De la cólera de los corderos al enjambre de las abejas

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Movilización de los chalecos amarillos en Francia. Foto internet.

Varios especialistas de la historia social francesa coinciden en resaltar el carácter inédito de la movilización, aun si sus contenidos se encuentran ligados a revueltas populares que darían lugar a revoluciones pasadas

Lucas Restrepo – Especial para VOZ
@Lucas_Restrepo 

El sábado 30 de marzo se cumplió la vigésima jornada de movilizaciones, “actos” de los gilets jaunes o chalecos amarillos que, desde el 17 de noviembre pasado, convoca todos los sábados a cientos de miles de personas a “tomar” o “enjambrar” las ciudades principales, en especial París.

Si bien este enjambre de personas vestidas con un chaleco reflectivo amarillo constituye la forma de manifestación más conocida y espectacular, su actividad incluye también la ocupación de round-points, la “liberación” de peajes, el sabotaje de las cámaras de velocidad y, más recientemente, sittings contra la violencia policial.

Además, otras movilizaciones se han sumado a sus actividades sin competir reivindicaciones o protagonismos: la de los liceístas en rechazo a las reformas del ministro Blanquer; la de los estudiantes universitarios en rechazo a los filtros establecidos para el ingreso a la educación superior y el aumento de los costos de matrícula para estudiantes extranjeros; y la de los profesionales de la salud que viven condiciones de trabajo cada vez más difíciles.

Varios especialistas de la historia social francesa coinciden en resaltar el carácter inédito de la movilización, aun si sus contenidos se encuentran ligados a revueltas populares que darían lugar a revoluciones pasadas. En efecto, si mayo del 68 pudo definirse como un acontecimiento anti-autoritario y contra-cultural, el movimiento de los Gilets Jaunes (GJ) deberá ser leído como un acontecimiento, si no anti-capitalista al menos sí como la expresión de sus crisis.

Los sacrificados

La sociología del movimiento está definida por la aceleración del capitalismo actual, al igual que por la decisión de re-direccionar el interés de las instituciones hacia grupos sociales “capitalizables”, lo que ha generado que además de empobrecido, este grupo social se encuentre también infra-representado.

Se trata de mujeres y hombres “hechos”, de un promedio de edades de entre los 35 y los 45 años cuyas aspiraciones, como nos lo recuerda Sophie Whanick1, retratan un deseo de estilo de vida no precario y no sometido a las incertidumbres contemporáneas. Según Nicolás Duvoux2, la tercerización del empleo y la democratización de la educación han aproximado, social y culturalmente, a las franjas más pobres, compuestas de obreros, asalariados precarios y desclasados, de las franjas medias compuestas de profesionales, pequeños y medianos empresarios y retirados.

De igual manera, estas franjas han sido alcanzadas por la precariedad, las dificultades económicas permanentes y la creciente carga fiscal que sobre ellos recae como efecto de la des-fiscalización de las grandes fortunas. Así, una nueva clase popular empieza a tomar forma, marcada por la cercanía social, la precariedad económica y la infrarrepresentación electoral que comparten hoy día los grupos que viven por debajo del suelo de pobreza (14% de la población) y aquellos que se sienten realmente amenazados por la pérdida de su poder adquisitivo.

Es decir, se trata de una clase fragmentada y divida en su interior a partir de sus diferencias y de lo que llamaría la filósofa belga Fabienne Brion, una “concurrencia gestionada”, lo que la convierte en un zócalo de discursos racistas y anti-inmigracionistas. Esta fragmentación implica una gran “porosidad” de posiciones marcadas por la movilidad en la capacidad de consumo, lo que induce grandes cambios en las formas de vida a partir de pequeños cambios en los ingresos.

La clase popular francesa

Ello diluye las identificaciones tradicionales de clase, empuja a la re-identificación nacionalista o religiosa, hegemoniza el modo de vida consumista como horizonte del éxito social y hace de la crisis económica una situación más dolorosa en términos subjetivos. No obstante, a pesar de todos estos elementos que profundizan la fragmentación de la nueva clase popular francesa, el movimiento de los chalecos amarillos se ha convertido en un punto de encuentro social y cultural, de politización y de transversalización de luchas políticas, no limitadas al problema de la precariedad económica, y sobre todo de reinvención de un ethos igualitario largamente socavado por la interpelación política al individualismo exacerbado que agencian hoy diversas ingenierías de la subjetividad (el discurso del individuo empresario de sí mismo, la autoayuda, el coaching, etc.).

La clase popular francesa también tiene una geografía, trágicamente desterritorializada. No es un proletariado concentrado en zonas urbanas industrializadas: su ocupación de terrenos rurales alejados de los centros de circulación de capital, es no obstante, esencialmente urbanizada. El automóvil, el tren y la autopista permitieron crear un modelo de ocupación del territorio bajo el modelo de la “ciudad dormitorio”.

Dicho modelo no era tan importante en Francia hasta mediados de los años 80 puesto que aún subsistía una ruralidad marcada por los pequeños circuitos, las medianas explotaciones agrícolas o los pequeños poblados construidos alrededor de industrias importantes, como en el caso de las explotaciones carboníferas del norte y nordeste.

La privatización de las autopistas en los años 90, del servicio ferroviario a mediados de los 2000 y el aumento de costos de los vehículos ha terminado por guetoizar poblaciones y regiones enteras que, de repente, se vieron despobladas o cortadas de sus vínculos tradicionales. El caso de las autopistas es particularmente dramático: su construcción responde más al principio de “aceleración” eficiente que, al principio de comunicabilidad, dejando como único punto de enlace las glorietas, verdaderos cruces de caminos entre ciudades “olvidadas” y los circuitos de circulación.

De otra parte, el cierre de estaciones y de rutas del tren ha agudizado el estado de aislamiento. El problema es que este fenómeno es hoy irremediable si tenemos en cuenta que los costos de la vivienda y del consumo en las grandes ciudades impide la movilidad de una buena parte de la población. En general, tal como lo resumió el diario Le Monde en la edición del 26 de enero, los chalecos amarillos son los “perdedores de la globalización”: mujeres, personas de ingresos bajos cuyos presupuestos se cuentan de euro en euro, comunidades alejadas de los centros urbanos, pequeños y medianos emprendedores que cargan con el peso insostenible de la desfiscalización.

El enjambre

Sería mejor caracterizarlos, no como los “perdedores” sino como los “sacrificados”: los corderos de la pastoral estatal-providencial ofrecidos en el altar de la aceleración capitalista actual. Ahora bien, hay una tendencia marcada a devenir abeja que hace de la masa precarizada un verdadero movimiento que enjambra por oleadas al país entero, socavando desde abajo el sistema político de castas calificadas. En las siguientes dos entregas hablaré del carácter político de este movimiento: de cómo no se puede afirmar que sea un movimiento fascista, de la respuesta represiva del Estado frente a una movilización que no entiende y de sus perspectivas políticas.

1 Whanick, «La structure des mobilisations actuelles correspond à celle des sans-culottes», en: https://www.mediapart.fr/journal/culture-idees/041218/sophie-wahnich-la-structure-des-mobilisations-actuelles-correspond-celle-des-sans-culottes

2 Duvoux, Où v la France populaire?, Paris: PUF, 2018.