La revolución inconclusa del 68

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Graffiti en las calles de París en la primavera de 1968. Foto internet.

La primavera que no fue, una revuelta inconclusa, un porvenir aplazado…

Óscar Sotelo Ortiz
@oscarsopos

Han pasado 50 años de los acontecimientos que se conocen como “Mayo del 68”. Son 50 años donde no existe un consenso de los alcances y límites de la ruptura sociocultural que significó para la historia frases icónicas como “La barricada cierra la calle pero abre el camino”.

Se evoca el espíritu rebelde y contestatario de una época, se hace el balance de la radicalidad política y los difusos objetivos, se recuerda el carácter incisivo en la gente, en su mayoría joven, y la derrota estratégica. Reverbera en la historia aquella confusa situación revolucionaria de una generación cuyo propósito era llevar la imaginación al poder y trasformar la sociedad pidiendo lo imposible.

Y aunque no fue un fenómeno privativo a las experiencias de Paris (Francia), Praga (Checoslovaquia) y Tlatelolco (México), ya que fue una implosión social a escala mundial, si se encuentra en estos tres lugares comunes, los registros de lo que pudo ser, del cambio como consigna y la chispa como horizonte de lucha.

En resumen tenemos lo que la historiografía tiene documentado hasta la saciedad. Un movimiento cuyo motor era el estudiantado con sede en las principales universidades, pero que paradójicamente no tenía una demanda gremial sino específicamente social. Un movimiento que arremetida contra las instituciones educativas, sus métodos y criterios, y cuya característica común se articulaba en rechazo al autoritarismo que imponía un orden social específico y la oportunidad de imaginar-construir una sociedad diferente.

En Paris, donde la revuelta juvenil se mitifico en un acontecimiento histórico, el movimiento obrero y la clase media salieron a las calles. Junto a la ocupación de universidades y fábricas, las barricadas y las marchas, la primavera se fue tornando en un periodo de exaltaciones revolucionarias, donde partidos, organizaciones y movimientos de izquierda iban interpretando el momento de acuerdo a sus intereses. Como diría Daniel Bensaïd, dirigente juvenil para la primavera parisina, del mayo del 68 y en la memoria de algunos actores, solo queda “una gran movida estudiantil, un gigantesco libertinaje y una entrada tardía en la modernidad hedonista”.

The Dreamers

En el 2003, la revista The New Yorker, calificó el film The Dreamers con una sola frase: “Bertolucci puro”. El veterano y aclamado director italiano, Bernardo Bertolucci, regresaba a la pantalla grande con una película honesta e iconoclasta. Una pieza que rinde culto al séptimo arte, a la sexualidad hecha revolución y a la fragilidad de la condición humana.

Con guión de Gilbert Adair y ambientada en la primavera francesa de 1968, The Dreamers narra la historia de Matthew, un estudiante norteamericano interesado en el cine, quien conoce a Isabelle y Theó, una pareja de hermanos franceses, construyendo una conexión especial que se confirma con la invitación de estos a vivir en el apartamento parisino, mientras los padres de los hermanos regresan de viaje.

La historia desarrolla una ruptura permanente entre las convenciones y esquemas sociales, la exploración de sugestivos lugares de la sexualidad recreando escenas clásicas del cine, la construcción del amor como acto y prueba, la turbulencia de la cotidianidad humana dibujada por el sexo, la política, y el rock, y un contexto de revueltas que para los personajes es exterior, marginal y parcialmente ignorada.

En los personajes de The Dreamers se encuentra simbólicamente el tejido social en crisis, para entender a profundidad la contradicción del 68 desde la perspectiva más humana posible.

Estructura y realidad

Para 1968, el modelo económico de “la edad de oro” del capitalismo industrial avanzado, daba muestras de fisura. La prosperidad económica que había traído el periodo post-guerra se contrastaba con la precaria realidad que vivía la clase trabajadora y la emergente clase media europea. La gente no era partícipe de la prosperidad y eso generaba un malestar social.

De igual forma, la situación política era el detonante de un espíritu revolucionario extraordinario e incontenible. La guerra de independencia de Argelia, la revolución cubana y la guerra de Vietnam, fueron decantando el escenario hacia la descolonización, la revolución, la protesta masiva y la radicalización política.

Agregado a ello, el convulsionado panorama político iba acompañado de cambios sociales, transformaciones tecnológicas e innovaciones culturales constantes. La crisis de la familia como estructura, la emergente juventud como sujeto político, y el intempestivo movimiento de mujeres cuya lucha giraba en torno a la liberación, se combinaba con el posicionamiento de la televisión como instrumento de masas, y el rock como el canal cultural de la inconformidad.

Matthew representa esta crisis. Joven, norteamericano, pacifista, adicto al cine y al rock, se debate en sus propias construcciones sociales, políticas y culturales con la realidad fascinante que experimenta. Él cristaliza el cambio.

Instrumento y confusión

La situación del movimiento revolucionario para 1968 no era precisamente la mejor. Por una parte, la configuración del Pacto de Varsovia como estrategia geopolítica de posiciones para contener el avance del capitalismo, dibujaba un panorama cerrado que imposibilitaba las reformas necesarias para el estancado “socialismo real”. Por otra parte, la revolución china, estaba experimentando un proceso complejo de viraje a partir de la radicalización política, siendo paradójicamente aplaudida por los círculos intelectuales europeos.

Los partidos comunistas se fracturaron, nacieron nuevas fuerzas y se diversificaron las luchas. Las viejas consignas del movimiento obrero, corporativas y económicas, no seducían a una juventud que pedía cambios. Las imágenes de Fidel, el Che mártir, Mao y su revolución cultural, inspiraban la idea de la revolución violenta y de la transformación social por la fuerza, caracterizadas por la dinámica espontánea de la rebeldía, la confusión de los objetivos, las consignas maximalistas y la política absoluta.

“Olvídense de todo lo que han aprendido. Comiencen a soñar” era la consignada pintada en La Soborna. París, entre barricadas, marchas y tropeles, comenzaba a soñar.

Theó representa este espíritu. Estudiante, rebelde, maoísta y drástico con la idea de transformación, habla de revolución mientras se regocija en las tertulias de cine, arte y música. Él personaliza la rebelión intuitiva y la confusión política.

Objetivo e imaginación

Herbert Marcuse, el filosofo alemán que en gran parte es inspiración del 68, en su libro El hombre unidimensional, recalca que la libertad y la liberación “comienza con la necesidad no sublimada, allí donde es primero reprimida”. Es decir, es libidinal, es “Eros” como instinto de vida, como elemento político. Siglos de represión instintiva, han concentrado la energía erótica en la sensualidad genital, impidiendo su fuerza revolucionaria y creadora.

El 68 fue una revuelta del Eros. A la par de la crisis de la familia conservadora, existe un fortalecimiento decidido del movimiento feminista inspirado en Simone de Beauvoir y Kate Millett. “Lo personal es político” fue el lema de las mujeres, cuyo rol social iba cambiando al ritmo de las luchas callejeras parisinas al punto de ser protagónico. El movimiento por los Derechos Civiles en Estados Unidos, fue construyendo a pulso la libertad instintiva, mediatizada e inmediata del pueblo negro humillado y segregado. El movimiento hippie, fue creciendo al ritmo del rock’ n roll y LSD, conjurando el amor, la fraternidad y la sexualidad libre, como mecanismo de resistencia pacífica en una lucha contra la existencia amenazada por la guerra.

Isabelle se deconstruye bajo el flujo de estos bríos. Sofisticada, bella y extrovertida, se debate constantemente su propia idea del amor, la sexualidad, las ataduras familiares, las estructuras sociales y las propuestas contraculturales. Ella es la rebelión del Eros, la pequeña ruptura del patriarcado social.

Inconclusa 

 -Siempre he querido hacerle el amor a la Venus de Milo, susurra Matthew al ver a Isabelle en su imperfecta desnudez. –No puedo pararte, no tengo brazos, responde la joven francesa mientras se va acercando con el propósito de consumar el amor libidinal de la escena. El plano erógeno que sólo el cine puede recrear, se interrumpe. La estructura social, con sus represiones, resistencias y angustias, imposibilita el acto, que termina con lágrimas y un estado truncado de culpas, miedos y derrotas.

Mayo del 68 es esta escena. La conjugación de una fantasía derrotada, del sujeto dispuesto al cambio, la perspectiva idealista de la revolución y las barreras socioculturales para lograrla. Inconclusa y aplazada, no fue el triunfo del individualismo sino la derrota del Eros, el amor y la utopía.

Fotograma de la película The Dreamers que recrea una manifestación en las revueltas de París. Foto Internet.

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