Luis Cardoza y Aragón, poeta de nuestra América

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Luis Cardoza y Aragón

José Luis Díaz-Granados

En el «Brindis por la poesía», discurso que pronunció en Estocolmo al recibir el Premio Nobel de Literatura en 1982, Gabriel García Márquez concluyó diciendo:

«En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía».

Hasta aquí el novelista colombiano. La hermosa y contundente frase en la que se reafirma el poder intemporal de la poesía, se debe a ese gran escritor guatemalteco, cuya obra literaria se lee con juicio y regocijo a la vez, a todo lo largo y ancho de nuestro continente mestizo.

Nacido en Ciudad de Guatemala, Guatemala, en 1904, Cardoza y Aragón se destacó desde muy joven como un explorador de expresiones novedosas, de palabras que al juntarse por primera vez con otras proporcionaran el corto circuito de la belleza. Fue así como muy pronto adquirió para sí mismo la experimentación surrealista sin abandonar los moldes clásicos, y entregó a los lectores libros como Maelstrom y Luna Park, entre otros, donde las metáforas y las greguerías se entremezclaban haciendo estallar novedosas sorpresas idiomáticas.

Testigo itinerante

Luis Cardoza y Aragón vivió varios años en París. Cuando la Revolución de 1944 instauró en Guatemala la decencia, se desempeñó como ministro y embajador. Estuvo en Bogotá en 1948 y fue testigo de primer orden de la rebelión popular del 9 de abril, cuando fuerzas demoníacas cegaron la vida promisoria de Jorge Eliécer Gaitán. Allí, Cardoza hizo amistad con León de Greiff, Jorge Zalamea, Álvaro Mutis, Jorge Gaitán Durán y sobre todo con la figura mayor del humanismo y las buenas maneras en la literatura y la ciencia social como fue don Baldomero Sanín Cano, que harta falta que le hace a la Colombia de hoy.

Cuando en 1954, una pandilla invasora proveniente de los Estados Unidos dio al traste con el gobierno democrático del coronel Jacobo Árbenz Guzmán y con él las esperanzas de su pueblo por una sociedad más racional y civilizada, Cardoza salió por el mundo a denunciar el atraco a mano armada de que había sido víctima su país.

En el exilio se sumergió en una delicada reflexión, profunda y arterial, certera y matemática, sobre la entraña milenaria de esa patria rica y por momentos misteriosa que dio al mundo la portentosa civilización de los mayas. Fruto de ello fue su libro capital, Guatemala, las líneas de su mano, que es a un mismo tiempo, historia, geografía, sociología, poema en prosa, lamento y letanía, juego arqueológico, botánica, zoología, indagación, revelación y vaticinio. En suma, una obra maestra en donde se conjuga en una totalidad intemporal el ser guatemalteco proyectado hacia el resto de América y del mundo.

Eternidad literaria

Luis Cardoza y Aragón, guatemalteco universal como su amigo y biografiado Miguel Ángel Asturias, se lee con frescura y alegría. Su adhesión a la paz, al progreso, a una América sin imperios y sin opresiones y a una sociedad con equidad y justicia social, vistieron su alma febril y generosa.

Amigo incondicional de la Revolución cubana, de su pueblo y de sus dirigentes, fue jurado del premio Casa de las América en dos ocasiones: en 1961, en compañía de José Lezama Lima, el colosal autor de Paradiso y de Elvio Romero, el poeta paraguayo, cuya obra hizo exclamar a Gabriela Mistral: «es como para leerla acostada sobre la tierra»; y en 1975, en el género Testimonio, junto con el cubano Enrique Cirules, el boliviano René Zavaleta Mercado, el argentino Héctor Agosti y el colombiano Arturo Alape.

A casi doce décadas del nacimiento de Luis Cardoza y Aragón, apenas son el comienzo de una eternidad literaria. Su prosa nos enseñó que la metáfora es también infinita, y la suya, feliz y sarcástica, inusitada y cerebral, lleva en sí la meditación de la belleza, pero también la reflexión en la verdad.

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