La olvidada rebelión de los fríjoles

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Jaime Cedano Roldán
@Cedano85 

Ya nos olvidamos de Guatemala. Su paso por los medios fue fugaz, tanto que no alcanzamos a conocer ni el nombre de su presidente, un tal Giammattei nombre raro en un país que subsiste tras milenarios exterminios de población indígena que representa cerca del 50% de la población.

Giammattei parece más el primo de Ferrari o de algún parasitario príncipe europeo. Alejandro Eduardo Giammattei Falla, un personaje que hace nueve años estaba preso bajo la acusación de tener responsabilidades en la ejecución extrajudicial de nueve reclusos, cuando ejercía como alto jefe de prisiones. Salió de la cárcel gracias a un extraño cierre del proceso. Quizás por eso se señala que está encadenado a todo un cartel de corrupción llamado gobierno.

Según la revista “Tejiendo pueblo”, el gobierno guatemalteco tiene como objetivos fundamentales liberar a todos los militares y empresarios de la cárcel y de los procesos penales en los que están inmersos, reconfigurar el sistema para que no vuelvan a ocurrir hechos como los que se vivieron en 2015 cuando se destaparon tramas de corrupción, la total cooptación mafiosa del Estado y preparar las condiciones para garantizar que el sector más reaccionario de la alianza oligárquico-militar tenga continuidad en el gobierno en el próximo periodo, a través de candidaturas de poca recomendación.

Algo así como si se postularan a fiscales generales en Colombia o de embajadores de Duque.  El perfil mafioso y autoritario del gobierno guatemalteco no es ajeno a los que han tenido mayoritariamente el control en América latina, aupados por Trump y por la corrupta OEA, dirigida por un oscuro y siniestro personaje, promotor o avalador por encargo de Trump, de golpes de Estado, invasiones, bloqueos, guerras mediáticas y conjuras militaristas. Es la espina que hace sangrar de vergüenza a Pepe Mujica, quien fue quien lo envió como delegado de Uruguay a la OEA.

El tema es que ya nos olvidamos de Guatemala.

Nos queda la imagen de las lenguas de fuego que salían del congreso. Lejanamente recordamos haber leído que la gente se había alborotado por el presupuesto aprobado con nocturnidad. Un presupuesto que las derechas españolas, chilenas o los del Centro Democrático hubieran votado con bancaria emoción. Pero está claro que el presupuesto solo fue un “Florero de Llorente”, como lo fue en Chile el alza de 30 pesos en el transporte que generó aquel octubre de marchas multitudinarias que condujeron al plebiscito para tumbar la constitución pinochetista.  No fue por los 30 pesos, se decía, fue por los 30 años de corrupciones y recortes neoliberales, brutales y humillantes.

Nos hemos olvidado de Guatemala, pero la indignación está ahí. La corrupción es generalizada, el manejo de la pandemia y de la tormenta han sido un desastre y no se ven desde el gobierno propuestas para resolver la crisis económica y social, en una Guatemala donde de cada 10 personas, seis están en la pobreza y el 50% de los niños y niñas sufren de desnutrición. Movilizaciones populares a las que un engreído diputado cuyo nombre no vale la pena mencionar, llamó como la protesta de los “come fríjoles”, provocando que el popular alimento se convirtiera en uno de los símbolos de las protestas, y que se trazara una clara consigna:

“Este pueblo frijolero los puso, este pueblo frijolero los quita”.

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