Contra la violencia oficial, lucha unitaria

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El Partido Comunista y la Unión Patriótica acompañaron la reciente movilización. Foto Carolina Tejada

La ciudadanía progresista y la militancia comunista no defendemos ni reconocemos como democracias los regímenes que a lo largo de más de doscientos años han gobernado nuestro país. Sin embargo, reconocemos que algunos de los gobiernos que se han sucedido en el solio de Bolívar han sido relativamente incluyentes y que propiciaron algunas conquistas de la clase trabajadora, como el primer Gobierno de Alfonso López Pumarejo.

A lo largo de estos años la burguesía y sus aliados los terratenientes, poseedores de miles de hectáreas -generalmente expropiadas con violencia a los medianos y pequeños dueños- han instaurado regímenes antidemocráticos, soportados en las armas de las Fuerzas Armadas, las cuales reprimen cualquier movilización que exija democracia, inclusión, equidad y una política nacionalista y soberana. Como estos gobernantes se mantienen en el poder por la violencia y la amenaza permanente de los militares contra el pueblo, estos gozan de generosos ingresos y hasta del encubrimiento frente a manejos no muy ortodoxos de los presupuestos destinados a las Fuerzas Armadas. Para comprobarlo basta leer la prensa de estos meses.

Olvidan u ocultan que lo que define la democracia es el voto universal, la separación clásica de las tres ramas del poder público (gobierno o ejecutivo, legislativo y judicial), la periodicidad electoral para componer los poderes ejecutivo y legislativo, la existencia de órganos de control, la prevalencia de las leyes sobre la voluntad del gobernante (estado de derecho), y la jerarquización de las leyes, teniendo como suprema la norma constitucional, entre otros.

La burguesía colombiana considera que gobierna democráticamente el país porque cada cuatro años permite que una parte del pueblo -muchas veces menos del cincuenta por ciento- participe en un remedo de elecciones en donde una buena parte de los sufragantes, pertenecientes a los estratos uno y dos, alivian las penurias vendiendo sus votos.

La tripartición del poder, sus ramas ejecutiva, legislativas y judicial, a duras penas simulan la interdependencia, realmente el presidente determina, vía mermelada la naturaleza de las leyes que aprueba el senado, generalmente legislación diseñada por el empresariado para su beneficio y otras normas “sugeridas” por Estados Unidos, por ejemplo las normas sobre la drogadicción o relacionadas con la política externa de Colombia o sobre las concesiones para explotar minas de oro, cobre u otras riquezas del subsuelo, del interés de las empresas estadounidenses.

Por otra parte, el gobierno de Iván Duque ha entrado en una fase autoritaria y con el uso exagerado de la violencia contra el pueblo como hacen los regímenes en procesos de fascistización, en este caso lo que pretende el Presidente es acobardar a los manifestantes para que no sigan exigiendo la eliminación de los decretos que introducen una reforma laboral embozada en cambios aparentemente inocuos. Otra cruenta demostración de la violencia neofascista es la muerte a bala de once jóvenes, mujeres y hombres, en una sola noche y el discurso apologista de Iván Duque calificando de gallarda la acción de los policías ejecutores de esos crímenes.

Y aunque no se puede catalogar al actual régimen político colombiano como “fascista”, pues “el fascismo en el poder es la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero” -como lo señaló el informe al VII Congreso de la Internacional Comunista, de agosto de 1935-, sí existen formaciones de corte fascista clásico, comenzando por el propio partido de gobierno -mal denominado ‘Centro Democrático’- que ni de centro ni de demócrata tiene nada, pues es de extrema derecha y autoritario, centralista y jerarquizado, que preconiza la transformación gradual de su gobierno en un régimen autoritario que comporta el estilo de un régimen fascista.

El paramilitarismo, viejo y reciclado, en Colombia, nos recuerda las escuadras paramilitares fascistas de Italia y Alemania; y la brutalidad policial y del ejército, nos trae a evocación a los «camisas negras» y el «arditismo» italiano, a la Sección de Asalto y los SS alemanes, que “ablandaron al pueblo” a punta de golpizas, vejámenes, asesinatos y desapariciones. Pero los cerebros que están detrás de los asesinatos de las lideresas y líderes sociales, de los indígenas y de los defensores y defensoras de los derechos humanos, el Gobierno represivo y perseguidor de los trabajadores del Centro Democrático, olvidan que este pueblo derrotó las feroces dictaduras de Laureano Gómez y de Rojas Pinilla, además que cuando los pueblos dicen ¡no más! hasta ahí llegan los dictadores. Las movilizaciones del lunes 21 son una muestra de lo que les depara el futuro, es preciso avanzar por un cambio y la construcción de una democracia real.

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