Cumbre de Davos: El Leviatán abre de nuevo sus fauces

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Alberto Acevedo

Bajo la consigna, “crear un futuro compartido en un mundo fracturado”, el pasado 23 de enero, y durante cuatro días, sesionó en Davos, Suiza, la nueva versión del Foro Económico Mundial, que reunió a jefes de Estado y de gobierno de 70 naciones, un número sin precedentes para un evento de esta naturaleza. En total, se contó con la presencia de unos 3.000 delegados de 110 países, incluido los más desarrollados del planeta.

Y a pesar de ser convocada con un criterio aparentemente incluyente, la reunión de Davos fue un evento de brutales contrastes, en los que se confirman insultantes niveles de exclusión social, de pobreza, que afectan a buena parte de la humanidad, frente a cotas de concentración de riqueza, sin paralelo en la historia, que ofenden la dignidad humana.

Empezando por el escenario de la reunión: un paraíso fiscal en el corazón de Europa, acogió a los hombres de negocios más poderosos del mundo, que se sientan a manteles para trazar estrategias en torno a los problemas que anualmente, consideran, merecen su preocupación. En esta ocasión, cruzaron opiniones en torno a la crisis medio ambiental, el futuro de la economía global, la seguridad internacional, fenómenos como el de las monedas virtuales, y el nuevo proteccionismo en las relaciones comerciales, planteado por la administración del presidente Trump, de los Estados Unidos.

Se pudo combatir la pobreza

En las preliminares del Foro Económico, la ONG británica Oxfam, presentó un desgarrador informe sobre concentración de riqueza y ampliación de niveles de inequidad social en el mundo. De acuerdo a este estudio, titulado “Premiar el trabajo, no la riqueza”, en los últimos doce meses, las utilidades del 1 por ciento de los hombres más ricos se incrementó en 762.000 millones de dólares. Con esta cifra, dice Oxfam, se hubiera podido combatir siete veces la pobreza extrema en el mundo.

“El año pasado se produjo el mayor aumento de la historia en el número de personas cuyas fortunas superan los mil millones de dólares, con un nuevo multimillonario cada dos días”, dice el informe. En esas condiciones, el 82 por ciento de la riqueza fue a parar a manos de ese 1 por ciento más rico, mientras el 50 por ciento más pobre de la población en el planeta, obtuvo cero por ciento, es decir, ninguna riqueza llegó a sus manos.

Una paradoja del estudio de Oxfam es que ese 1 por ciento más poderoso, son hombres, expresión escandalosamente machista de la distribución de la riqueza, en tanto que las mujeres componen el 80 por ciento del trabajo no remunerado, y los países registran un vergonzoso incremento de feminicidios, en un mundo globalizado.

Millones no se benefician de la riqueza

Del informe se infiere que la economía del 1 por ciento más rico se edifica a expensas de millones de trabajadores mal remunerados, en su mayoría mujeres, que reciben salarios miserables, en tanto que 2.043 multimillonarios se dan la gran vida.

Pero las realidades que muestran informes como este, no permean las preocupaciones de los hombres de negocios que periódicamente se reúnen en estos eventos. Por el contrario, citas como la de Davos, tienen como objetivo que los hombres más poderosos del planeta, que no son muchos, impongan condiciones al 50 por ciento más pobre del planeta, para que genere riquezas de las que finalmente no se va a beneficiar.

El Foro Económico Mundial mostró regocijo por un crecimiento mundial sostenido en los últimos años, en lo que anuncian como “superación de la crisis”. ¡Claro que hay crecimiento! Pero sus beneficios no se redistribuyen en forma equitativa. Ese es el problema del modelo capitalista neoliberal. Los propios teóricos de la globalización dudan hoy del principio rector de que el modelo transita por una vía recta, sin desvíos posibles.

La brecha de la desigualdad

La riqueza no fluye hacia la totalidad de la sociedad, sino que se acumula más y más en estratos superiores, ya enriquecidos a costa de los demás. Y esto se traduce en ensanchamiento de la brecha de la desigualdad, fenómeno que ni las escuelas neoliberales se atreven a negar.

Por lo demás, 2017 mostró el inmenso poder de las grandes empresas transnacionales en todas las esferas de la vida. La fusión de grandes consorcios como Monsanto y Bayer, los fraudes bancarios, los paraísos fiscales, la financiación de políticos por la industria farmacéutica, las muertes producidas por alimentos genéticamente modificados, son expresión de ese poder.

Lo grave es que con la concentración de la riqueza que muestran informes como el de Oxfam, se confirma que las empresas transnacionales incrementan su autonomía, en contraste con la pérdida de poder de los Estados. Se camina aceleradamente hacia una economía autónoma del control político, con la supremacía de las grandes empresas. Es una absorción del poder económico por parte del poder corporativo, como lo advierten algunos analistas, con el agravante de que se construye un nuevo derecho internacional, el del capitalismo corporativo, global, cada vez más extendido.

Detener al monstruo

El foro de Davos es ejemplo de eso. Al lado de los jefes de Estado de las principales potencias del mundo, se sientan los gurús de las finanzas, los asesores del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional, de la Organización Mundial del Comercio. De sus recomendaciones salen las sanciones contra Grecia, contra Venezuela, contra Irán, contra Cuba, contra Corea. Las imposiciones del ajuste económico, el desmonte de las reivindicaciones sociales de los trabajadores, las violaciones a los derechos humanos de los pueblos.

Thomas Hobbes, en su famoso texto sobre el Leviatán, en realidad un estudio sobre la naturaleza humana, muestra como el hombre se desenvuelve en sociedad, y cómo el poder del hombre termina destruyendo al hombre mismo. Las soluciones que propone Hobbes ya hoy no tienen vigencia.

Pero las masas populares, los trabajadores, los pueblos en su lucha por la democracia y la libertad, pueden encontrar caminos alternativos al modelo neoliberal depredador. El Leviatán es un monstruo bíblico de poder descomunal. El modelo neoliberal, inhumano, es el nuevo Leviatán, cuya garganta puede ser detenida por la mano de los pueblos.

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