La derecha: Mala perdedora y terrorista

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Es incuestionable la victoria bolivariana, el gobierno sale fortalecido de las elecciones constituyentes y se fractura la MUD derrotada en las urnas a pesar de la violencia que adelanta.

 

Carlos A. Lozano Guillén

Las elecciones de la Asamblea Nacional Legislativa del 6 de diciembre de 2015, fueron ganadas por la derecha venezolana, agrupada en la Mesa de Unidad Democrática (MUD), que eligió 112 de los 167 diputados. Sacó el 56.2 por ciento de la votación y fue la primera elección en la que resultó vencedora, después de numerosas derrotas en todos los niveles, incluyendo las presidenciales con los candidatos Hugo Chávez y Nicolás Maduro después del deceso del “comandante eterno”. El Gobierno bolivariano, el PSUV y el Polo Patriótico aceptaron con espíritu democrático los resultados en las urnas, a pesar de la campaña sucia, financiada desde Washington y a njivel internacional, que adelantó la derecha, también aprovechando debilidades de la izquierda. No hubo actos desesperados, ni siquiera se puso en duda la realidad de los resultados.

Desde la derecha hubo reconocimiento del Consejo Nacional Electoral y a la presidenta del mismo, Tibisay Lucena. El director ejecutivo de la compañía Smartmatic, Antonio Mugica, quien desde hace doce años presta asesoría logística al sistema electoral, entonces reconoció que “el sistema del voto electrónico en Venezuela es uno de los más confiables del mundo y difícil de ser alterado por la exactitud de sus escrutinios”. Otro tanto reconocieron Naciones Unidas y organismos multilaterales.

Fue ejemplar y democrático el comportamiento del oficialismo, que tuvo que enfrentar actos provocadores y canallas de la mayoría oficialista, que pretendió humillar a la bancada de la izquierda e inclusive amenazó con destituir al presidente Nicolás Maduro.

La lucha de clases

Desde entonces se agudizó la lucha de clases como nunca antes en Venezuela. La oligarquía criolla, aupada por las transnacionales y por el gobierno de Estados Unidos, tanto el de Obama como ahora Trump, se dedicó a promover disturbios y un estado de anormalidad para desestabilizar la revolución bolivariana. La aspiración era derrocar al gobierno para recuperar el control de la riqueza petrolera, botín de las transnacionales, particularmente gringas, y de la ambiciosa y corrupta élite del viejo poder bipartidista de adecos y copeyanos, fortalecidos en el antiguo Pacto de Punto Fijo, destrozado por la victoria chavista a finales del siglo XX y lo corrido del XXI.

Es lo que está en juego en los acontecimientos del presente año que reflejan la agudización de las contradicciones y el dinamismo de la lucha de clases. Desde el imperio, la CIA, con el visto bueno de la Casa Blanca, anuncia con cinismo y desparpajo que hará todo lo posible por derrocar a Maduro mediante todas las formas posibles. Ello con el silencio cómplice de algunos gobiernos latinoamericanos, entre estos el de Santos, traidor y desleal con quienes ayudaron al logro del Acuerdo Final de La Habana con las FARC-EP y al comienzo de los diálogos de Ecuador con el ELN, así como del Parlamento Europeo (la mayoría) y del jefe de la banda conspiradora que es el gobierno terrorista de los Estados Unidos.

Sin embargo, la semana pasada, 56 países miembros de la Organización de las Naciones Unidas suscribieron una carta de apoyo a la República Bolivariana de Venezuela y demandan la solución pacífica y dialogada como lo plantea de manera reiterada el presidente Maduro. Está en abierta oposición al terrorismo promovido desde el exterior y adelantado por las bandas paramilitares y las guarimbas estimuladas y promovidas por la MUD. Es una oposición delirante, criminal y terrorista, que atenta contra las personas y los bienes públicos. Llegaron al colmo de quemar vivos a dos ciudadanos porque sospecharon que eran chavistas. Todo silenciado por los gobiernos que los apoyan y  la “gran prensa” internacional que miente y falsifica la realidad.

Otra victoria

Sucedió lo inesperado para la derecha y los gobiernos conspiradores y golpistas que la apoyan. El gobierno bolivariano ganó las elecciones del domingo 30 de julio pasado en que se eligió a los integrantes de la Asamblea Nacional Constituyente. Fue apabullante. Más de ocho millones de votos, casi la mitad del potencial electoral, a pesar de la muy bien financiada campaña opositora, con amenazas, actos violentos y terroristas contra los electores, todos silenciados en el exterior por la “gran prensa” aliada al terrorismo. Ciudadanos heroicos superaron las barricadas, los cercos a los centros de votación, los actos de sabotaje en vías y carreteras para impedir el acceso de los votantes.

En contraste con lo ocurrido en 2015 cuando la oposición ganó las elecciones, ahora esta denuncia un fraude y no acepta el resultado de las urnas. Igual hacen Juan Manuel Santos y sus amigotes reaccionarios y por supuesto el presidente Trump, un tramposo por excelencia rechazado por sus propios compatriotas. Malos perdedores. Mugica, el director de la empresa Smartmatic, como todo burgués sinvergüenza, ahora  niega que el sistema sea impenetrable y asegura sin juicio que por lo menos se alteraron un millón de votos, mientras llenan de insultos a Tibisay Lucena, y el gobierno yanqui la sanciona igual que al presidente Nicolás Maduro. ¡Qué tal el descaro! Trump confunde a Venezuela con un país lacayo como los “doce del patíbulo” del continente que no han logrado sacar siquiera una resolución contra Maduro en la funesta y desprestigiada OEA.

¿Por qué en estas condiciones el gobierno de Maduro y la revolución bolivariana reciben semejante espaldarazo? Porque la revolución tiene prestigio a pesar de las dificultades externas e internas, entre estas, errores que no se pueden soslayar. A que el pueblo está cansado de la ciega oposición y a los actos terroristas y violentos que  esta promueve. Son los responsables del descalabro económico, del acaparamiento, de la escasez, de la parálisis de la producción, de las enormes pérdidas que significan más de cien días de paros y de destrucción del patrimonio público. Y porque hay numerosos aciertos que son imborrables de la memoria colectiva y que no evalúa la ceguera odiosa de la prensa internacional. Transcribo un párrafo del magnífico análisis reciente del profesor Boaventura de Sousa Santos:

“Venezuela vive uno de los momentos más críticos de su historia. Acompaño crítica y solidariamente la revolución bolivariana desde el inicio. Las conquistas sociales de las últimas dos décadas son indiscutibles. Para comprobarlo basta consultar el informe de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) de 2016 sobre la evolución del índice de desarrollo humano (IDH). Dice este informe: ‘El índice de desarrollo humano de Venezuela en 2015 fue de 0.767 –lo que colocó al país en la categoría de alto desarrollo humano–, posicionándolo en el puesto 71 de entre 188 países y territorios. Tal clasificación es compartida con Turquía. De 1990 a 2015, el IDH de Venezuela aumentó de 0.634 a 0.767, un aumento de 20.9 por ciento. Entre 1990 y 2015, la esperanza de vida al nacer aumentó a 4.6 años, el periodo medio de escolaridad ascendió a 4.8 años y la escolaridad media general aumentó 3.8 años. El rendimiento nacional bruto (RNB) per cápita aumentó cerca de 5.4 por ciento entre 1990 y 2015”. Se hace notar que estos progresos fueron obtenidos en democracia, sólo momentáneamente interrumpida por la tentativa de golpe de Estado en 2002 protagonizada por la oposición con el apoyo activo de Estados Unidos”.

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