La historia a contrapelo: ¿Contradicciones o estrategias?

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Foto: Secretary of Defense via photopin cc

Sergio de Zubiría Samper

Ha llamado la atención de la opinión pública la extemporánea intervención del ministro de Defensa sobre un supuesto atentado al ex presidente Uribe. Realizada de forma paralela a los anuncios sobre acuerdos en el segundo punto de la agenda de La Habana, con informes de inteligencia anacrónicos y cerca del anuncio de la reelección. Algunos columnistas la han calificado de “mala fe”, “inadecuada” y hasta han solicitado valientemente que “debería salirse del cargo” (Aldo Cívico, El Espectador).

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¿Es acaso una rueda suelta en el poder ejecutivo un ministro guerrerista? ¿Existen contradicciones fundamentales en el bloque dominante en el poder frente al proceso de paz? Consideramos que se trata de estrategias coyunturales para prever posibles escenarios. En ningún caso expresa contradicciones. El gobierno actual le otorga prioridad a la “racionalidad instrumental”: medios/fines. Se están buscando tres efectos, previamente programados.

El primero de estos efectos es buscar ciertos puentes con el uribismo, dando un mensaje de preocupación o ánimos de concertación. En Colombia es bastante eficaz convertir el victimario en víctima y en este caso supuestamente de la insurgencia. El gobierno actual, en general, sobredimensiona el papel de este sector y le preocupa tomar una distancia mayor de las huestes uribistas. Es decir, en primer lugar, sus efectos van orientados a los sectores de extrema derecha.

El segundo efecto es la creación de la imagen de mantener la decisión de utilizar al mismo tiempo la zanahoria y el garrote. Va dirigida a aquellos sectores que le apuestan a la paz pero con bastantes reservas. Que conciben la negociación como una simple desmovilización o silenciamiento de los fusiles. El gobierno no ha perdido el control de la “seguridad” y sus aparatos de inteligencia estatal son capaces de contener los atentados.

La tercera consecuencia es ponerle trabas a la negociación sobre participación política. Imponer en el público el mensaje: “cómo piden participación política, si siguen siendo terroristas”. El discurso sobre el “terrorismo”, desde el horrible engendro de Bush denominado “guerra preventiva contra el terrorismo”, agudamente analizado por Derrida y Habermas, nos somete a una época de horror porque cualquier acción puede ser “terrorismo”.

Las fronteras entre rebelión, delito político, objeción de conciencia y revolución terminan eliminándose en nombre de la etiqueta “terrorismo”. Los efectos son devastadores porque sin profundización de la democracia y participación política no es posible poner fin a ningún conflicto. Por momentos las estrategias aparentan mostrarse como contradicciones, pero un análisis riguroso desde la “racionalidad instrumental” muestra su verdadero rostro de fines tácticos.