Inundados y sin esperanza

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Compuertas de la represa. Fotografía Bibiana Ramírez -APR.

El desastre social y ambiental que ha causado Hidroituango tiene a las comunidades sumergidas en la angustia y aún no se soluciona la situación

Bibiana Ramírez – Agencia Prensa Rural
@bibianarm 

La mayoría de tragedias ambientales en Colombia han sido avisadas con anterioridad como en Armero, en Mocoa y la más reciente en el Norte y Bajo Cauca antioqueño con la represa Hidroituango. La negligencia de las autoridades y el ocultamiento de la realidad han costado vidas y sufrimientos a miles de familias que lo han perdido todo. El panorama de Puerto Valdivia, corregimiento de Valdivia y el más afectado por la represa es desolador, está totalmente evacuado y destruido por el destaponamiento de los túneles de la presa el 12 de mayo, que generó crecientes en el río.

Desde el 28 de abril las alarmas estaban encendidas en la población por los derrumbes en las montañas, la creciente del río y las lluvias, pero Empresas Públicas de Medellín hizo caso omiso y ante los medios de comunicación dijo que todo estaba bajo control. El mismo gobernador de Antioquia afirmó que “no se podía hacer una telenovela con un impase”, pero era evidente el trágico final.

Ese sábado circularon por las redes sociales unos videos hechos por empleados de la central con la magnitud del desastre. El río estaba furioso y se quería tragar toda la construcción. Arrasó maquinaria pesada, piedras y el cuarto de máquinas quedó inservible. Gente corriendo por todos lados, alarmas sonando, helicópteros sobrevolando y el río buscando su cauce.

Fue ahí donde finalmente EPM tuvo que decretar la emergencia para poder evacuar los trabajadores y los pueblos de la ribera aguas abajo, cuando antes decía que no había emergencia. También los medios de comunicación tuvieron que informar, pues era evidente que tenían que mostrar la realidad, a pesar de la suma que la Empresa paga por la pauta publicitaria mostrando el proyecto como el más exitoso.

El 16 de mayo el gerente de EPM y Luis Pérez tuvieron que pedir ayuda al presidente Santos en una carta, por “una situación técnica no controlable, específicamente por una obstrucción parcial de la salida de aguas de la casa de máquinas, que de llegar a colapsar amenazaría seriamente con generar un aumento significativo e incontrolado del cauce del río Cauca, en unos volúmenes tales que pondría en riesgo a las poblaciones aguas abajo”.

Pueblos evacuados

El 4 de mayo, después de la primera creciente del río aguas abajo, EPM dijo a las comunidades que no había riesgos y lo que ocurrió el 12 puso en evidencia que el país no estaba recibiendo la verdad de los acontecimientos con la represa, por el contrario se están ocultando las reales causas de todo. Analistas y geólogos hacen preguntas como: ¿Por qué colapsó el túnel para desviar el río? ¿Fue un tema de geología o un problema de ingeniería y construcción? ¿Por qué taponaron los otros dos túneles de desvío antes de terminar la obra? Entre muchas otras que no son respondidas.

Puerto Valdivia es el primer caserío que hay después de las compuertas de la represa. Todos los puentes aguas abajo fueron arrasados y el corregimiento totalmente evacuado, pero cuando la gente ya tenía el agua encima. Los habitantes fueron llevados esa misma noche al coliseo de Valdivia, que está arriba de la montaña. Allí se instaló un albergue provisional para atender a los damnificados. Pero al siguiente día este ya había colapsando porque no cabían las más de mil personas que les tocó salir de sus casas.

El centro de salud, la iglesia y el colegio se inundaron inmediatamente y algunas casas se derrumbaron. “Desde que comenzaron la represa hemos venido con muchas afectaciones. Yo ya no encuentro sosiego con mi familia en la casa porque cada que hay una avalancha ahí mismo tiene uno que arrancar con las cosas para el monte. Antes habían crecientes normales del río pero nosotros ya sabíamos cómo actuar. Mirando el desastre que nos dejó Hidroituango sentimos que lo perdimos todo. No se sabe qué puede pasar, se nos va a llevar el corregimiento”, dice Luis Alberto Sepúlveda, uno de los afectados por la inundación en Puerto Valdivia.

Las condiciones en el albergue son alarmantes, ya se habla de enfermedades por el hacinamiento. Además los damnificados denuncian que las ayudas humanitarias no llegaron a toda la población y que hubo discriminación en las entregas, tanto que ante los mismos medios demostraron su inconformidad. Algunos habitantes no quisieron ir al albergue y exponer sus vidas porque también temían que sus objetos fueran hurtados.

“No nos vamos, porque hay mucha gente que aprovecha estas tragedias para meterse a las casas a robar. Desde hace tiempo advertimos que los de aguas abajo estábamos en riesgo pero EPM nos decía que nunca iba a pasar nada. La calle parecía un río, tenía uno que salir corriendo con el agua a la cintura. A los dos días regresamos a ver cómo había quedado todo y da es tristeza ver lo que uno ha logrado conseguir en años, todo destruido”, agrega Luis Alberto.

Y más abajo, veredas como el Doce, Catorce y Quince también se inundaron. Los habitantes cuentan que tuvieron que correr montaña arriba porque no había otra posibilidad. En estos sectores la agricultura es la única fuente de subsistencia y todos los cultivos que tenían se perdieron. “Ni la Cruz Roja, ni EPM nos dieron la alarma para evacuar. Todos los cultivos los tapó el agua, y eso que esta es la parte más alta de la vereda. Perdimos las matas de plátano, yuca, maíz, las huertas, esto nunca se había visto en las crecientes anteriores. Nos quedamos sin comida”, dice una habitante del Catorce.

La incertidumbre está llevando a mucha gente al estrés. Aún no se sabe qué podrá pasar y todos esos municipios del Bajo Cauca están en alerta roja y la mayoría están siendo evacuados. Las lluvias se siguen prolongando y aumentando y EPM aún no da claridades sobre la situación.

Comunidades desamparadas

Toda la atención de esta tragedia se ha centrado en las aguas abajo de la represa y se han invisibilizado, lo que sucede con las comunidades aguas arriba que también son damnificadas por toda esta inundación. Municipios como Ituango, Toledo, Sabanalarga y Peque también están en emergencia porque la gente que vivía al borde del río tuvo que salir y muchos no han sido atendidos aún.

Manifestación de damnifi cados en Ituango. Fotografía Bibiana Ramírez – APR.

Ya las nubes no bajan al cañón como era normal en todas esas montañas. El calor ha aumentado y el paisaje se ve gris. Ese verde característico se ha opacado y desde lo alto se ve un charco café, lleno de lodo que ha desconfigurado el río. Ituango quedó aislado por unos días, porque el puente Pescadero quedó bajo agua y la única vía era por la infraestructura de la represa pero era riesgoso. Incluso hasta la fecha hay paso solo en cuatro caravanas que programa EPM durante el día.

Es tensionante el paso por el túnel habilitado para ir al pueblo. La presión del agua parece reventar los oídos. Un trabajador de EPM me contaba que a algunos carros se les reventaban los vidrios. Allí adentro sale un vapor de agua por la presión, parece con niebla todo el tiempo. Pasar por esas compuertas es como pasar por un desierto en medio de montañas.

A lo largo del trayecto hasta Ituango hay distintas vallas de EPM con la foto de hermosos paisajes, indígenas y campesinos que dicen: “Por ti, Ituango construimos un mejor futuro”, y viendo la situación que hoy afrontan las comunidades pareciera una burla, porque desde hace años se vienen denunciando los atropellos que ha cometido la Empresa con los que se han opuesto al proyecto con pruebas de su inviabilidad.

En el coliseo del municipio hay 22 barequeros y pescadores que se resistieron a salir de las playas donde nacieron y crecieron sacando oro para su sustento. Llevan 20 días allí y aún no han sido atendidos ni les han enviado ayudas. Han recibido alimentos que la misma comunidad ha recogido.

Con el agua hasta el cuello

Estela Posada narra cómo fueron inundados sin ningún aviso: El 13 de abril fue la primera creciente del río. Veíamos como las camas se balanceaban de un lado para otro. A los dos días bajó el agua. Mi cama volvió a quedar en un punto firme y ahí me volví a acostar. Nos quedamos 15 días así. El 28 de abril el agua volvió a subir y nunca más a bajar.

Esa noche nos acostamos y el río estaba tranquilo, un poco crecido como es normal en estas fechas de lluvia. A las cuatro de la mañana me desperté al baño, prendí la linterna y vi una cosa brillante. Era el agua que estaba debajo de mi cama, me paré asustada y ya los otros estaban corriendo. Nos estábamos inundando. Nos subimos un poco arriba de la montaña. Las culebras se salían del agua huyendo, los perros, los gatos, las gallinas alborotadas.

Caían árboles gigantes y se los tragaba el río, también volcanes. Cuando el agua se subió, ahí sí vimos como se tragó todo, las casas, bajaban vacas, pájaros, peces, perros todos muertos. Con machetes abríamos monte, desesperados. Ya no sabíamos dónde estábamos, buscábamos las casas pero no nos ubicábamos. No pudimos sacar nada. Algunos rescataron unas gallinas, algún perro o gato, pero todo naufragó.

Nunca nos avisaron de la inundación. Pusimos una bandera blanca para que nos vieran y dos días después fue que nos sacaron. Todos corrimos con lo que pudimos rescatar, un poco de mercado que nos duró esos dos días. Nos quedamos con la esperanza de que el río disminuyera de nuevo. Nos pusimos a llorar en silencio viendo que la vida también se nos iba ahí.

Rescatados pero desprotegidos

Los barequeros fueron rescatados por EPM con la policía, les dieron almuerzo, los anotaron en una lista y los llevaron al parque, allí los dejaron. Ellos lo primero que hicieron fue irse para el coliseo e instalarse con lo poco que traían en sus manos. A los pocos días fue el secretario de Gobierno a decirles que tenían que salir de ahí porque ya habían unos torneos deportivos programados. Cuentan que no fue cordial, por el contrario amenazante. Pero por el otro lado el alcalde les decía que de ahí no los iban a sacar.

“Nosotros nos vamos cuando tengamos un lugar a donde ir”, dice Eugenia. Lo que hace la administración es comprometerse en reuniones pero en su conjunto no hay comunicación entre ellos. Unos funcionarios dicen una cosa, los otros dicen otra. Es como si todos se quisieran quitar las responsabilidades, y eso que no es gran cantidad de personas afectadas, es decir que podría solucionarse la situación más rápido.

Sus rostros expresan tristeza y desesperación. Algunos me dicen que ya les duelen los huesos de la quietud. La Defensa Civil fue a hacerles chequeos de salud y la mayoría tenía la presión alta. Los sábados era el día en que salían al pueblo a vender el oro, pero llega ese día y lo que les da es angustia porque no tienen ni una moneda en el bolsillo.

El Movimiento Ríos Vivos denuncia que EPM no los quiere reconocer como barequeros aunque tengan un carné de Minas y Energía donde consta que se dedican a ese oficio. El mismo alcalde dijo a un medio de comunicación que en Ituango no habían damnificados. Les tocó ir a tomarse la alcaldía para que fueran escuchados. “Nos han discriminado porque argumentan que Ríos Vivos no está legalizado. Nosotros sacábamos un granito de oro y lo dejábamos aquí mismo en el pueblo, aportábamos a la economía. El comercio va a sentir ese vacío”, dice Oliva Gómez, líder del Movimiento.

Recuerdos de la violencia

Rubén Espinosa tiene 30 años y es cañonero de nacimiento: Yo nací y me crié en el puente Pescadero. Nos tocaron muchas cosas buenas y otras malucas. Vivíamos a 300 metros del puente. En la cocina de la casa había una ventana pequeña desde la que se veía la mitad del puente. Veíamos cuando llegaban camionetas con gente, a veces uno, dos, tres, se escuchaban los disparos, luego levantaban el cuerpo y lo tiraban al río. Eso pasaba cada15, 20 días.

En el 98 nos tocó dos horas de balacera entre el Ejército, los paras y la guerrilla. Los paras se fueron para la casa de nosotros y se atrincheraron ahí. Nosotros debajo de las camas muy asustados. Luego cogieron la puerta a pata hasta que la tumbaron. A mi papá le dieron pata mucho rato, a mi mamá le dañaron un dedo, nos decían “están buenos para echarle gasolina a esta casa y tirarle una granada”.

Nos dijeron que teníamos 24 horas para desocupar “si no venimos y los tiramos al río”. Nos tocó salir. A los vecinos que quedaban al otro lado del río también les pasó lo mismo. A los 15 días quemaron la casa. Nos fuimos para el monte hasta que un familiar nos dio un pedazo de tierra para hacer un rancho. Nosotros éramos seis. De desayuno mi mamá nos daba plátano maduro hervido en agua. Aguantamos mucha hambre. Me tocó buscar trabajo en un trapiche porque mi papá se enfermó. Yo tenía diez años.

El 4 de enero de 2004 volví a entrar al Cauca de nuevo. Yo bajé solo porque a mi papá le daba miedo. No volví a salir de ahí hasta ahora que EPM me sacó. Veo ese río inundado y me dan ganas de llorar. Ese cañón me dio la vida. El desplazamiento que nos hace esta represa es más fuerte que el de los grupos armados porque con los grupos teníamos la esperanza de que volvíamos y volvimos, pero esta vez ya sabemos que no vamos a volver, perdimos toda la esperanza. Ahora no sabemos cuál será nuestro futuro.

Cañón del río Cauca 2018. Fotografía Bibiana Ramírez – APR.
Cañón del río Cauca 2015. Fotografía Bibiana Ramírez – APR.

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