Manuel Herrera Sierra y Marcel Burgos Ochoa: Crimen sin castigo

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Marcel Enrique Burgos

Los sempiternos defensores de la democracia del embudo habían jurado que acabarían con la semilla de la UP hasta la tercera generación

Manuel Enrique Herrera
Manuel Enrique Herrera

Célula Luis Vidales
PCC-Bogotá

19 de abril de 1995. Eran las 10 de la mañana de un día miércoles: el sol amaneció suelto/ peludo/ desgreñado/ de larga cabellera/ de sonrisa amarilla/ de pestañas brillantes. Manuel Enrique Herrera Sierra aguardaba, en la vereda La Estación, a que pasara un campero que lo llevara a Sincelejo; vestía de bluyín y suéter rojo; sobre el suéter una chaqueta, también de jean. En las primeras horas del día había estado en una reunión del Comité Deportivo para ultimar detalles de la programación de fin de semana del Campeonato de Microfútbol.

A las 10:15 pasó el carro Mitsubishi color uva descampado de los paramilitares que el día anterior estuvo dando vueltas, como ave de mal agüero, alrededor de su casa; iba de Sincelejo a Colosó; y los vecinos supieron que algo andaba mal desde el instante en que sintieron su presencia de muerte rondado la vida del dirigente campesino. Era la época en que los perros de la opulencia estaban azuzados a una cacería de exterminio contra la UP. Todo un poder mafioso, construido a costa de la desposesión de los otros, se erguía para mostrarle al mundo que estaban dispuestos a teñir de sangre la tierra antes que deshacerse de sus privilegios.

A las 10:30 am Manuel vio aparecer por el camino balastado que conduce de Colosó a Sincelejo un campero, que a los diez minutos de viaje, que es la distancia en tiempo que hay de Colosó a La Estación, aún no había recogido un solo pasajero. Manuel abordó este vehículo pero se bajó de él en el corregimiento de La Siria después que el carro Mitsubishi de los paramilitares -que había pasado para Colosó a las 10:15- se había devuelto y a gran velocidad lo sobrepasaba; Herrera estaba advertido que ese día irían por él: De una reunión de militares, políticos y paramilitares que se había realizado en San Onofre se había filtrado la información.

Sin sombra de temor atravesó la raya del miedo y aguardó en La Siria hasta las 12:00 a que levantaran el retén que le habían tendido en La Curva del Diablo. Cuando lo consideró conveniente, abordó otro campero que apareció en el camino. Los paramilitares se disponían a levantar el retén en el instante en que el carro donde va Manuel se asoma a la mencionada curva.

Venía parado en la defensa trasera del vehículo. De ahí quisieron bajarlo; lo estremecieron una y otra vez pero no pudieron. Entonces le golpearon las manos con piedras para desprenderlo de la carrocería del campero donde se asió como última esperanza para evitar que se lo llevaran vivo: Un concejal conservador promotor de los grupos paramilitares en la zona había dicho que lo iban a torturar. Como no pudieron desprenderlo, le pegaron un tiro debajo de la barbilla; se soltó y cayó moribundo. ¿Qué hacemos con él? Remátelo. 18 tiros le pegaron. En Colosó habían jurado los sempiternos defensores de la democracia del embudo que acabarían con la semilla de la UP hasta la tercera generación.

Manuel Enrique Herrera Sierra había sido concejal por la UP en el municipio de Colosó en el período 1988-1990. Dejó dos hijas: Diana Carolina y Kelly Jhoana. Y de él dijo el poeta: Porque arrasan los árboles/ piensan que el bosque/ va a desaparecer/ Porque fusilan las palomas/ piensan que su vuelo/ van a detener/ Se equivocan/ Tú no duermes/ El bosque se multiplica/ Y la paloma sigue volando.

Marcel Burgos Ochoa

Marcel Enrique Burgos
Marcel Enrique Burgos

A los siete días del asesinato de Manuel Herrera apareció una carta en la casa del concejal Marcel Burgos. En ella le decían que a principios de abril de 1995 se había realizado una reunión en la finca Morón, corregimiento de Chinulito, entre políticos de Colosó, agentes de seguridad del Estado y el paramilitar Julio Aquiles Mathieu Febles. En dicha reunión decidieron que debían morir algunos militantes de la UP y A Luchar, entre ellos el concejal Burgos Ochoa.

El 9 de mayo de 1996 asesinaron a Marcel. Eran las tres de la mañana cuando paramilitares encapuchados irrumpieron en su vivienda campesina y la destrozaron a bala. Los proyectiles que atravesaron las paredes de madera le desbarataron el cráneo y regaron su cerebro por el piso de tierra. Junto al cadáver de Burgos Ochoa quedó el de su yerno, Teófilo Manuel Pérez Ruiz.

Burgos Ochoa, de piel trigueña como cobre desteñido y mente lúcida que brillaba al servicio de sus hermanos de clase, era un buen ser humano y había nacido rebelde de oficio. Fue dirigente campesino durante varios lustros y murió siendo el coordinador del programa Revivir del Plan Nacional de Rehabilitación (PNR). Había sido elegido concejal para el período 1995-1997.

Marcel Burgos Ochoa fue un hombre alegre, dicharachero e inteligente que se ganaba la simpatía de quienes le trataban. Siempre reflexivo, parecía un ser escapado de una lejanía sin límite; cuando cavilaba la profundidad del pensamiento se le asomaba a los ojos. Desde el principio de su existencia dio muestras de tener una profunda iniciativa social que lo puso al frente de iniciativas reivindicativas agrarias. Este espíritu vigoroso de lucha sería el causante de su asesinato miserable en esa época aciaga de indignidad en que se señaló de guerrilleros a los dirigentes sociales para justificar su asesinato.

Los hermanos Márquez Chamorro

El mismo día del asesinato de Burgos Ochoa, fueron sacados de sus casas, llevados a La Curva del Diablo y luego torturados y salvajemente asesinados los hermanos César Tulio y José Rafael Márquez Chamorro y el joven comerciante Gonzalo Salas Osorio. César Tulio era estudiante del Colegio Víctor Zubiría. Los tres pagaron con sus vidas su simpatía y militancia en las filas de la UP. Gritos transparentes como gotas de aguas cruzadas por el sol se oyeron en la lejanía. Por los cuatro vientos cardinales se escucharon voces horadadas por el dolor. Y un viento amargo sembró cruces en el corazón.

Ese trágico día, en un acto de sincronía maldita hábilmente cronometrado por estrategas invisibles, en el preciso momento en que los paramilitares arribaron a la población se fue el fluido eléctrico; los pobladores jamás olvidaron la fatal coincidencia. Pero la luna estaba clara y a pesar de que los asesinos tenían los rostros cubiertos con capuchas, los familiares y amigos del concejal y de los jóvenes sacrificados en la fecha, lograron reconocer entre la jauría que disparó contra la vivienda de Burgos Ochoa al paramilitar Mathieu Febles, quien posteriormente fuera ejecutado junto a su esposa por su propio jefe: el sanguinario Rodrigo Mercado Pelufo, alias “Cadena”.