Liberados el general Alzate y sus acompañantes sanos y salvos

0
El general Rubén Darío Alzate, en el momento de su liberación

El presidente Santos debe amarrarse los pantalones. Decirle la verdad al país, si está en condiciones de garantizar la culminación satisfactoria del proceso de paz o si, eventualmente, es un rehén del militarismo, las bases gringas y los mercenarios estadounidenses

El general Rubén Darío Alzate, en el momento de su liberación
El general Rubén Darío Alzate, en el momento de su liberación

Nelson Lombana Silva

El general Alzate, sus acompañantes y los soldados, prisioneros de guerra en Arauca, regresaron sanos y salvos a sus casas, vivos. Es el contraste, de lo que hace el gobierno cuando captura a insurgentes: generalmente los entrega en bolsas de polietileno, descuartizados e insultados infamemente con calificativos de terroristas.

Por más que tratan de obviar este contraste los medios masivos de comunicación con su consabida alienante y perversa desinformación, no lo consiguieron en su totalidad, gracias, entre otras cosas, al poder que se va posesionando en la conciencia de los pueblos, los medios alternativos de comunicación.

El mismo presidente Juan Manuel Santos cínica y criminalmente confesó haber dado la orden de asesinar en completo estado de indefensión al comandante fariano Alfonso Cano. La guerrilla superó ese crimen de lesa humanidad y siguió adelante con el proceso de paz.

Es más: Siendo el gobierno Santos quien impone la torpe iniciativa de dialogar en medio de la guerra, suspende unilateralmente el proceso de paz porque un “pez gordo” de la oligarquía cae en manos del ejército del pueblo. No es fácil imaginar que si hubieran caído soldados o mandos medios, el gobierno nacional no se hubiera inmutado, pues al fin y al cabo éstos son pueblo y qué importa. Se movió porque era un general, un hijo de la oligarquía.

La decisión de la guerrilla para sortear el impase fue histórica. Si el gobierno tuviera grandeza lo reconocería así. La gran lección no se puede minimizar. Es única. Clara y contundente: la guerrilla devuelve a los prisioneros de guerra sanos y salvos, los militares los devuelven en bolsas de polietileno, torturados o, sencillamente, los desaparece. ¡Qué contraste!

La falta de palabra de Santos lo obliga a proponer que el hecho pase de agache. Borrón y cuenta nueva. Pero un hecho tan grave y vergonzante no puede pasar de agache. La guerrilla ha dicho que hay que hacer una discusión sobre el tema, seguramente para poner cosas en blanco y negro, lo cual a nuestro modo de ver es lo elemental, lo correcto. Con un gobierno sin palabra todo resulta etéreo, incierto.

Si el día de mañana, un comandante fariano del secretariado cae y la guerrilla suspende los diálogos, ¿el gobierno actuará de la misma manera que actuó el movimiento insurgente? Es muy difícil. Diríase: Imposible. No en vano estudiosos han demostrado que la oligarquía colombiana es una de las más criminales del continente y del mundo.

De todas maneras, el pueblo colombiano no puede oficiar de simple espectador. Debe asumir su papel que la historia le depara. Debe pronunciarse decididamente por los diálogos aprobándose el cese bilateral del fuego. En eso no se puede vacilar. Además, caracterizar la conducta de los negociadores, la postura de las partes. Hay que ir desentrañando la miserable y ambigua postura del gobierno nacional que como dijera en su momento Arizala el gobierno en una mano sostiene la paloma de la paz y en la otra la metralla para la guerra contra el pueblo. Ese es Santos, el ex ministro de Defensa del pequeño dictador fascista Álvaro Uribe Vélez.

El otro gran desafío y en esa misma dirección, es el fortalecimiento nacional del Frente Amplio por la Paz. No se puede ahorrar energías en este campo. Hay que actuar con dinamismo y prontitud, sobre todo con conciencia de clase y espíritu unitario. Realmente está a prueba la madurez de la izquierda para avanzar en este campo y, por supuesto, los demócratas y librepensadores que hay a lo largo y ancho del territorio colombiano. Incluso, allende de las fronteras. Como dice la Marcha Patriótica: “Hay que unir rebeldías”.

Uribe y su patota carroñera quedaron con los crespos hechos, para usar una frase coloquial. Ellos querían seguramente que el citado general regresara en bolsa de polietileno y así poner fin a los diálogos de La Habana (Cuba). Tacaron burro. Sin embargo, no se puede cantar victoria, porque con toda seguridad seguirán chuzando las comunicaciones y provocando saboteos para evitar la culminación de este importante acuerdo de paz en discusión en la isla de la Libertad. Ojo pelado, es el llamado al pueblo colombiano y a las fuerzas democráticas del país. El enemigo de clase no cederá fácilmente y todavía puede hace mucho daño a la sociedad colombiana y al mismo proceso de paz.

En ese sentido, el presidente Santos debe amarrarse los pantalones. Decirle la verdad al país, si está en condiciones de garantizar la culminación satisfactoria del proceso de paz o si, eventualmente, es un rehén del militarismo, las bases gringas y los mercenarios estadounidenses que pululan por el país libremente. Debería ser claro y concreto.