La historia a contrapelo: La revolución de las ruanas

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Foto: jorostegui via photopin cc

Sergio de Zubiría Samper

La protesta social de las últimas semanas será tema privilegiado de las ciencias sociales críticas en nuestro país. Ya empiezan algunas publicaciones a llamar la atención sobre sus profundos significados. Su repertorio simbólico de denuncia ha sido la ruana, como expresión del campesinado empobrecido, el proletariado agrícola y todos los excluidos de la ciudad y el campo. Algunos articulistas utilizan la metáfora de la “revolución de las ruanas”, para destacar la relevancia de los cambios y la fuerza de la movilización.

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¿Por qué pasó y cuáles fueron las causas principales? El diario El Espectador ha decido consultar algunos expertos para explicar el fenómeno. Se destaca la entrevista al economista José Antonio Ocampo, quien subraya la ausencia de políticas estatales y ubica las causas en la estructura de la propiedad rural, la apertura, la tasa de cambio y los TLC. El destacado columnista de la revista Semana, Daniel Coronell, concluye: “nuestro país es magnánimo con los conglomerados que explotan nuestros recursos y nos venden lo que no necesitamos en desarrollo de las “bondades” del TLC. Al mismo tiempo es avaro con los campesinos que producen alimentos…”.

Las lecciones son muchas y bastante relevantes.

La primera lección es la pertinencia del punto uno de la agenda de La Habana, porque la solución política al conflicto pasa necesariamente por retornar nuestra mirada a los problemas de la tierra, lo rural y la naturaleza. Las expectativas por un acuerdo que ponga fin al total abandono del campo se han incrementado. Son todas demandas justas y razonables: mejor infraestructura, mayor seguridad social, políticas contra la pobreza rural, reducción de los costos de producción, apoyo a la producción nacional de alimentos, concertación de las políticas, freno a una competencia asimétrica, control al contrabando, etc.

La segunda lección es abandonar de forma definitiva las doctrinas de “seguridad nacional” que estigmatizan y criminalizan la legítima protesta social. Los dos devastadores gobiernos de la llamada “seguridad democrática” sólo nos dejaron polarización social, corrupción desmedida y ansiedad maníaca por la guerra. El conflicto social es constitutivo del ejercicio de la política y nunca se puede desvalorizar la voz de los oprimidos.

La tercera lección es suprimir en nuestros imaginarios la pretendida separación entre lo urbano y lo rural, entre la ciudad y el campo. Aquella visión “desarrollista” que valora la ruralidad como representante del atraso y la antimodernidad, es completamente falsa. Las subjetividades políticas del campesinado, los indígenas y los jóvenes nos rememoran que la lucha es contra el modelo civilizatorio que, a través del consumismo, el individualismo y la guerra, pretende perpetuar la dominación.