Sobre la protesta violenta en Estados Unidos

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Aspecto de las protestas en Minneapolis.

Fabian Rojas

Las protestas violentas que han surgido en Estados Unidos después del asesinato de George Floyd por parte de un agente de la Policía han puesto nuevamente sobre la mesa la discusión sobre la violencia como un modo válido y legítimo de protesta social.

George Floyd era un ciudadano estadounidense de color de piel negra que fue detenido por la policía supuestamente por intentar realizar una compra con un billete falso, el agente Derek Chauvin tras esposarlo lo tiró al suelo y allí puso su rodilla sobre el cuello de George, luego de uno minutos, a pesar de los constantes avisos por parte de George en donde señalaba no poder respirar, es asesinado por asfixia por el agente de policía.

Esto ocasionó un rechazo generalizado, movilizaciones masivas y protestas violentas en diferentes lugares del mundo, en especial, en las grandes ciudades de Estados Unidos que al unísono gritaban ¡Black Lives Matter! Las causas del asesinato de George no fue el billete falso, sino el racismo que está presente en toda la estructura social de los Estados Unidos y que Derek Chauvin representa.

A través de las redes sociales el mundo observó la respuesta de los estadounidenses a la violencia racista del Estado: edificios y carros quemados, centros comerciales saqueados, grafitis o rayones con mensajes agresivos escritos en las paredes cercanas a la Casa Blanca y en monumentos nacionales, agresiones a la fuerza policial, entre otras acciones violentas que fueron aplaudidas por un lado y rechazadas por el otro. Incluso, en algunas ocasiones, estas acciones fueron primero aplaudidas, pero rápidamente rechazadas mostrando una versatilidad hipócrita.

El dilema de la violencia

Las protestas violentas son una reacción a la violencia que ejerce cotidianamente el Estado en contra de la población negra, que en países como Estados Unidos es dramática. Como toda acción, la acción violenta tiene como objetivo ejercer una fuerza suficiente con el fin de traspasar los límites del orden social dominante y así transformarlo. Las protestas que ahora se ven en EE. UU. fácilmente se han volcado de protestas pacificas a protestas violentas debido a los sentimientos de rabia, indignación, impotencia que causa, no solo la muerte de George Floyd, sino también la histórica discriminación hacia las y los negros.

El sistema bipartidista cerrado, los servicios sociales privados, el aumento del poder militar al interior y al exterior del país, el uso libre de armas, etc., han convertido a la sociedad estadounidense una de las sociedades con un sistema de participación sumamente limitado. En cuanto las vías de participación democráticas se cierran a la gran mayoría los ciudadanos, la protesta violenta se justifica tanto política como moralmente.

Políticamente porque la democracia es restringida: se ha negado la participación de todos las y los ciudadanos para que puedan intervenir en la toma de decisiones. Cuando no hay mecanismos para ser escuchados y la protesta pacifica no ha surtido ningún efecto, la protesta violenta se vuelve la única opción. Moralmente se justifica la protesta violenta en cuanto se condena la violencia del Estado. Así como históricamente se ha normalizado justificar que el Estado, en nombre de ideales morales como la justicia, la libertad, etc., sistemáticamente agreda a la población mediante una violencia desproporcionada, así mismo los ciudadanos que no soportan más el orden social racista, xenofóbico, plutocrático que se les ha impuesto reaccionan de manera violenta justificándose en ideales morales como la libertad, la fraternidad, la democracia, el amor, entre otros.

Violencia legítima

Pensadores como Adolfo Sánchez Vásquez se han percatado de que en las sociedades actuales hay una actitud ambivalente en lo que respecta legitimar la violencia. Señala el autor en su libro Ética y política que “acontecimientos tan violentos como las conquistas, invasiones y colonizaciones de pueblos se han considerado siempre legítimos desde la óptica del poder dominante”, mientras que los hechos históricos revolucionarios como la revolución cubana, mexicana o argelina “en todas ellas se ha juzgado negativamente el papel determinante que la violencia ha desempeñado en esas revoluciones” [1].

El poder justifica sus acciones cuando se trata de conquistar y saquear territorios o explotar a la clase trabajadora y, a la vez, condena las acciones revolucionarias como las protestas violentas de Estados Unidos. Esto se debe a que la protesta social es una permanente amenaza para el statu quo. La posición hipócrita del poder se ha trasladado hacia algunas personalidades políticas progresistas que consideran que la lucha política no debe ser violenta, pero hacen silencio ante la violencia estatal; o consideran que la protesta violenta en EEUU es una “justa causa” pero las protestas en Colombia es vandalismo.

Las protestas violentas son una respuesta a las condiciones de vida de los más vulnerables en nuestras sociedades, la aceptación o rechazo a ellas no debe partir de si nos parece bien o mal quemar un carro o rayar una pared, el debate sobre la legitimidad de la protesta violenta debe estar sustentado en un análisis político acerca de los limitados mecanismos de participación democrática real y directa y sobre posiciones políticas claras que permitan guardar la coherencia de los ideales respecto a los medios usados en la lucha.

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