Nueve décadas después de la masacre contra la clase obrera en las bananeras de Ciénaga, Magdalena, aún se desconocen no solo detalles de las causas y sucesos, sino especialmente las luchas políticas y sociales que recrearon este acontecimiento inolvidable en la historia. Reflexiones sobre la masacre de las bananeras (I)

María Tila Uribe

A la 1:20 de la madrugada del día 6 de diciembre de 2018 se cumplieron 90 años del cruel episodio conocido como la masacre de las bananeras. Se conoce esta historia o parte de ella con más o menos sobrecogimiento, más o menos imaginación, más o menos indignación. Hay también informaciones confusas y no falta quienes crean que ya se dijo todo, aunque se haya olvidado el rol de las mujeres.

Para una mejor comprensión de las causas y los sucesos de esta historia es necesario acercarse al contexto de lo que fueron los años veinte y ver, primero, que la huelga de las bananeras no fue un hecho aislado, pues estuvo enmarcada en las luchas políticas y sociales de la época, y segundo, que esta y las 98 huelgas de ese decenio no se pueden separar de la batalla que por entonces era fundamental: las ocho horas de trabajo, principal reivindicación de quienes fundaron en el año 1925 la Primera Confederación Obrera Nacional y luego el Partido Socialista Revolucionario, PSR.

El doble ocultamiento

Si los acontecimientos políticos de esa década quedaron en la penumbra, los factores posibles fueron, en primer lugar, las publicaciones de poca cobertura de escritores sociales; el silencio de las versiones oficiales u olvido histórico, necesario de subsanar. No ha faltado la intención de esconder el sangriento hecho, como sucedió con las declaraciones de una senadora del Centro Democrático, que quiso borrar la infamia, negándola.

Otra razón fue el ocultamiento de lo sucedido en los años veinte, cuando se inauguró la etapa estalinista de las purgas utilizada para liquidar el pasado, lo que dio como resultado que se creyera que las luchas sociales y políticas de ese período empezaron a partir de 1930, y no antes, y que se diluyera el sentido antiimperialista y batallador del PSR y sus dirigentes. Por fortuna ya sobre esas interpretaciones hay nuevas miradas críticas y reflexivas. Finalmente, no está dicho todo: falta por investigar, cuidando de no medir estos 91 años por el tiempo de vida del ser humano, sino por el breve período que ese tiempo significa en la historia de Colombia.

En contra del olvido

Pese a la represión y el ocultamiento, la historia de Las Bananeras fue denunciada en su momento por el genial caricaturista Ricardo Rendón, contada en un principio por los trabajadores para que el crimen no quedara en la sombra, luego desvanecida y más tarde reencontrada en el mundo cultural colombiano por autores que consideraron un compromiso histórico su divulgación y pusieron en paz un pasado que se iba volviendo injustamente oscuro.

Entonces, fue plasmada en la escultura del maestro Rodrigo Arenas Betancur, relatada por Álvaro Cepeda Zamudio en “La Casa grande”, descrita en el cuento “Si no fuera por la Zona, caramba” del novelista Ramón Illán Vacca; reconstruida en las obras teatrales “Soldados” de Enrique Buenaventura e “Historia del soldado recluta” del dramaturgo Carlos José Reyes, tema de canciones populares y motivo de inspiración del Nobel García Márquez en sus “Cien años de soledad”.

Se abre el telón

Al comenzar la década de los veinte, Colombia era un país con cierto carácter de selva virgen, porque hasta entonces las familias campesinas estaban atadas a las haciendas, obligadas a cumplir contratos de enganche como aparceros o arrendatarios, muchas por retención forzosa, otras por deudas. Era también país de minas de oro, platino, carbón, sal y esmeraldas y persistían formas de esclavitud con los indígenas y los desocupados que se llevaban para las caucheras del Orinoco y el Amazonas.

De sus 6 millones de habitantes, el 80% o más estaba en el campo. En las ciudades la presencia del artesanado era importante; barberos, sastres, herreros, carpinteros, talladores y demás oficios, vivían bien informados y elaboraban su trabajo con finura. Habían marcado la historia en el siglo XIX, por su presencia en las Sociedades Democráticas.

Pero el hombre propone y la historia dispone –decían los viejos- y sucede que estos años en Colombia se convierten en un decenio clave y sobresaliente por las transformaciones que comienzan a darse en cadena, consistentes en el paso de una forma de producción hasta entonces agrícola-mercantil a otra moderna, necesaria para el incipiente desarrollo del capitalismo industrial y financiero. Además, por la influencia que tuvieron en el país acontecimientos internacionales de gran importancia, todo lo cual hizo que se cambiara totalmente la estructura económica colombiana y trajo una conmoción profunda en todas las relaciones socioculturales, políticas, y en todas las formas de vida de las gentes.

La danza de los millones

Hecho significativo fue la deuda externa de 203 millones de pesos contraída por los gobiernos de entonces, dinero al que se sumaron otros millones en cantidades desconocidas, por las inversiones en la zona bananera y en petróleos, explotaciones entregadas con beneficios de oro a las compañías extranjeras, durante el gobierno de Rafael Reyes. En los casos del banano, el petróleo y el café, bases de la exportación del país, quienes fijaban los precios y las condiciones de su venta, eran las propias compañías norteamericanas.

Se recibieron 25 millones de dólares (a plazos) de EE.UU., como compensación por la pérdida de Panamá, y aumentó el precio del café. Gran parte de ese dinero fue destinado a infraestructura, planificar ciudades, obras públicas, construir 2.500 kilómetros de líneas férreas y convertir el Río Grande del Magdalena en la principal arteria del país. Llegaron las misiones norteamericanas para diseñar y darle seguimiento al ordenamiento fiscal, se crearon ministerios con nueva legislación, se abrieron los bancos en 1923 y los billetes reemplazaron las monedas de oro.

Para la producción fabril y el increíble universo de todo lo movido por electricidad, llegaron carros, tranvías, el primer avión, la radio y se trajeron maquinarias que aceleraron la industria: era una producción industrial expandida al mundo occidental por los Estados Unidos, pues terminada la primera guerra mundial (1917) Europa quedó arrasada y los Estados Unidos tomaron el rol de primera potencia, convirtiéndose en gigantesco abastecedor de armas, barcos, aviones y equipos diversos, que cambiaron las relaciones del mercado en todo el mundo.

Capitalismo y clase obrera

En Colombia hubo sectores que veían al capitalismo como la forma de modernizar el país y superar el atraso. Pero a su vez, intelectuales, periodistas críticos, estudiantes de clase media, profesiones libres, grupos del partido liberal y socialistas sostenían que esa modernidad era a costa del atropello a la soberanía nacional y a la hipoteca del país, una traición que les aseguraba el poder y las riquezas a los gobernantes.

Toda esa nueva industria junto con la circulación del dinero produjo en nuestro medio dos fenómenos complementarios: un reacomodo demográfico-social alrededor de los centros industriales, y la utilización de una nueva forma de pago: el salario. Y como asalariados, millares de ciudadanos pobres se convirtieron en obreros y obreras.

Para facilitar la movilización de tanta gente el gobierno expidió la “ley de circulación” y esas legiones de trabajadores quedaron entonces repartidas en colosales concentraciones, que vienen a ser las zonas donde los conflictos se desataron como huracanes. Así fue el proceso del surgimiento de la clase obrera colombiana, ahí aflora su identidad y se voltea la historia porque esta naciente clase social, además de producir riqueza, encuentra que es posible la organización, descubre el poder de la huelga, se da cuenta que tiene voz y que esa voz tiene repercusiones.

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