La gesta de Bolivia y Chile, ¡he ahí el camino!

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Manifestación de chilenos a favor de una nueva constitución. Foto Diego Correa.

En dos semanas los demócratas, progresistas y revolucionarios de América Latina y el Caribe, hemos recibido una bocanada de aire fresco con los triunfos electorales consecutivos de los pueblos de Bolivia y Chile. Con acciones audaces y efectivas lograron la derrota del golpismo, la antidemocracia, el neoliberalismo, la represión y la violencia como estrategia para acallar las aspiraciones de los pueblos.

Frente a hechos tan significativos, quienes hacemos parte del campo revolucionario, democrático y progresista colombiano, deberíamos  reflexionar al calor de nuestra propia experiencia y heroica resistencia, con el fin de extraer algunas lecciones que sirvan para nuestro accionar político, de cara a los  desafíos del 2022: defender el Acuerdo de Paz, evitar la destrucción de la democracia y conquistar con el pueblo un gobierno democrático que satisfaga las aspiraciones de los sectores populares y de la nación entera.

En primer lugar, tanto en Bolivia como en Chile, se derrotó la peregrina idea de la “polarización”, que sataniza a la izquierda y su programa para promover una negociación al interior del bloque de poder sin hacer reformas en temas como los derechos y libertades democráticas, el trabajo digno, la salud, las pensiones, la educación, entre otros. En Bolivia, el MAS-IPSP y las fuerzas del Pacto de Unidad defendieron su proyecto político de Revolución Democrática y Cultural, con sus propuestas de nacionalizaciones, reindustrialización, redistribución de la riqueza y el ingreso y la defensa de la soberanía nacional. En Chile, quienes apostaron por la vía “no polarizante”, con su idea constituyente mixta -parlamentaria y electa- para negociar con las fuerzas beneficiarias del pinochetismo neoliberal las formas y contenidos de la nueva constitución, recibieron un estruendoso rechazo.

La movilización social permanente con objetivos de corto, mediano y largo plazo ha sido una de las características del movimiento social y político de ambas naciones, que se ha expresado en marchas, en actos culturales, en procesos electorales y en ejercicio del poder local.  En Bolivia se remontan a las movilizaciones indígenas – campesinas de los 90s, el ciclo rebelde de los años 2003-2004; el ejercicio de gobierno durante 15 años y de manera reciente, las impresionantes movilizaciones contra el gobierno de facto. La vitalidad de la movilización chilena está conectada con la lucha contra el régimen pinochetista postdictadura, de los estudiantes secundarios contra el aumento del transporte público, de los universitarios por el financiamiento de las universidades públicas, de los trabajadores por el derecho a una pensión digna, por los derechos de los mapuches por la representación paritaria de las mujeres, entre otras. Todo un acervo de formas de lucha social y política muy creativas que fueron amalgamándose, creando solidaridades entre los diferentes sectores sociales golpeados por el neoliberalismo y el autoritarismo.

Otro pilar importante para el triunfo, ha sido, sin lugar a dudas, la capacidad organizativa de las fuerzas populares de Chile y Bolivia. En el primer caso, la CUT chilena ha tenido la capacidad de evitar la dispersión del movimiento sindical y mantener unificados a los trabajadores de importantes sectores estratégicos: profesores, médicos, portuarios y mineros, orientados por el Frente Amplio y el Partido Comunista. A lo que se suma la organización de base en colegios y universidades, además de importantes partidos de una izquierda dispuesta a unificarse para derrotar los vestigios del pinochetismo. En el caso boliviano la idea de un Instrumento Político de los sectores indígenas- campesinos organizado en sindicatos y en cooperativas, que converge con los sectores populares organizados de trabajadores y juntas de vecinos. Sin la existencia de esa capacidad de organizarse hubiese sido más difícil derrotar a las clases enquistadas en el poder del Estado, con poderosos recursos económicos y los medios de comunicación a su servicio.

A lo anterior debemos añadir la importante convergencia entre la lucha social y la lucha política. Los tradicionales movimientos sociales de trabajadores, indígenas y estudiantes con los feminismos y las mayores preocupaciones de la ciudadanía por el medio ambiente,  junto a las organizaciones políticas de la izquierda, reconociendo sus disímiles formas organizativas y reivindicaciones de carácter corporativo, supieron trazar un horizonte con sentido estratégico para la sociedad, y recuperar la democracia y la conducción del estado en Bolivia, para abrir un escenario y superar el autoritarismo y el neoliberalismo.

Alta capacidad de movilización disciplinada, valiente y organización social, combinada con un profundo audaz programa de transformaciones sociales y una dosis de perspectiva estratégica, que potenció la pluralidad de la izquierda social y política, son algunas de las claves del triunfo de chilenos y bolivianos, de seguro podemos aprender algo de esas gestas y labrar un cambio de rumbo para nuestra nación. Las experiencias de luchas acumuladas por estos pueblos nos señalan el camino.

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