La desconfianza sembrada en el campo

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Foto Bibiana Ramírez - APR.

Vegáez es un corregimiento del Urabá antioqueño. Allí quedo ubicado el Punto Transitorio de Normalización Heroes de Murry donde hay alrededor de 200 guerrilleros. El Gobierno le ha incumplido a la comunidad el compromiso de hacer la inversión social que quedó en los acuerdos de paz

Bibiana Ramirez – Agencia Prensa Rural

Es luna llena en Vegáez. Las pocas calles de cemento que hay, recién hechas, se iluminan. Los niños corren de un lado para otro. El río Arquía es la vida de este corregimiento de Vigía del Fuerte, en Antioquia. Ya en la tarde los campesinos regresan a sus casas después de un día de trabajo. Algunos pasan con sartas de pescado, otros con un racimo de plátano al hombro y todos con el sudor en la frente, cansados, pero con la satisfacción de que habrá alimento para sus familias, así sea insuficiente.

Vigía del Fuerte es uno de los municipios más pobres de Antioquia y tal vez del país. En su cabecera municipal no hay electrificación ni acueducto. Las posibilidades de empleo son escasas. Y Vegaez es el reflejo de esa pobreza. Es el corregimiento más alejado de Vigía. Tiene 1.250 habitantes. Otro tanto se desplazó por la violencia.

Hay una planta de energía que se prende desde las tres de la tarde hasta las once de la noche. Cada familia paga su cuota para el mantenimiento. El pasaje hasta Vigía vale 80 mil pesos, y no es que sea tan fácil conseguirlos, por eso la mayoría se demora años en salir. La mitad de Vegáez tiene casas de madera y la otra mitad casas de adobe, estas últimas fueron obtenidas por un proyecto que llegó desde la Alcaldía.

Este corregimiento existe hace más de cien años. El plátano los ha alimentado y les ha permitido sobrevivir. El río les ofrece los peces y algún animal de monte llena, en ocasiones, sus platos. Hay un puesto de salud que es atendido por una enfermera y un médico, pero no está bien dotado para socorrer emergencias graves, a la gente le toca salir hasta Vigía y son unas seis horas en chalupa.

Hay una escuela, un poco abandonada. Muchos estudiantes deben caminar hasta dos horas para llegar. El rector hace el papel de secretario y de profesor.

Han vivido en medio de la guerra. Ese es un lugar estratégico donde las FARC han hecho presencia, por lo que el Gobierno ha atacado a las poblaciones que están en toda la cuenca del río Arquía. “Aquí venía el Gobierno pero a descargar bombas, nada más”, dice una habitante de Vegáez. Los paramilitares también han intentado entrar, pero la misma guerrilla lo ha impedido y es cuando las poblaciones quedan en medio del fuego cruzado.

Comunidad estigmatizada

Nos reunimos con gran parte de la comunidad, para que entre todos me contaran la historia que los circunda. Llegaron algunos representantes del consejo comunitario, algunos antiguos del pueblo, jóvenes, el rector, el cura, los niños y algunos curiosos para ver de qué se trataba la reunión.

Me hacen la advertencia de que no confían en nadie, y menos en los periodistas, pues son de los que más han estigmatizado a su región. Un líder cuenta que hace días llegó un periodista y le hizo una entrevista y luego lo mostró como si estuviera en el punto transitorio donde están las FARC. “Me mostró como guerrillero, por eso no queremos que grabe nada ni que salgan nuestros nombres”.

Yo afiné mi memoria para guardarlo todo. Al principio las voces salían tímidamente, y sólo hablaban unos cuantos. Después empiezan a salir las historias y también las preocupaciones. Los jóvenes miran para el suelo. Uno de los mayores los incita para que hablen, pero nadie dice nada.

“Hemos sido una comunidad estigmatizada. Este río Arquía ha sido visto por toda la gente como guerrillero. Aquí viven ellos, pero no tenemos la culpa, antes de que ellos llegaran, aquí vivían nuestros ancestros”, dice un líder de la comunidad.

Y después agrega una mujer de avanzada edad: “Había una época en que todos los días se escuchaban pasar helicópteros y aviones. Uno estaba lavando en el río y le tocaba salir corriendo, esconderse, vivíamos con mucho miedo y nosotros nada teníamos que ver, caían las bombas por aquí cerquita y toda la tierra retumbaba”.

Dudas con el posacuerdo

En noviembre del año pasado la comunidad de Vegáez se reunió con delegados del Gobierno, las FARC, países garantes y Gobernación de Antioquia para firmar unos compromisos donde la comunidad aceptaba en su territorio un punto transitorio de normalización y, al tiempo, el Gobierno se comprometía a prestar la atención jamás suministrada a una región pobre y desfavorecida.

Pero meses después la gente está desconcertada por haber confiado en un Gobierno que no tiene intenciones de cumplir. Por ejemplo los hombres de Vegáez fueron contratados para trabajar en las construcciones del PTN Héroes de Murry, van tres meses sin que les paguen el sueldo. “Mucha gente dejó de sembrar por irse a trabajar allá, ahora estuvieran cosechando su plátano. Nos va a tocar hacerle un paro al Gobierno allá en el PTN a ver si nos pagan. Cambiaron al ingeniero que nos debe la plata por otro y este tampoco responde”, afirma un integrante de la comunidad.

Dentro de la conversación denuncian que ha llegado gente extraña a repartir regalos, gente que no conocen. “Aquí vienen funcionarios de entrada por salida, a nosotros no nos preguntan nada, no sabemos quiénes llegan, no nos reúnen, no nos están teniendo en cuenta. A nosotros el proceso de paz no nos ha beneficiado”, dice una tímida mujer.

La comunidad propuso al Gobierno que ellos le vendían el plátano y la comida para el PTN, pero no aceptaron. “Prefirieron pagar mucha plata por un transporte cuando aquí estamos a 15 minutos nada más. Además se nos querían llevar el médico para allá y no dejamos. Es que el Gobierno quiere sacar ventaja, quiere invertir lo mínimo, así quién confía”, afirma otro integrante de la comunidad.

Los niños juegan en un potrero que usan como cancha, el río es su mayor diversión. Los jóvenes no tienen opciones, salen del colegio y ahí quedan, “son afortunados los que pueden salir a Quibdó a estudiar”.

Al final lo que queda es una gran preocupación, el panorama seguirá siendo desolador, pues el Gobierno no tiene la intención de hacer la inversión social con que se comprometió. “Cuando todo esto acabe, nosotros qué haremos, creemos que el posconflicto será peor. Aquí no han entrado los paras pero porque todavía están ahí los guerrilleros y con armas, pero cuando las entreguen aquí se nos meten. Ya viene pasando en otros lados, se metieron y están controlando todo”.

La gente se despide con humildad. Al final piden disculpas por haber sido tan duros conmigo, pues la desconfianza se las sembraron hace mucho tiempo y tienen razón, los que han llegado de afuera les han hecho el juego sucio. De todos modos en sus rostros queda un poco de tranquilidad por haberse desahogado y con la esperanza de que esta vez van a contar la verdad sobre su comunidad.

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