Medios, más que cómplices

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Posesión de Hassan Nassar como consejero para las comunicaciones y de Victor Muñoz, famoso por la bodeguita uribista, como consejero de la transformación digital. Foto Presidencia de la República.

La estrategia del régimen para contener las aspiraciones populares es una combinación de entretenimiento y miedo. Los medios están remplazando a los partidos, pero la gente ya no les cree. La crisis política debe dar fuerza a la lucha por las transformaciones sociales

Roberto Amorebieta
@amorebieta7

Si un extranjero leyese un compendio de algunos de los sucesos ocurridos en las últimas semanas en Colombia, podría pensar que estamos ante una situación donde el Gobierno está tan acorralado por los escándalos que está a punto de caer. Basta con hacer un somero repaso de las noticias para llevarse esa sensación.

Noticias silenciadas

Por ejemplo, el conocido ‘hacker de la Fiscalía’, Richard Maok Riaño, hace pública desde Canadá una acusación de que existió entre 2004 y 2006 una conexión de tráfico de drogas entre el líder del cartel de Sinaloa, Joaquín ‘el Chapo’ Guzmán y Álvaro Uribe. En su acusación involucra, entre otros, a Fernando Sanclemente Alzate, director de la Aeronáutica Civil en la época de los hechos. Más allá del revuelo en redes sociales, ningún medio colombiano le da credibilidad a las versiones. Algunos medios internacionales replican la noticia, pero en Colombia hay un ensordecedor silencio sobre el tema.

El comandante del ejército, el general Eduardo Zapateiro, recién posesionado y sobre quien han recaído acusaciones de desapariciones forzadas y ‘falsos positivos’, declara ante una pregunta de los periodistas que lamenta la muerte de Popeye, que era un ser humano, un colombiano más y que extiende sus condolencias a la familia. Más allá del revuelo en las redes sociales, los reclamos de las organizaciones de derechos humanos y alguna mención en los medios de comunicación, el asunto no pasa de ser una anécdota menor.

En una operación conjunta de las autoridades colombianas y estadounidenses, es ocupado un predio en cercanías de Bogotá donde se encuentra un laboratorio de procesamiento de cocaína con capacidad para producir varias toneladas de droga al mes. El predio –¡oh sorpresa!– pertenece a la familia del embajador de Colombia en Uruguay, Fernando Sanclemente Alzate, mencionado en la acusación de Richard Maok. Hay un revuelo en redes sociales y varios medios internacionales se hacen eco del escándalo, pero en Colombia no hay ningún escándalo.

El caso Montoya

El general en retiro Mario Montoya, acusado de ser responsable de más de 2.400 ‘falsos positivos’, comparece ante la JEP para rendir su versión sobre los hechos de que se le acusa. No reconoce nada, no es responsable, no tiene ni idea de lo que le hablan, supone que los soldados –por ser jóvenes de origen popular que no saben ni comer en la mesa y a quienes hay que enseñarles a ir al baño– seguramente confundieron el concepto “resultados operacionales” con “asesinatos fuera de combate”.

A los soldados se les fue la mano, pobrecitos, es que apenas saben leer y escribir. El general va a la JEP porque quiere seguir en libertad, pero le ‘hace conejo’ a las víctimas y no reconoce ninguna culpabilidad. Las organizaciones de derechos humanos piden que se le expulse de la JEP y vuelva a la cárcel. Más allá del revuelo en redes sociales, los medios callan, apenas mencionan la noticia, hay un par de debates en televisión convenientemente saboteados por el idiota uribista de turno y el tema se despacha.

La novela Merlano

La exsenadora Aída Merlano, condenada y prófuga en Colombia y capturada en Venezuela, declara contra la clase política de la costa Caribe colombiana. Acusa con nombre propio a Arturo Char, Alejandro Char, Julio Gerlein, Germán Vargas Lleras, Mauricio Cárdenas, Néstor Humberto Martínez, Juan Manuel Santos e Iván Duque.

Dice que los Char y los Gerlein se hacen elegir a punta de compra de votos que pagan con dinero que los contratistas reembolsan después en jugosos contratos con el Estado. Dice que planearon su fuga con el propósito de matarla para silenciarla. Dice que la elección de Néstor Humberto Martínez a la Fiscalía fue planeada con el fin de ocultar la financiación de Odebrecht a las campañas de Vargas Lleras y Santos.

Más allá del revuelo en las redes sociales, los medios se casan con la idea de que Merlano está loca, actúa bajo el influjo de Nicolás Maduro y está motivada por el odio. La ridiculizan, desacreditan su versión y se centran en tonterías como su ropa, los supuestos lujos que tiene en la cárcel o la vida sexual de su hija, hecha pública en las revistas de farándula.

El avión presidencial y la “muerte del periodismo”

La esposa del presidente Duque viaja en el avión presidencial hasta el parque Panaca a una fiesta infantil acompañada de sus hijos, tres amiguitas de una de sus hijas quien cumple años y las madres de las niñas acompañantes. Al saberse que el avión presidencial –un bien de uso público– está siendo utilizado como vuelo chárter para trasladar a personas que nada tienen que ver con las funciones de Presidencia, los medios tratan de bajar el volumen de la noticia, dan voz a los iracundos voceros del uribismo que insisten –como si se tratara de un mantra o de una verdad religiosa– que este Gobierno “es austero”, que la primera dama es una mujer “sencilla y profesional” y que otros gobiernos han hecho lo mismo y los medios han guardado silencio. Como si ello fuera cierto, la gritería que cada vez tiene más cabida en los programas de opinión distrae la atención e intoxica la discusión.

En esas, el vocero de Presidencia en entrevista con una reconocida pero mediocre periodista –quien con este episodio terminó por ‘pelar el cobre’– intenta manipular la conversación llevándola al terreno de la hipocresía. La periodista se siente aludida porque claro, todos hemos montado en el avión presidencial con nuestras parejas, lo que desata su furia y la lleva lanzar todo tipo de improperios contra el vocero presidencial. “Badulaque”, “fracasado”, “inepto”, “lagarto”, “cobarde”, “hipócrita”, “peludo” y hasta “Tarzán”, fueron algunos de los adjetivos utilizados.

El vocero de Presidencia, que no es ninguna pera en dulce –hay que decirlo– se limita a balbucear alguna respuesta y discretamente corta la comunicación tras varios minutos de andanada. Hasta hoy, el presidente Duque no ha expresado apoyo o desaprobación a su vocero. Más allá del revuelo en redes sociales, solo algunos columnistas analizan el tema sin apasionamientos mientras la mayoría repiten un lastimero “hoy el periodismo murió un poco”, como si la censura, la persecución a comunicadores en las regiones o el cierre de medios no fuera la muerte del periodismo.

Miedo y entretenimiento: síntomas de la crisis

Todos estos episodios y muchos más que seguramente vienen a la mente del lector pero que no caben en este limitado espacio, ponen en evidencia sí, que el régimen político colombiano está haciendo agua por todas partes, pero además que los medios de comunicación no solo están actuando como cómplices del régimen político sino que, como sostiene la profesora Sara Tufano en su interesante blog, “esta simbiosis entre agenda política y agenda mediática es tan solo el síntoma de un proceso político de mayor envergadura: la crisis de los partidos políticos en Colombia y el papel que han adquirido los medios como mediadores entre la ciudadanía y el Estado”.

En otras palabras, esta crisis política solo puede ser contenida con la sutil combinación de unos medios que procuran mantener la ficción del relato nacional con un ejercicio de la represión cada vez más afinado. Manipulación, mentiras y ocultamiento son solo el complemento de los falsos positivos judiciales, el asesinato de líderes sociales y muertes como la de Dilan Cruz. Es una estrategia macabra: miedo y entretenimiento. Afortunadamente es una estrategia que se pone en evidencia y que convence cada vez a menos gente. Es la estrategia que debemos desmontar en la calle con la movilización sostenida del pueblo colombiano.

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