La nueva ruta de la seda

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Distrito de PuDong, en Shanghái, uno de los nuevos polos de desarrollo chinos.

Del valor estratégico y la audacia de la propuesta, da cuenta el hecho de que el bloque euroasiático explica el 50 por ciento del crecimiento mundial en los últimos años. Representa a 4.400 millones de personas, con el 40 por ciento del PIB mundial

Ricardo Arenales

Mientras la prensa occidental ha estado embelesada con los disparos de misiles de Corea del Norte, facilitando un clima internacional favorable a la intervención militar de los Estados Unidos en ese país, y la Casa Blanca anuncia una inversión multimillonaria para construir una armada aeroespacial, con una red de ‘escudos antimisiles’ alrededor de la frontera con Rusia y en el sudeste asiático, China edifica, paso a paso, sin aspavientos, una de las más audaces propuestas de integración comercial global de los últimos años, a la que ha denominado Nueva Ruta de la Seda.

La iniciativa china sugiere crear una red de líneas de ferrocarril de alta velocidad, oleoductos y gasoductos, a un costo de tres trillones de dólares, que unifique a Eurasia y la convierta en una vasta zona económica que integre Asia y Europa.

En esa perspectiva, el 15 de mayo pasado se realizó el Foro Internacional sobre la Nueva Ruta de la Seda, megaproyecto que, en el aspecto doméstico chino, convertirá las redes ferroviarias nacionales en redes transcontinentales. En ellas se transportarán productos que recorrerán, por ejemplo, los 9.191 kilómetros desde Shanghái hasta Londres, en 15 días. Menos de la mitad de los 40 días que se gastan en barco.

Determinantes en la economía mundial

Como antecedente de la propuesta integradora, en 2014 China propuso trazar una línea de alta velocidad, a un costo de 230.000 millones de dólares, en la que, en dos días, los trenes recorrerán los 5.790 kilómetros entre Beijing y Moscú.

La Nueva Ruta de la Seda busca abrir nuevos mercados, involucrando hasta ahora a 64 países de diferentes regiones de Asia, África y Europa, con  proyectos de infraestructura en transportes, comercio y energía. Pero los países inversionistas son 77, incluyendo a Bolivia y Chile. De hecho, en la reunión de mayo en Beijing participaron 29 jefes de Estado y de Gobierno y representantes de 130 países y organizaciones internacionales.

Entre estas delegaciones estaban las de 14 países claves en la economía mundial, algunos de ellos muy cercanos a la política de los Estados Unidos, que hoy se distancian de las bravuconadas e improvisaciones del señor Trump. Por ejemplo,  Alemania, Gran Bretaña, Australia y Corea del Sur, que han firmado al lado de China como socios fundadores. Por su parte Beijing ha suscrito en este lapso, relaciones comerciales de largo aliento con países de África, el sudeste asiático y Australia, ricos en recursos naturales.

Estaría lista en el 2030

Del valor estratégico y la audacia del gobierno chino al impulsar la propuesta, da cuenta el hecho de que el bloque euroasiático explica el 50 por ciento del crecimiento mundial en los últimos años. Representa a 4.400 millones de personas, con el 40 por ciento del PIB mundial. En China, en las últimas décadas, 600 millones de personas habrían salido de la ‘indigencia extrema’, en tanto que el consumo per cápita se triplicó, aunque también crecieron los desequilibrios sociales.

Para capitalizar este proyecto, China creó el Banco Asiático de Inversión e Infraestructuras, y el Fondo de la Ruta de la Seda, con una inversión que supera los 40 mil millones de dólares. En estas condiciones, se espera que para el 2030, ya esté funcionando la Nueva Ruta de la Seda.

Un artículo reciente del influyente The Economist, advierte que una propuesta semejante va a requerir inversiones en infraestructura cercanas a un billón de dólares, y se adelanta a vaticinar la existencia de un “Consenso de Pekín”, en contraposición al “Consenso de Washington”, para indicar que la Ruta de la Seda le pisa los talones al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional.

Modelo de desarrollo

La primera versión de la Ruta de la Seda se atribuye al aventurero genovés Marco Polo, que el siglo XIII abrió los flujos comerciales entre Europa y la hermética Asia. Hoy, esa epopeya despierta nuevos sueños entre las autoridades chinas. De hecho, la iniciativa renovada fue anunciada en 2013 por el primer ministro y secretario general del Partido Comunista Chino, Xi Jinping.

Para algunos observadores, China ha comprendido que su modelo de desarrollo de los últimos 20 años, basado en la producción masiva de bienes de consumo, orientado en lo fundamental a la exportación con precios competitivos, gracias al pago de bajos salarios, ha llegado a su fin.

Pero también pesa la respuesta del gigante asiático frente al intento de Washington de aislar a Pekín, a través del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP) y del Trasatlántico (TIPP). En estas condiciones, la propuesta china encierra en realidad una visión geopolítica y geoeconómica, que implica abrir su economía por tierra y por mar. No en vano, 15 de los 20 puertos marítimos más importantes del mundo, están en China.

La Nueva Ruta de la Seda pretende impulsar otros cuatro tipos de “conexiones”: políticas, comerciales, de capitales y de personas. Mira a sembrar de prosperidad a los países que atraviesa, con un resultado adicional: mayor estabilidad política con los vecinos de China y una garantía de consolidación de la paz en esa parte del planeta.

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