios de comunicación en el cubrimiento del conflicto colombiano. Desde cada medio en particular, propiedad de grupos financieros y monopolios de la comunicación, se argumenta desde “la necesidad de defender la democracia” hasta la supuesta “objetividad para informar de manera veraz las incidencias de la guerra”. Palabras vacías a nombre de los dueños de la “gran prensa”, señorones del establecimiento, poseedores de enorme riqueza y de grupos económicos, como de monopolios transnacionales de la desinformación de masas.

Con toda razón decía Alfonso Cano, comandante de las FARC-EP, asesinado en las montañas del Cauca, que la opinión pública no existe, porque es fabricada por los poderosos y lucrativos medios de comunicación, instrumentos de la superestructura al servicio del sistema dominante, como lo explicó Carlos Marx en su tiempo y lo dejó definido para la posteridad.

Desde una posición no marxista, pero democrática, la periodista María Teresa Herrán ha dicho lo siguiente: “No sólo desde ahora sino siempre, los medios de comunicación han sido actores importantísimos en los conflictos bélicos, como vehículos de representaciones del ‘enemigo’, atizadores de odios, señalamiento de traidores o de lo que es o no es patriotismo. (…).

Sin duda, la guerra de la información es cada vez más importante en las estrategias militares, como bien lo demuestra el rubro que en el Plan Colombia se destinó a mejorar la oficina de prensa del Ministerio de Defensa”.

Palabras que tienen palpitante actualidad cuando están en desarrollo los diálogos de La Habana, en medio de campañas mediáticas oficialistas sin independencia del poder de los grandes medios de comunicación.

Informan a su antojo, ignorando las propuestas de la insurgencia, por cierto abundantes, mientras descalifican su voluntad de paz por los actos del conflicto que se presentan de forma irremediable por aquello de que se está dialogando en medio de la guerra; y el Gobierno, con suma terquedad, se cierra al cese bilateral de fuegos, porque cree que por la vía militar puede doblegar a la guerrilla y llevarla al escenario del acuerdo de entregar las armas y de la desmovilización. Precisamente el expediente fracasado a lo largo de la historia, que prolongó la tragedia del conflicto por seis décadas.

Por supuesto que es el papel de los medios del sistema, pero que en Colombia, sin ninguna vergüenza, haciendo uso y abuso de la desinformación y de la versión acomodada de los hechos, ocultan su propia responsabilidad en las atrocidades de la confrontación.

Precisamente es lo que no les ha gustado del fallo de la sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior de Bogotá, con ponencia de la magistrada Alexandra Valencia, en el proceso contra Salvatore Mancuso, bien interesante, porque no solo enjuicia su papel nefasto en el cubrimiento del conflicto, dedicados a atizarlo, sino también por complacientes y permisivos con el paramilitarismo. La sentencia coloca el punto sobre las íes.

Sin ningún rubor, la “gran prensa” le dedicó largos espacios a darles pantalla a los jefes paramilitares, para mostrarlos como héroes que se organizaron para enfrentar la “violencia guerrillera”, como lo hacen los culebrones que transmiten los canales privados de televisión. Le hicieron el juego al cuento de la autodefensa para defender a sus familias e intereses amenazados por el comunismo.

Así surgió la cátedra de José Miguel Narváez, director del DAS en los tiempos de Uribe Vélez, con el nombre de que “Matar comunistas no es delito”. Llegará el momento del juicio histórico y político a ese papel mediático de guerra y de sangre contra el pueblo. Según ellos el genocidio de la UP no fue por la intolerancia de la derecha sino por la combinación de las formas de lucha. ¡Qué tal ese cuento!