Lenin, 150 años (II)

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El legendario revolucionario murió absorbido por el trabajo de construir el socialismo en un país atrasado; insistía en que el socialismo no se podía lograr a partir de privaciones, sino que debía mejorar las condiciones materiales de existencia de los trabajadores y a la vez elevar su nivel cultural. Por ello se necesitaba impulsar la industria y potenciar la producción agrícola

Alejandro Cifuentes

1914 marcó un antes y un después en la historia del movimiento obrero, pues muchos líderes socialdemócratas decidieron apoyar a los gobiernos de sus países en la guerra mundial, cuando se suponía que, ante el estallido de una guerra incentivada por los intereses de banqueros e industriales, los socialistas debían oponerse a esta. Tal decisión fue vista como expresión de los graves problemas de la adopción del reformismo.

Fue la bancada socialdemócrata alemana, donde sobresalían reformistas como Karl Kautsky y Eduard Bernstein, la primera que aprobó en el parlamento las medidas belicistas de su gobierno. De esta forma, el partido socialdemócrata en vez de movilizar a los trabajadores alemanes para frenar una guerra fratricida entre obreros, facilitó su reclutamiento como soldados. Pero el apoyo a la guerra no fue homogéneo, y revolucionarios como Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, rompieron con la socialdemocracia.

Ya con la guerra en marcha, se planteó el problema de qué hacer frente a la confrontación, y este dilema puso de manifiesto el debate más profundo de reforma o revolución. Los socialistas que se oponían a la guerra se reunieron en 1915 en Suiza para concertar su plan de acción. Decidieron que se debía reconstituir la II Internacional en torno a una agitación pacifista. Pero no todos los asistentes se vieron recogidos en esta propuesta: un pequeño grupo, donde se encontraban los bolcheviques, quería reemplazar la Internacional por una organización que impulsara la revolución en medio de la guerra. Lenin entendió que la confrontación era una oportunidad para lograr una revolución proletaria, ya que la guerra imperialista podía transformarse en “una guerra civil contra la burguesía”, pues los obreros estaban armados y movilizados.

La Revolución de 1917

Sus tesis se pusieron a prueba dos años después. En febrero de 1917, protestas por pan y paz, llevaron a la abdicación del zar, el cual fue reemplazado por un doble gobierno, un parlamento encabezado por Kerenski y que reunía a representantes de la nobleza y la burguesía, y el soviet, el órgano de gobierno de los trabajadores. Lenin llegó a Rusia a mediados de abril, y se integró inmediatamente a la actividad política de los bolcheviques. La idea era consumar una revolución popular desde el sóviet de San Petersburgo. El sóviet era una expresión política de las masas trabajadoras, y Lenin veía a este órgano como el fermento de un nuevo Estado, pues era en sí mismo una forma de poder constituyente emanada de los trabajadores.

El problema era que los mencheviques eran mayoría dentro del sóviet, y estos apoyaban al gobierno provisional de Kerenski. Los mencheviques creían que Rusia primero debería procurar desembarazarse del absolutismo zarista, y que por ello la revolución debía dar paso a un régimen liberal que desarrollara el capitalismo, para que luego sí fuera posible una revolución socialista. Lenin en cambio, sostenía que el capitalismo era una realidad en Rusia, y que una revolución proletaria era posible y necesaria, pues la nobleza zarista estaba dispuesta a salvaguardar los intereses del capitalista.

Los bolcheviques, que hicieron un arduo trabajo entre las masas difundiendo su proyecto, tuvieron su oportunidad en el verano de 1917, pues el gobierno provisional, que mantuvo a Rusia en la guerra por sus compromisos con franceses e ingleses, perdió popularidad luego de una fallida ofensiva militar contra Alemania. Buena parte de los soldados rusos, organizados en comités, se oponían a la guerra y a esta última campaña, la cual les costó algo más de 38 mil vidas.

Soldados y trabajadores acogían cada vez más las consignas bolcheviques contra la guerra, ganando más espacio al interior del sóviet. Esta situación permitió que la propuesta de Lenin de precipitar una insurrección que derrocara al gobierno de Kerenski fuera ejecutada el 7 de noviembre de 1917.

La construcción de la URSS, 1917-1924

Los últimos años de su vida Lenin los pasó dedicados a consolidar la revolución. La toma del poder de noviembre era solo el principio. Ahora se debía organizar un gobierno obrero que modernizara al país fuera de los esquemas de explotación capitalista. Para Lenin, el socialismo se construye a fuerza de acciones, el ejercicio del poder exigía ya no consignas sino obras concretas, y por ello se anunciaron las medidas que guiarían el gobierno revolucionario: salida de la guerra imperialista, repartición de la tierra, control obrero de las fábricas y control nacional de la banca. Sin embargo, el país se sumió en una guerra civil, pues fuerzas contrarrevolucionarias, apoyadas económica y políticamente por Inglaterra, Francia y los Estados Unidos, buscaron aplastar la revolución.

El gobierno de Lenin estuvo marcado por la experimentación, la prueba y el error, todo ello en medio del estado de excepción causado por una confrontación civil de cinco años. Entonces, su primer éxito fue prevalecer en esta guerra. Lenin entendía que la revolución dependía de una colaboración estrecha entre obreros y campesinos, y claramente la victoria en la guerra civil se explica en buena medida porque los bolcheviques lograron mantener de su lado a los campesinos.

Muchos, incluido Lenin, esperaban que los acontecimientos en Rusia iniciaran la revolución internacional, que terminaría apoyando a su país. Pero al final de la guerra civil, en 1922, las derrotas infligidas a los revolucionarios alemanes dejaron en claro que la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas debería construir por su cuenta el socialismo.

Entonces, Lenin murió absorbido por el trabajo de construir el socialismo en un país atrasado; insistía en que el socialismo no se podía lograr a partir de privaciones, sino que debía mejorar las condiciones materiales de existencia de los trabajadores y a la vez elevar su nivel cultural. Por ello se necesitaba impulsar la industria y potenciar la producción agrícola.

Lenin propuso la Nueva Política Económica (NEP), que se concentraba en la construcción de infraestructura económica permitiendo ciertas formas de iniciativa individual, pero sin relajar el control político del estado, el cual representaba los intereses del proletariado. La NEP fue concebida por Lenin como un proceso de transición al socialismo, pues esta debía crear condiciones para una colectivización eficiente.

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