Las madres de la paz

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“¡Levántense, mujeres de hoy! ¡Levántense todas las que tienen corazones, ya sea su bautismo de agua o de lágrimas!”.

Esta celebración nace en los Estados Unidos en 1870, cuando Julia Ward Howe, abolicionista y conocida como la poeta que escribió El Himno de la Batalla de la República, buscó que se estableciera un “Día de las Madres para promover la paz”.

“¡Levántense, mujeres de hoy! ¡Levántense todas las que tienen corazones, ya sea su bautismo de agua o de lágrimas!”.
“¡Levántense, mujeres de hoy! ¡Levántense todas las que tienen corazones, ya sea su bautismo de agua o de lágrimas!”.

Renata Cabrales

Cada año, el segundo domingo del mes de mayo, el comercio y la publicidad hacen su agosto promocionando productos que, de acuerdo a la lógica consumista, harán felices y plenas a casi todas las madres del mundo.

Es de esperar que muchas madres, mediatizadas por el bombardeo publicitario, esperen ese día para medir el amor de sus hijos(as) de acuerdo al tamaño del regalo, o como habrá de esperarse en estos tiempos de las nuevas tecnologías, por el tiempo que menos dure cada uno sumido en el celular, en el momento de la visita.

Día de las madres para promover la paz

Pero lo que muchas personas desconocen es que esta celebración nace en los Estados Unidos en 1870, cuando Julia Ward Howe, abolicionista y conocida como la poeta que escribió El Himno de la Batalla de la República, buscó que se estableciera un “Día de las Madres para promover la paz”. Y esto con el fin de celebrar la erradicación de la guerra, para lo que organizó, además, las fiestas en Boston durante muchos años.

En su proclama, advierte la poeta: “¡Levántense, mujeres de hoy! ¡Levántense todas las que tienen corazones, ya sea su bautismo de agua o de lágrimas! Digan con firmeza: ‘’No permitiremos que grandes asuntos sean decididos por agencias irrelevantes. Nuestros maridos no regresarán a nosotras apestando a matanzas, en busca de caricias y aplausos… Así como los hombres a menudo han dejado arado y yunque por el llamamiento a la guerra, que las mujeres ya dejen todo lo que queda de su hogar para un día grande y serio de consejo. Que se reúnan primeramente, como mujeres, para conmemorar y llorar por los muertos… Que se aconsejen solemnemente de la manera en la que la gran familia humana pueda vivir en paz, cada uno llevando en su tiempo la impresión sagrada, no de César, sino de Dios”.

En Colombia, lejos de desear recibir flores, chocolates, electrodomésticos o molestos enfrentamientos al tráfico capitalino para trasladarse a almorzar a cualquier rincón lejos de sus hogares, se encuentran las madres de la paz, las que solo anhelan que cese la guerra.

Hijos e hijas de la guerra

Mujeres como las Madres de Soa­cha, que buscan intensamente la justicia por los actos criminales del Estado bajo el gobierno de Álvaro Uribe, contra sus inocentes hijos; las mujeres combatientes que luchan por una sociedad más justa y que para hacer parte de la causa revolucionaria deben separarse de sus hijos e hijas y dejarlos en manos de familiares, amigos o personas que casi no conocen, sin saber que tal vez no vuelvan a verlos; las madres de soldados y policías llamados héroes de la patria que entregan su vida por un estado guerrerista que no lo merece; ellas, que, como lo proclamó Ward Howe, deberían unirse y proclamar un congreso general de mujeres para promover la alianza de diferentes nacionalidades, el arreglo amistoso de cuestiones internacionales y “la gran causa universal de la paz”.

Así como también pregona con optimismo en su artículo, la guerrillera de la delegación de paz de las FARC-EP, Viviana Hernández: “A todas las madres la guerra nos ha generado inmenso dolor, y nos ha quitado preciado tiempo para ver crecer a nuestros hijos e hijas, hoy más que nunca nuestras voluntades se deben encausar porque este proceso de paz sea una realidad con nombre y apellido, Paz con Justicia Social y un futuro prometedor para nuestra descendencia. Ese día nuestros corazones estarán henchidos de gozo porque podremos ir a ese reencuentro sin temor alguno y fundirnos en un solo abrazo sin importar si los hijos e hijas están en las fuerzas insurgentes o en las gubernamentales y poderles decir hijos… hijas ¡se acabó la guerra!… ¡se acabó la guerra!”.