Irak: las guerras de Obama

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Foto: SS&SS via photopin cc

Su doctrina militar ofensiva traspasa los límites tradicionales y arrasa con tratados internacionales, convenciones sobre regulación del conflicto, y ya ni siquiera consulta con el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas antes de meter sus narices en cualquier país y arrasar gobiernos.

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Alberto Acevedo

No pasaron muchos años sin que el presidente Obama echara por la borda su promesa de campaña electoral, en el sentido de que las tropas norteamericanas abandonarían definitivamente a Irak como escenario de guerra, no alentaría nuevos incendios bélicos en esa martirizada región del Oriente Medio y respetaría la voluntad soberana de ese pueblo de darse el gobierno y el destino que desee.

En un discurso ante la comunidad europea y líderes de la OTAN, en Bruselas, el 26 de marzo pasado, Obama dijo: “Nosotros no pretendemos anexar el territorio de Irak. No les arrebataremos sus recursos para nuestro propio beneficio. En vez de esto, terminamos nuestra guerra y dejamos Irak a su pueblo, en un estado iraquí plenamente soberano, que puede tomar decisiones sobre su propio futuro”.

La realidad de los hechos ha demostrado lo contrario. En primer lugar, el fracaso completo de la aventura militar intervencionista, iniciada por el presidente George Bush, que llevó al derrocamiento y asesinato de Sadam Hussein bajo el pretexto de la existencia de un arsenal nuclear en ese país. El argumento esgrimido resultó un embeleco para ocultar la verdadera intención de Estados Unidos de apoderarse de los ricos yacimientos petroleros y de otros recursos naturales iraquíes.

Tampoco resultó cierta la idea de establecer un gobierno democrático en Irak, que represente los intereses de las distintas etnias y clanes en que se divide su geografía política. Lo que resultó fue la entronización de un gobierno títere, que abrió las puertas del país a un festín de las empresas transnacionales, que terminaron por instalar su reino en esa parte del planeta.

Ahora, Obama ha enviado escuadrones de aviones de guerra a bombardear las posiciones de una facción radical que amenaza con derrocar al gobierno de Al Maliki. Los operativos se han concentrado en el norte del país, con el argumento de que es necesario prestar ayuda humanitaria y asesoría militar a facciones cristianas e islamistas, desplazadas de sus territorios por las fuerzas del recientemente proclamado Estado Islámico (EI).

Lo móviles reales del operativo de guerra son los mismos desde que se inició la operación de toma de Bagdad y de eliminación física de Sadam Hussein. En esto no parece haber diferencia entre la política de guerra de Bush y la de Obama.

Más que eso, a partir de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York ha crecido el poder de destrucción de la diabólica máquina de guerra de los Estados Unidos. Su doctrina militar ofensiva traspasa los límites tradicionales y arrasa con tratados internacionales, convenciones sobre regulación del conflicto, y ya Washington ni siquiera se toma la molestia de consultar con el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas antes de meter sus narices en cualquier país y arrasar gobiernos que le resultan incómodos.

Despreciando los mecanismos de diálogo y negociación política, Estados Unidos ha optado por una acción militar global, imponiendo la extraterritorialidad de su doctrina de la seguridad nacional, con absoluto desprecio por la opinión de los organismos de cooperación internacional y arrastrando como rehenes de su política a otras naciones, como ha sucedido con Francia, Alemania y Gran Bretaña que, tras las banderas de la OTAN, terminan de peones de la máquina de guerra norteamericana.

Con esta lógica, la Casa Blanca ha abierto frentes de confrontación en Siria, Irak, Irán, Ucrania, Afganistán, Corea del Norte, Palestina -armando la mano criminal de su aliado Israel- y otras naciones, creando una situación de desequilibrio militar tan peligrosa como la que el mundo vivió en 1914, que dio comienzo a la Primera Guerra Mundial que ahora recuerda la humanidad. Hoy, sin embargo, la solución de la crisis capitalista por la vía de la guerra no es un camino inevitable y fuerzas poderosas abogan por el respeto al derecho internacional, la paz y la cooperación entre los pueblos.

Definitivamente, el presidente Barack Obama debe devolver el Premio Nobel de Paz. No lo merece. Le puso conejo a la Academia de Noruega.