“La especie humana tiene que ser capaz de mirarse críticamente”: William Ospina

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William Ospina.

VOZ habló con el escritor colombiano sobre su último libro “El taller, el templo y el hogar”, una colección de ensayos en los que, desde la filosofía, la poesía, la mitología, la economía y la religión, hace una reflexión, de los estragos del ser humano con el planeta, producto de la imposición de un modelo económico

Juan Carlos Hurtado Fonseca
@Aurelianolatino

–¿Cree que hay relación entre el individualismo contemporáneo y la depredación ambiental?

–No es tanto una iniciativa de los individuos sino una consecuencia de un modelo. Vivimos en lo que se llama la sociedad de consumo porque los seres humanos nos estamos relegando a la mera condición de consumidores y ya no de creadores o inventores. Hay una manera de vivir que es trabajar, ir al supermercado, comprar, consumir, volver a trabajar y así. Si uno viaja a los Estados Unidos se ve más nítidamente que aquí, porque aquí se trabaja mucho y se consume poco. No me parece que eso sea vida y ese modelo es empobrecedor. No creo que la humanidad haya hecho tantos esfuerzos para terminar con un modelo de un señor que ve televisión todo el día y come papitas. La historia de la humanidad está hecha de ejemplos muchos más admirables de lo que es el ser humano, en el arte, en el pensamiento, en la invención, en la arquitectura.

–Pero es el modelo que han impuesto.

–Hay que ver lo peligroso que es eso y vivimos en un mundo donde esa manera de vivir es cada vez más peligrosa. Nos predican dos cosas que no hay manera de armonizar: que estemos cada vez más cómodos, que cada vez tengamos poltronas que nos reciban y nos permitan estar más quietos y aparaticos que no nos permitan levantarnos de allí para ir a mover nada, y que ahora vendrán los robots… Estanislao Zuleta dijo que un mundo donde todo se nos haga cada vez más fácil, puede terminar siendo muy poco saludable. Hay automóviles, trenes y aviones, pero la verdad es que el que conoció este mundo era el que caminaba por él.

–De una u otra manera, ¿estamos asistiendo a los estragos del ser humano, producto del modelo?

–El ser humano ha avanzado mucho, ha aprendido mucho. Qué extraño es que nunca hemos sabido tanto de los tigres; nunca hubo menos tigres en el mundo como ahora. Nunca hemos sabido tanto de los tiburones; nunca hubo menos tiburones que en esta época. La mitad de las especies vivientes se han extinguido en las últimas épocas. La especie humana tiene que ser capaz de mirarse críticamente y de sentir que el modelo de sociedad y el modelo de civilización que está construyendo no es bueno para el mundo y no es bueno para ella tampoco.

Desde Dios

–¿Cómo y cuándo el ser humano empieza a destruir su entorno?

–Uno de los momentos en los que se configuró la capacidad del ser humano de volverse peligroso para el mundo fue cuando empezó a sentir que no era parte de la naturaleza, sino que éramos los reyes de la naturaleza hechos a imagen y semejanza de Dios. El día que nos dijeron que Dios tenía forma humana, ese día el caballo, la lagartija y la mariposa dejaron de tener cualquier grado de divinidad. Ese narcicismo, esa excesiva sobrevaloración ha sido letal para el mundo. Así como devoramos a las otras especies, así como arrasamos la naturaleza para nuestro confort y alteramos el clima con tal de seguir hundiendo el acelerador de nuestros automóviles, tenemos una idea de nuestro lugar en el mundo que es muy dañina. Y estoy seguro que el mundo no va a sobrevivir si no cambiamos radicalmente la manera de vivir, si no hacemos una revolución de las costumbres y si no cambiamos la idea que tenemos de nosotros mismos.

Si llegamos a ser una especie más respetuosa de las otras especies vivientes y más respetuosa de la naturaleza, si dejamos de ser una especie que cree que decide en el mundo qué es bueno y qué es malo. Y deja de creer que es mejor que los tigres y que las mariposas y que los lagartos, aprenderemos a vivir de manera más humilde y más sabia. Así lo han enseñado todos los sabios que en el mundo han sido.

Entonces, primero nos exaltamos a nosotros mismos como especie superior; segundo, ponemos al mundo entero a trabajar para nosotros y nuestro confort, y nos dedicamos a destruir el mundo. Pero también cabe la pregunta de si somos los seres humanos los que hacemos eso o algunas potencias humanas. Por ejemplo, lo insaciable del ser humano, esa avidez de querer siempre más, de querer ser más ricos, de querer ser más exitosos, de querer saberlo todo, controlarlo todo.

La educación es fundamental

–En un posible proceso de cambio de ese sistema, ¿cómo podría jugar el sistema educativo?

–Hay que hacer un debate de si el modelo educativo que tenemos es el más conveniente, no solo para nosotros sino para el mundo. Si las instituciones académicas le hacen exámenes a sus alumnos cada año para ver si aprendieron, si cumplieron sus deberes, me pregunto ¿y quién le hace el examen al sistema escolar para ver si está cumpliendo y haciendo lo que tendría que hacer? Y creo que ese examen sí existe. Basta mirar a la sociedad; si la sociedad está funcionando, el sistema escolar está funcionando. Si la sociedad está llena de gente laboriosa, responsable, solidaria, pacífica, comprometida, capaz de convivir; entonces el sistema escolar está funcionando bien. Pero si la sociedad funciona mal, si vivimos en medio de las violencias, de los desórdenes, de los desamparos y de la incertidumbre, a lo mejor el sistema escolar merece ser revisado, examinado y hasta reprobado.

La educación no solo nos la impone el sistema escolar. La educación es algo muy complejo de lo que la academia es solo una parte, y a veces a los maestros les toca luchar contra lo que los niños aprenden en la casa, más lo que aprenden en los medios de comunicación, más los malos ejemplos que les dan los políticos, más los malos ejemplos que les dan las autoridades, y entonces la educación rema a contracorriente, en un mundo en el que casi todo conspira en contra de que estemos bien educados.

–En ese sentido, ¿dónde ve las fallas del sistema educativo?

–Nuestro modelo educativo tiene tres problemas gravísimos. El primero: todos sabemos que la humanidad necesita conocimiento, información y sabiduría. Cómo es posible que en un mundo donde la educación, el conocimiento y la información son más necesarias la educación es cada vez más excluyente. Se aprende hasta determinada edad y creo que los seres humanos deben aprender siempre. Un sistema educativo hecho para quienes tienen cómo pagarlo es un suicidio.

Otro de los defectos del modelo académico es que se encierra entre paredes a resolver los problemas del mundo en vez de ir al mundo a aprender cuáles son esos problemas. Es un error de la educación el estar encerrada en unos muros. Dónde se aprende cómo son los bosques, en los bosques; dónde se aprende cómo es el mar, en el mar. Eso exige acción. Los más grandes sabios de la historia son los que se movieron. Creo que el conocimiento debe ser una aventura. Alejandro de Humboldt pudo haberse quedado encerrado en su gabinete del siglo dieciocho en Alemania estudiando los cervarios y los climas, pero un día dijo, como un buen romántico que era, “Los sabios han conocido mucho el mundo y lo han pensado mucho, pero lo han sentido poco”, por eso se vino para América a hacer un viaje por bosques, por selvas, por ríos, por desiertos, por montañas, afrontando el riesgo de los naufragios, pero descubriendo qué es el mundo realmente. Eso es lo que tienen que proponerse las academias ahora y en el futuro, para vivir la maravilla del mundo y no va a ser mirando las pantallitas como vamos a aprender, o a reconocerlo.

Y el tercer error es que existe la superstición de los títulos. Sólo los que nos dan ciertas instituciones garantizan que tengamos algún conocimiento, nos certifican o nos autorizan para ocupar unos cargos y recibir retribuciones. Pues no, la humanidad estuvo llena de sabidurías desde la más remota antigüedad; hubo ciudades hermosas mucho antes de que hubiera facultades de arquitectura. Las lenguas no las inventaron las academias, fueron las personas humildes; y antes de que existieran los sacerdotes la humanidad encontró en su camino a los dioses. Pero de repente a todos esos saberes milenarios empezamos a mirarlos por encima del hombro, porque solo el saber que nos da el título universitario es el único saber respetable. Eso es una locura y una irresponsabilidad. Yo recorro una ciudad y casi todo lo que veo fue hecho por gente que no tenía título; son millones de cosas hechas por las manos, la sabiduría, los corazones y los cerebros de millones de seres humanos a los que a menudo la academia desprecia.

Nietzsche decía que solo sabemos lo que sabemos hacer, y hemos construido un modelo en el que solo sabe el que no se unta las manos de mundo. Ese es el que sabe y merece los más altos salarios, los más altos puestos, y en ese orden de cosas la humanidad no está trabajando para lo que necesita que es dignificarse a sí misma y construir una humanidad reconciliada con su memoria, su tradición y sus posibilidades. Hay una educación excluyente, elitista, supersticiosa.

Portada del libro El taller, el templo y el hogar.

La revolución de las costumbres

–¿Cómo hacer ese cambio, o esa revolución de las costumbres que usted menciona?

–Casi siempre que nos hablan de revoluciones pensamos en grandes revoluciones políticas, en que unos grupos se alzan a quitarle el poder a otros, a imponer otro orden de autoridades, de administración. Pero ha habido otro tipo de revoluciones. Estanislao Zuleta señalaba que una de las grandes revoluciones de occidente fue el Renacimiento, y eso no fue un decreto, aunque la humanidad empezó a cambiar, a ver la naturaleza de una manera distinta, a pintar distinto, a pensar distinto, a cantar de otra manera. Descubrieron en la pintura el arte del retrato, el arte de la perspectiva, descubrieron el recurso de la duda metódica, hubo una mirada nueva sobre la naturaleza. Fue una revolución extraordinaria de las costumbres en las que el ser humano descubrió que hay infinitas cosas en las que podemos dedicar nuestra atención y nuestro tiempo.

Esta es una época en la que si no tenemos con qué comprar no existimos, entonces no se goza de la observación y el disfrute de la naturaleza, el disfrute del arte, la música, el ejercicio de los talentos que tienen todos los seres humanos, las pasiones que tenemos y el disfrute de poder trabajar en algo que en realidad nos gusta. Ninguna época como la actual merece una revolución en ese sentido.

Tenemos que vivir la maravilla de estar vivos. Que sepamos que si tenemos ojos, que esos ojos sean capaces de mil placeres distintos y que si tenemos manos también, y que si tenemos cuerpo también, y que si tenemos una mente también. Preguntarnos qué es la vida realmente y cuánto podríamos sacar de ella, y no simplemente preguntarnos cuál es la marquita que debemos usar para que no hablen mal de nosotros.

La revolución de las costumbres no es solo para que el mundo se salve porque este modelo de producción industrial, de saqueo de la naturaleza, de producción de basura está poniendo en peligro al mundo, sino que tenemos que hacerla porque tenemos el deber de ser felices, porque la vida es corta y no podemos dejar todo para después…

–Hablando de producción industrial, la ONU emitió un informe la semana pasada donde pide con urgencia adoptar medidas para no permitir un calentamiento del planeta a más de 1,5 grados centígrados. Si estas medidas se dieran, y para darse hay que afectar el modelo económico, ¿se lograría algo?

–La humanidad está dejando en manos de los gobiernos problemas que solo si la humanidad emprende podrán tener solución. Creo más en lo que pueden hacer las ligas de consumidores, en lo que pueden hacer por la educación los movimientos estudiantiles, lo que pueden hacer por la industria los obreros que no solo luchan por salario, sino que luchan por otro tipo de producción y por modificar las tendencias dañinas del mismo modelo.

Si no aprendemos a ver la democracia como la posibilidad de las comunidades y si la seguimos viendo como un modelito en donde los ciudadanos solo son ciudadanos cada cuatro años y delegan en unos señores la solución de los problemas del mundo, difícilmente podremos enfrentar los terribles desafíos que plantea la sociedad contemporánea.

A rehacer el mundo

–En Colombia en los últimas décadas se ha implantado un modelo extractivista que depreda el medio ambiente y no genera empleo; cambiar eso hacia la industria generaría empleo, aunque hay quienes aseguran que también es muy contaminador. ¿Cuál es la salida?

–La pregunta sería si tenemos una idea alternativa, una idea distinta a eso que llaman el desarrollo, de lo que debe ser la economía, la productividad o si simplemente obedecemos el modelo que nos impusieron y vivimos ajustándonos a unas expectativas que no pueden ser las nuestras. El hecho de que Colombia esté tan mal no es el hecho de que haya una industria dañina o narcotráfico o delincuencia o políticos corruptos. El país está mal porque no tenemos una ciudadanía que le ponga freno a todo eso. Si nosotros no nos configuramos como una fuerza decisoria y transformadora nos pasaremos el resto de la vida quejándonos de lo que hagan de nuestro país las gentes que lo manejan.

–En ese sentido ya se pueden ver resistencias en comunidades que se oponen a la minería en sus territorios, que defienden la vida, que defienden el agua. ¿Cómo construir alternativas desde ahí?

–Debe ser con la sumatoria de resistencias y de propuestas. Lo primero es preguntarnos en qué mundo queremos vivir y no cómo adaptarnos al mundo que nos han construido. Y de eso hay mucho, pero creo que estamos en una fase de dispersión que hace que solo nos unamos para cosas fracasadas. No creo que el Estado que tenemos esté en condiciones de cambiar este país. Unirnos alrededor de un candidato o una propuesta electoral es muy poca cosa, lo que tenemos es que pensar qué tipo de sociedad queremos y no seguir confiando en que este modelo institucional nos vaya a resolver las cosas.

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