Matrices de opinión y narrativas de país

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Presidente Iván Duque habla ante los medios en la marcha del pasado domingo 20 de enero. Foto Presidencia de la República.

Las exigencias ciudadanas por una política limpia y los llamados a continuar el proceso de negociación con el ELN, son hoy demandas trasnochadas, improcedentes o simplemente expresadas por cómplices del terrorismo. La matriz de la guerra y el terror se ha impuesto

Roberto Amorebieta
@amorebieta7 

Todavía no terminan de identificar todos los cuerpos de las víctimas del atentado contra la Escuela General Santander. Aún resuenan los ecos de las manifestaciones del pasado domingo 20 donde energúmenos uribistas insultaron, agredieron y amenazaron de muerte a personas que no comulgaban con su llamado a la guerra. Todavía se están analizando las implicaciones que tiene el reconocimiento de la autoría por parte del ELN. Aún se asiste a la montaña rusa que ha significado esta última semana para el país y vale la pena analizar cómo gracias a los medios de comunicación se ha logrado imponer una nueva matriz de opinión.

Matriz de opinión

Se entiende como una forma particular de comprender la realidad en la que se asumen determinados problemas y determinadas interpretaciones de acuerdo a lo que indican los medios de comunicación al público. Hace una semana, el país estaba viviendo un momento de intensa efervescencia ciudadana pues las movilizaciones pidiendo la renuncia del Fiscal General y la bajísima popularidad del gobierno en las encuestas hacían prever que se avecinaban grandes cambios en la política nacional, impulsados por el entusiasmo ciudadano en las calles.

Hoy, a causa de los acontecimientos de la última semana, el régimen se muestra fortalecido, los ciudadanos buscan la protección de las autoridades y la policía (señalada con razón de múltiples abusos y casos de corrupción) se presenta como la víctima que reclama solidaridad. Al parecer, las exigencias ciudadanas por una política limpia y los llamados a continuar el proceso de negociación con el ELN son hoy demandas trasnochadas, improcedentes o simplemente expresadas por cómplices del terrorismo. La matriz de la guerra y el terror se ha impuesto.

¿Qué pasó?

Es claro que un atentado como este ha sido la excusa perfecta que la ultraderecha necesitaba para imponer su agenda de muerte. Pero no se asiste aquí ante la típica cortina de humo. No se trata solo de una distracción momentánea (o permanente, en el caso de la figura de Duque), se trata de cambiar la perspectiva de la gente e influir en su interpretación de la realidad para legitimar la apertura de un nuevo ciclo de violencia con impredecibles consecuencias. Por eso el atentando llega en el peor momento, porque da herramientas para que eso ocurra.

Las susceptibilidades que se despertaron entre muchos a causa de las contradicciones y falencias en la explicación oficial del atentado han quedado atrás por la admisión que el ELN ha hecho de la autoría. Pero eso ya no es relevante. Lo que sí es relevante es lo que se viene y por ello vale la pena analizar cómo los medios de comunicación asumieron la difusión de las noticias derivadas del atentado y cómo se logró cambiar la percepción de las personas sobre el conflicto y su resolución.

Vale decir que los medios masivos de comunicación volvieron a hacer gala de un profundo compromiso con los intereses de las clases dominantes. Sólo algunos medios como Noticias Uno o Red+Noticias se atrevieron a hacer preguntas sobre las inconsistencias de la versión oficial. De resto, los grandes medios se dedicaron con zalamería a repetir los comunicados oficiales y reproducir lo que decían los funcionarios en ruedas de prensa que, sin ningún tipo de contrapregunta, más parecían alocuciones. Los funcionarios parecían estar más ante relacionistas públicos que ante periodistas.

Las redes sociales, en cambio, esta vez fueron la tribuna donde los ciudadanos pudieron poner en evidencia las aparentes mentiras que emitían los organismos oficiales e insistir en el llamado al diálogo y la paz. Pero en la versión oficial, personajes tan cuestionados como el ministro de Defensa, el Fiscal General e incluso el mismo presidente Duque pudieron aparecer como los salvadores del país, aquellos que merecían el respaldo ciudadano e invitaban a “no politizar” el atentado haciendo un llamado a respaldar a las instituciones. Por supuesto, independientemente de la politización que sí hizo la clase dominante del hecho, es comprensible que los ciudadanos busquen el respaldo de sus autoridades en momentos de incertidumbre como este.

El cubrimiento

Casi de forma unánime y sin matices, los medios se dedicaron a transmitir, reproducir y dar absoluta credibilidad a la versión oficial que, como se ha dicho, aún sigue teniendo enormes inconsistencias. También ignoraron todo lo demás. De un momento a otro borraron de la agenda informativa cualquier noticia que pudiese generar en el público algún asomo de duda frente al régimen político y se dedicaron a saturar con informaciones, muchas veces irrelevantes, la conciencia de la gente.

Coberturas de dos horas en los noticieros, transmisiones desde el lugar de los hechos, largas y emotivas entrevistas a los familiares de las víctimas, por ejemplo, fueron los contenidos que los colombianos recibieron durante una semana. Por supuesto, sin pretender negar la gravedad de los hechos que nos ocupan, sí hay que advertir que los medios masivos de comunicación se convirtieron en la herramienta perfecta para crear una nueva narrativa de país. Eso es lo preocupante.

La anterior narrativa había dejado el problema del conflicto armado como algo del pasado. El público había dejado de preocuparse por los hechos de guerra y se había centrado en otros problemas del país como la corrupción, los asesinatos de líderes sociales, la desigualdad socioeconómica y el abuso de las autoridades.

Se decía, de forma metafórica, que la humareda producto de la guerra había tapado los demás problemas del país y que como esta se estaba desvaneciendo, estaban quedando en evidencia los verdaderos responsables de nuestra permanente crisis como país. Es decir, estaba demostrándose que la guerra no era más que un síntoma y no la enfermedad y que esta no era responsabilidad de la insurgencia sino de la clase dominante.

Hoy, gracias al atentado y al intenso manejo mediático que se le dio, la narrativa del país vuelve a estar en el campo de la guerra. Otra vez se alza la humareda (muy conveniente para los dueños del país) y de nuevo quedan aplazados los grandes debates nacionales. Como lo canta con sarcasmo el grupo bogotano de rock Río Abajo en su canción “Tres huevitos”, aquí no hay violencia, aquí no hay pobreza, aquí no hay desplazados, aquí no hay corrupción; es la amenaza terrorista no más.

La ciudadanía

Lo que nos queda como ciudadanía es no perder el impulso. Este país ya no es el de antes. Existen múltiples expresiones ciudadanas y populares que reclaman un país diferente, democrático y en paz. La juventud se empodera y cada vez cree menos en las palabras vacías del gobierno y en los llamados a la venganza. A pesar de los intentos de manipulación y de conducir la opinión pública hacia la narrativa de la muerte, la ciudadanía está demostrando cada vez más independencia y criterio frente a las mentiras.

Los llamados a la paz en las manifestaciones de ayer son también los llamados a no tragar entero y a no dejarnos llevar por el acaloramiento. Lo bueno de todo esto es que también queda en evidencia que el pueblo colombiano, en su mayoría, quiere la paz. Ese es el mensaje que debemos repetir sin desfallecer ni cansarnos. Los convencidos de la reconciliación ya no son una minoría arrinconada por la estigmatización de ser “amigos del terrorismo”. Lo interesante (y también lo inquietante) es que ahora queda claro que la confrontación, en palabras de Fidel, será en especial la de las ideas. Por eso no desfallecer. En estos momentos lo que se necesita es cabeza fría, análisis juiciosos y muchas, pero muchas ganas de derrotar la narrativa del miedo y de la muerte.

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