La Forma del Agua: Una oda al amor

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Escena en la que Elisa le explica a su amigo su nueva relación de amistad.

Juan Carlos Hurtado Fonseca
@Aurelianolatino 

Nuevamente el director mexicano Guillermo del Toro sorprende con lo que él mismo ha denominado su mejor película: La Forma del Agua. Una fábula política que como en la cinta El Laberinto del Fauno, cuenta una historia de amor en un contexto político determinado.

Esta vez la relación se da entre Elisa Esposito (Sally Hawkins), una mujer muda, y un monstruo (Doug Jones) raptado de una selva suramericana y llevado a Baltimore, Estados Unidos, en los años 60, en medio de la Guerra Fría.

El conflicto surge cuando científicos que quieren ganar terreno en la carrera espacial entre este país y la Unión Soviética, buscan aprovechar la fantástica criatura para avanzar en sus estudios.

La obra deja ver una sociedad tensa y esquizofrénica que justifica y ejerce la exclusión a los negros y homosexuales, de la misma manera que el bombardeo a pueblos inermes en pro de sus intereses. Características de los años 60 que no distan de la realidad actual. Una cinta que también evidencia la animadversión de un país a todo lo que no se circunscriba dentro de los cánones políticos, estéticos y simbólicos generados por la boyante economía de la posguerra.

Ese rechazo a la diferencia es el mismo que sufre el humanoide quien sí muestra la capacidad de entender y aceptar a las personas con sus particularidades o desemejanzas, aunque no entiende, se resiste y pelea contra la bestialidad de algunos hombres en el trato que recibe.

A Elisa, quien es tratada como un ser humano incompleto, le sobra generosidad espiritual al punto de no dudar en arriesgarlo todo para salvar a la criatura y darle su libertad. Tal vez lo hace porque toda su vida también ha sido discriminada o porque se enamora del tierno y bello monstruo. Un amor entre excluidos.

Para tal misión recibe la ayuda de un científico soviético infiltrado en el laboratorio gringo, quien se encuentra en una encrucijada ética al no saber si obedecer a sus jefes espías que le ordenan asesinar al “recurso” para que los norteamericanos no puedan ilustrarse, o mantenerlo vivo con el interés de conocerlo mejor al entender que es un ser inteligente; sensible; dispuesto a aprender, dar y recibir; pero diferente fisiológicamente. Finalmente, le da mayor valor a la vida y decide ayudarlo a escapar.

Amor y soledad

En casi toda la problemática del filme el amor es transversal. El amor de pareja, el amor a los principios, el amor a la rutina, el amor a una patria, el amor a un país, el amor a una profesión y el amor a la diferencia…

Asimismo, la soledad es otra característica presente en algunos personajes. La soledad que por su homosexualidad debía vivir Giles (Richard Jenkins), el vecino de Elisa, quien paulatinamente se quedaba relegado por los avances tecnológicos en la publicidad; la soledad de una criatura extraída de su mundo para condenarla a vivir en un estanque; y la soledad de Elisa al estar consumida por una rutina de trabajo, descanso, televisión y onanismo.

La obra fue estrenada apenas en agosto de 2017, y ya cuenta con un buen número de premios, reconocimientos y 13 nominaciones a los Oscar. Obtuvo el León de Oro en el Festival Internacional de Cine de Venecia; el Globo de Oro a mejor director y a mejor banda sonora en 2018; el premio del Sindicato de Productores; y fue seleccionada por el American Film Institute como una de las diez mejores películas del año pasado, entre otros.

Una película que, cargada de símbolos, códigos y mensajes, vale la pena ver no solo porque sacude las fibras de la sensibilidad, sino porque ayuda a despertar la ternura y el aprecio por estéticas disímiles, e invita al respeto por la diferencia.

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