La guerra por la vacuna del covid-19

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La carrera contra el tiempo en que están enfrascadas las grandes potencias puede entrañar peligros inesperados, porque se pueden inocular substancias que en el peor de los casos aumenten la letalidad del virus

La semana pasada, la administración norteamericana anunció la firma de un acuerdo con un laboratorio farmacéutico alemán-norteamericano, para el suministro, antes de que finalice el año, de cien millones de vacunas para el covid-19, por un costo total de 1.950 millones de dólares.

Se trata de un producto que viene desarrollando en su etapa final el consorcio farmacéutico Biontech-Pfizer. De acuerdo a un comunicado de prensa, que confirma el acuerdo, Estados Unidos podría adquirir hasta 500 millones de dosis adicionales de la vacuna, a pesar de que no tiene una certificación científica de su eficacia. La idea es que al menos 300 millones de dosis del producto estén listas para enero. La Gran Bretaña anunció la compra de 90 millones de dosis, y en la misma dirección caminan otras potencias.

La anterior información nos confirma que el mundo ha entrado en la guerra por las vacunas contra la nueva pandemia. Hay una puja entre las grandes compañías farmacéuticas, que buscan lograr producir una vacuna y distribuirla a precios de monopolio. La puja se ha convertido en una reñida carrera estratégica, pues el país que logre su control, ocupará una posición de privilegio en el escenario mundial en los próximos años.

Vacuna universal

China no se quedó con los brazos cruzados, y el jueves de la semana pasada informó su decisión de suministrar hasta mil millones de dólares en créditos a países de América Latina para que adquieran la vacuna contra el coronavirus. El gigante asiático defendió al mismo tiempo la idea de que la vacuna sea universal y gratuita, para que se entregue rápidamente a la población del planeta.

Las dos posiciones ponen sobre el tapete un problema ético, relacionado con el qué se investiga y para quién se investiga en materia de vacunas. Los grandes laboratorios, que en general no dedican grandes presupuestos para la producción de vacunas nuevas, ahora entran en competencia para controlar unas 120 vacunas en desarrollo en distintos países.

La comunidad médica por su parte alega que la salud no puede ser objeto de mercado, de compra venta. Los servicios sanitarios, dicen, deben ser defendidos desde lo público, esto es, para el pueblo. Es una cuestión ética esencial. En el otro extremo se ubican las transnacionales farmacéuticas, que hacen trampa con las patentes, a costa de la vida de miles de personas en los países pobres.

Advierten además que la carrera contra el tiempo en que están enfrascadas las grandes potencias, puede ofrecer peligros inesperados, en cuanto a que se pueden inocular substancias que en el peor de los casos aumenten la letalidad del virus. Una vacuna idónea es aquella que sume la mayor eficacia con un mínimo de efectos secundarios, y elegir entre todas la mejor opción en comparación con otras alternativas. Téngase en cuenta que en el mundo hay vacunas eficaces solo contra cerca de 26 enfermedades, a pesar de que miles de males afectan la salud del ser humano.

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