De la “santa alianza” a la OTAN: anomalías en el bicentenario

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Manifestación ciudadana en contra de la OTAN.

Las dimensiones del pensamiento y de la praxis bolivariana van a seguir incidiendo en las luchas, las transformaciones revolucionarias, la conciencia del pueblo y la cultura democrática, como lo resaltó Gilberto Vieira en su escrito clásico, “Sobre la Estela del Libertador”

Jaime Caycedo
@JaimeCaycedo 

En los primeros meses de 2013, el canal The History Channel promocionó una sorprendente encuesta acerca de El Gran Colombiano más eminente, en el contexto del Bicentenario. Se trataba de establecer, mediante votación electrónica, cuál era la figura o el personaje más destacado y de mayor popularidad en Colombia en los últimos doscientos años. Sorprendentemente, el elegido fue Álvaro Uribe Vélez, por encima de Simón Bolívar, Antonio Nariño, Gabriel García Márquez, Jaime Garzón, Elkin Patarroyo y otros destacados personajes.

El despliegue de The History fue espectacular. Se dice que sus patrocinadores invirtieron, al menos, tres millones de dólares, que Sofasa Renault fue uno de los mayores aportantes y que el cerebro detrás de la curiosa iniciativa, copiada además, de la BBC, provenía del asesor electoral de Uribe, el venezolano JJ Rendón. El propósito de tal manipulación era transformar la imagen de Uribe en el ícono viviente de una nueva versión de la identidad histórica de Colombia, con proyección latinoamericana. A la vez, el intento de anticipar el retorno al poder, de Uribe en cuerpo ajeno, fracasado en las elecciones presidenciales del 2014, que hubiera representado un colapso temprano de los diálogos de paz de La Habana.

Antibolivarismo, Colombia y América Latina

El antibolivarismo hace parte de un rasgo peculiar de la visión de las clases dominantes colombianas en sus relaciones con América Latina, que se expresa en la tendencia periódica, en los últimos 70 años, al aislamiento político y diplomático, que ha llegado incluso a la confrontación con países hermanos, o al distanciamiento de los procesos autonomistas que despegaron con especial empuje tras la ascensión de Hugo Chávez al gobierno en Venezuela.

Actitud que no corresponde a un arranque de nacionalismo sino, por el contrario, a una creciente y preocupante incorporación del Estado y de las políticas públicas en un marco de subordinación a las estructuras jurídico-políticas, administrativas y de mentalidad, del organismo político transnacional dominante, el Estado imperialista de EE.UU., el Plan Colombia y su variante actual “postconflicto”, Paz Colombia; el tratado de extradición de nacionales y sus extralimitaciones injerencistas; los controles migratorios y los visados transformados en instrumento de vasallaje; el prohibicionismo y la política antidrogas, que ataca a los campesinos cultivadores y deja en total impunidad al narcocapitalismo a modo de pretexto de intervención permanente; los medios transnacionales de información, los “enlatados” y la teledramaturgia que dominan los espacios de la cultura y el manejo de las matrices de opinión del exterminio cotidiano  de líderes populares y del terrorismo con complicidad estatal;  todos obran como instrumentos de efecto contradictorio: de un lado, aproximan al país a una sujeción de carácter anexionista; de otro, agudizan la polarización social y la urgencia del cambio transformador.1

Lo que Bolívar no hizo aún está por hacer (José Martí)

Hace 200 años surgieron las condiciones transformadoras que permitieron derrotar al colonialismo y constituir el proyecto de un Estado llamado Colombia, dispuesto a liberar al resto del continente y conformar una sociedad pluriétnica integrada, con una visión republicana, independiente y libre. Esa Colombia internacionalista, latinoamericanista bajo la idea de Bolívar, derrotó en Boyacá y cinco años después en Ayacucho al imperio español. El impacto político y los logros militares llevaron al monarquismo europeo a pensar en la reconquista militar. Hacia 1825, Francia y España, con el apoyo de la Santa Alianza2 movían los aprontes en esta dirección. Dos posiciones distintas salen a la luz en el debate frente a la amenaza de agresión exterior: la doctrina Monroe y el proyecto bolivariano. La primera es suficientemente conocida y sus consecuencias son todavía fuente de padecimiento. El segundo, sigue siendo la esencia del proyecto anticolonialista, de pleno significado antimperialista hoy, que juega como utopía estratégica, que implica la unidad latinoamericana, difícil de lograr de momento, pero no improbable, si miramos la experiencia histórica.

“Debemos imitar a la Santa Alianza en todo lo que es relativo la seguridad política. La diferencia no debe ser otra que la relativa a los principios de justicia. En Europa todo se hace por la tiranía, acá es por la libertad; lo que ciertamente nos constituye enormemente superiores a los tales aliados”, señalaba en carta a Santander.3

El punto de despegue era la reunión del Congreso Anfictiónico de Panamá, con dos aspectos orientadores: la escogencia cuidadosa de los convocados y los temas a tratar, entre los cuales la prohibición del comercio esclavista, tema de la mayor importancia humana, social y económica. No podemos detenernos por ahora en este acontecimiento. Lo subrayamos por toda la perspectiva que de allí se desprende. En particular por el contraste que ofrece con las realidades contemporáneas al ir renunciando los gobernantes actuales a los principios de la integración y la solidaridad latinoamericanas.

Hacia un neocolonialismo atlantista

La tendencia a actuar de espaldas a un consenso latinoamericano que se separa de la posición de EE.UU. se manifestó dramáticamente en el caso de la ocupación de facto, de las islas Malvinas, por la Argentina en abril de 1982. En el declive de las dictaduras militares en el Cono Sur, el gesto del Gobierno del general Galtieri buscaba tender una cortina de humo sobre la oleada represiva desatada contra el pueblo argentino. La respuesta militar del Reino Unido, integrante del pacto transnacional de la OTAN, para recuperar por la fuerza ese lejano territorio colonial, considerado en disputa por la ONU, determinó la declaración de guerra de una potencia extracontinental contra un país americano, lo que, según el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, TIAR, implicaría la reacción colectiva frente a la agresión.

No obstante, no ocurrió así.  En esa ocasión el argumento formal del gobierno colombiano de Turbay Ayala fue promover una ambigua mediación de la OEA, una de cuyas condiciones implicaba la presencia de tropas estadounidenses en las Malvinas, lo que fue rechazado por Argentina y la mayoría de los países latinoamericanos. Cuando EE.UU. destapó plenamente su respaldo al Reino Unido, su aliado en la OTAN, la posición colombiana apoyó a Inglaterra y desestimó a la mayoría continental.

El 12 de julio de 2017 el Diario Oficial publicó el texto de la ley 1839 por la cual se aprobó el “Acuerdo entre la república de Colombia y la Organización del Tratado del Atlántico Norte sobre cooperación y seguridad de información”, suscrito en Bruselas el 25 de junio de 2013. En el momento en que empezaban a desenvolverse los diálogos de La Habana, entre el gobierno nacional y las FARC-EP, culminaba el trámite de un compromiso que afecta de fondo las relaciones con los países de América Latina y el Caribe.

Un año después, el Congreso aprueba la ley 1925, del 24 de julio de 2018 «por medio de la cual se aprueba el Acuerdo entre la Unión Europea y la república de Colombia por el que se crea un marco para la participación de la república de Colombia en las operaciones de gestión de crisis de la Unión Europea», suscrito en la ciudad de Bogotá, D.C., el 5 de agosto de 2014.

Sin discusión distinta al debate parlamentario, promovido especialmente por el entonces representante Alirio Uribe frente a la 1839 estos instrumentos normativos introducen cambios en materia de seguridad y defensa, que articulan al ministerio de Defensa, a las fuerzas militares y de policía del país a los compromisos con el pacto Atlántico y su expresión militar la OTAN. Afirmamos que la adscripción como socio estratégico de la OTAN conlleva obligaciones que contradicen decisiones colectivas del nivel latinoamericano, introducen nuevos riesgos, conducen al armamentismo y a la renuncia al continente como territorio de paz y desnuclearizado. El contenido doctrinario amarra la filosofía de la defensa nacional al concepto estratégico de la OTAN y a la instrumentación del país como pieza de decisiones ajenas en el manejo de eventuales situaciones de crisis, en la región o en otros espacios mundiales.

1 La administración estadounidense, que en un momento apoyó el Acuerdo de Paz, bajo el gobierno Trump no vacila en modificar de facto los términos del Acuerdo en el punto 4 sobre sustitución de cultivos, sino que apoya puntos críticos, como el cuestionamiento a la Jurisdicción Especial de Paz y promueve entrampamientos con el fin de extraditar a los dirigentes políticos de un partido legal, que surgió del tratado de paz suscrito entre las FARC-EP y el Estado colombiano (Nota de JCT).

2 En noviembre de 1822 el Congreso de Verona, de la llamada Cuádruple Alianza y la Santa Alianza (Rusia, Austria y Prusia), imponen de nuevo el absolutismo a España, reinstalan a Fernando VII e instan a Francia y a España a emprender una acción militar de gran escala en América (Nota de JCT).

3 Liévano, Indalecio, Bolívar (1783-1830), visionario de la Gran Colombia y el Panamericanismo, Ediciones LAVP; Createspace USA, sin fecha.

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