El lento camino del desarrollo

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Carlos Fernández*

Un indicador de la estructura económica y productiva de un país viene dado por el volumen y el tipo de importaciones que realiza. En varias ocasiones, hemos señalado la debilidad, el atraso y la dependencia del exterior de la producción nacional. Las cifras recientes sobre importaciones nos dan una idea bastante clara de esta situación.

¿A dónde van las importaciones?

Tomando el promedio de las importaciones de enero a junio desde el año 2010, se observa que la industria manufacturera da cuenta del 95% de las importaciones colombianas. El sector agropecuario recibe el 4,6%, el minero, el 0,3% y el resto de sectores recibe el 0,1%. Dentro del sector de la industria, el subsector que más productos importados demanda es el de la fabricación de sustancias y productos químicos, con un promedio del 17,8% de las importaciones llegadas al país entre los meses de enero y junio en los últimos ocho años. Le siguen en importancia el subsector de fabricación de maquinaria y equipo, con el 10,5% y el de fabricación de vehículos, con el 9,0%.

Hasta aquí, las cosas parecen normales. Pero la baja participación en las importaciones de los sectores agropecuario y minero es una muestra, en el primer caso, del enorme peso de la ganadería extensiva que impide procesos rápidos de modernización del campo, en un momento en que, con la firma del Acuerdo de Paz, se pusieron en evidencia dos visiones sobre el desarrollo agrario: la visión agroindustrial, de monocultivo que promueve la burguesía industrial y agraria, y la visión de desarrollo rural de fortalecimiento de la economía campesina, indígena y de las comunidades negras, que promueven sus diferentes organizaciones y que tuvo un importante eco en las conversaciones de La Habana, toda vez que la guerrilla asumió esta visión y la concretó en el primer punto del Acuerdo. En el segundo caso, muestra el fracaso de la política para hacer de la explotación minera una locomotora de desarrollo. Esto se da en momentos en que las comunidades se organizan para impedir que la gran minería se lleve el agua para la explotación y las organizaciones de mineros artesanales y ancestrales presentan una lucha titánica para llamar la atención del Gobierno sobre sus precarias condiciones de vida y de trabajo, como se vio en el reciente paro minero de Segovia y Remedios.

Pero la preponderancia de las importaciones con destino a la industria no puede esconder el flagrante hecho de que los subsectores que hemos mencionado como los más importantes en materia de importaciones son o tributarios de las transnacionales o corresponden a inversiones extranjeras que sólo montan el ensamblaje de las mercancías, reservándose los procesos productivos que generan mayor valor en la cadena productiva.

Importaciones y soberanía alimentaria

La situación descrita nos lleva a hacer referencia a un tema que es ya motivo de arduas disputas entre las organizaciones sociales y sindicales del campo y la ciudad y el Gobierno Nacional. Como es sabido, el despojo de que han sido víctimas seis millones de campesinos, el impulso a inversiones en el campo que promueven el monocultivo y la producción para la exportación o para la agroindustria, así como las imposiciones de poderosas fuerzas económicas de los países desarrollados para que el país abandone ciertas producciones de productos primarios, han llevado al país a tener que importar productos que antes producíamos, como una forma de que los excedentes agrícolas de tales países tengan una salida en el mercado mundial.

Tan sólo en el primer semestre de 2017, el país importó 6’600.000 toneladas métricas de productos alimenticios que podrían haberse producido en el país, en condiciones de calidad, en general, buenas si la deuda de la reforma agraria y del desarrollo industrial se saldara a la mayor brevedad. Pero ésas con conquistas que habrá que ganar a pulso pues la burguesía colombiana no cede un ápice en la defensa de sus intereses económicos.

* Investigador del CEIS. 

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