Henri Lefebvre y el derecho a la ciudad (Segunda parte)

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Sebastián Cristancho

El derecho a la ciudad

La creación de una ciudad nueva y de un hombre urbano nuevo (como proceso), debe ser parte de ejercicios mentales como la transducción y la utopía experimental, bajo el entendido de que la academia alumbra pero la obra es producto de las personas. “Solo grupos, clases o fracciones de clases sociales capaces de iniciativas revolucionarias pueden tomar en cuenta y llevar hasta su plena realización las soluciones a los problemas urbanos; la ciudad renovada será la obra de estas fuerzas sociales y políticas” (pág. 132). Estas acciones no pueden dejar de contar con la clase obrera, quien es capaz de poner fin a la segregación dirigida esencialmente contra ella, en la oposición creada entre ciudad de disfrute y ciudad de los excluidos. “Esto no quiere decir que la clase obrera vaya por sí sola a hacer la sociedad urbana, sino que sin ella nada es posible” (pág. 133).

De esta forma, se podría afirmar que Lefebvre sugiere que el urbanismo como praxis necesita ir cultivando su experiencia, en la que es imprescindible ir concretando un programa político y edificando un sujeto, donde el diálogo entre ciencia y fuerzas políticas vayan moldeando la obra producida por la acción social, obra en la cual también debe intervenir determinantemente el arte (lo estético-creador). En últimas, es el proceso que el autor identifica con la lucha y conquista del derecho a la ciudad, entendido este como “el derecho a la vida urbana, transformada, renovada. Poco importa que el tejido urbano encierre el campo y lo que subsiste de vida campesina, con tal que lo urbano, lugar de encuentro, prioridad del valor de uso, inscripción en el espacio de un tiempo promovido al rango de bien supremo entre los bienes, encuentre su base morfológica, su realización práctico-sensible” (pág. 138). Es el derecho que emana de la cotidianidad del explotado y oprimido, la cual encarna la necesidad de la producción de una realidad urbana y ciudad como alternativa.

Dicha visión y sujeto social unitario y del cambio, está enfrentado a la tendencia racional y material dominante de la ciudad moderna a la segregación, fragmentación que dificulta la protesta, dispersando a los que podrían protestar. Sin embargo, la necesidad y el deseo del derecho a la ciudad persisten en la exclusión, representando a su vez la reivindicación de la planificación económica, pero yendo más allá, añorando concretar, desde la óptica de Lefebvre, la planificación social (urbana). Es decir, es establecer el socialismo entendiendo que “en la actualidad, el socialismo solo puede concebirse como producción orientada hacia las necesidades sociales y, por consiguiente, hacia las necesidades de la sociedad urbana” (pág. 150). En consecuencia, es una sociedad donde “el valor de uso, subordinado durante siglos al valor de cambio, puede recuperar el primer cargo… el que la realidad urbana esté destinada a los usuarios y no a los especuladores, a los promotores capitalistas, a los planes de los técnicos…” (pág. 151).

Para Lefebvre la solución fundamental para la ciudad reside en acabar con la separación existente entre cotidianidad y ocio, superando su fragmentación material y la forma parcelada como se vive, reencontrando a las personas, por ejemplo, desde el juego y el deporte. Ello comienza por convertir a la ciudad en obra de sus habitantes. En ese sentido,el derecho a la ciudad vendría siendo, por tanto, “el derecho a la libertad, a la individualización en la socialización, al hábitat y al habitar. El derecho a la obra (a la actividad participante) y el derecho a la apropiación (muy diferente del derecho a la propiedad) están imbricados en el derecho a la ciudad” (pág.159).

Algunas conclusiones o puntos de debate

Con referencia a lo planteado por Lefebvre se podrían esbozar algunos puntos determinantes de su aporte a manera de síntesis, desde los cuales se logra analizar las vigencias y caducidades de su análisis, en relación con nuestra realidad. Así, se puede afirmar que:

  1. La ciudad moderna producto del proceso de industrialización-urbanización, se fomenta como un crecimiento cuantitativo del espacio sin un crecimiento cualitativo adecuado del mismo, estallando la morfología tradicional de la ciudad y absorbiendo el contorno agrario. Contradicción que se hace más aguda en los territorios periféricos, como en el caso de América del sur (también señalado por Lefebvre), donde se presenta una masiva extensión de la ciudad y la urbanización cerradas por un contorno de suburbios, con poca industrialización, pero posible por medio de esta entendida como fenómeno histórico mundial desigual dentro del capitalismo como orden global, donde el campesino desposeído (en nuestro caso violentamente) y arruinado por la competenciaa escala planetaria y los precios, escapa a las ciudades en busca de mejores condiciones de subsistencia.
  2. La ciudad moderna agrupa los centros de decisión, para Lefebvre principalmente la empresa y el Estado, pero para nuestra realidad se suman determinantemente los centros financieros; integrándose la ciudad, de esta manera, a los medios de producción y los dispositivos de explotación y control del trabajo social, desempeñando un papel de ente director de la producción y el consumo en manos de las clases dirigentes pero en disputa con las clases trabajadoras.
  3. Para Lefebvre la expansión de la urbanización por parte de la industrialización, hace que la relación urbanidad-ruralidad se intensifique, penetrando y transformándose el campo y la forma de vida campesina en favor de la ciudad moderna. Tanto así, que en remplazo de la anterior, se crea una nueva oposición entre tejido urbano-centralidad. Por ello, para el autor, al campo no le queda otro destino revolucionario que la reforma agraria y la industrialización. Sin embargo, cabe cuestionar hasta dónde esta proyección puede ser real y deseable. Por una parte, aunque la urbanización desaforada sea una tendencia notable en nuestra actualidad (impulsada bajo la lógica desenfrenada de la acumulación de capital), dicha tesis del desplazamiento de la relación urbanidad-ruralidad por la de tejido urbano-centralidad, en América Latina, por lo menos en el futuro próximo, es inimaginable. De igual manera, impensable resulta la absorción del campo y de la forma de vida campesina bajo las formas de la ciudad moderna en nuestra parte del continente.

Tal vez esta visión está relacionada más con el entendimiento, hoy insostenible, del desarrollo irrefrenable de las fuerzas productivas, y por lo tanto, del crecimiento infinito de la producción. Hoy bajo el modo de producción capitalista que domina a escala planetaria, esta realidad ha sido cuestionada en la medida que su desenvolvimiento ampliado mina incluso la posibilidad de existencia del ser humano al socavar su base natural, el planeta, contradicción no superable bajo la racionalidad economicista de la modernidad, y por lo mismo, punto determinante en la formulación de un proyecto socialista contemporáneo.

Relacionado con lo anterior, se podría afirmar que, comunidades rurales, indígenas o campesinas, en la América del sur, hoy desempeñan un papel importante desde algunas de sus formas del producir, desde sus concepciones de la vida y la naturaleza y sus relaciones de solidaridad, que como resistencias anticapitalistas pueden insertar sus tradiciones rebeldes resignificándolas desde un proyecto de emancipación que busque el socialismo no solo como planificación de la producción (en el sentido amplio de esta palabra como lo sugiere Lefebvre) con base en las necesidades urbanas, sino con base en las necesidades urbanas y rurales y en armonía entre lo social y la naturaleza.

  1. Ni el Estado ni la empresa, ni los centros financieros y demás entes de decisión que la ciudad moderna centraliza bajo la lógica economicista (generalización del valor de cambio), pueden suplir las necesidades sociales de conjunto que surgen en el proceso de industrialización-urbanización. La clase obrera es víctima del estallido de la morfología material antigua de lo urbano y de la segregación en la ciudad moderna, así como de la estrategia de clase que la dirige, condenándola a una cotidianidad y espacialidad de la miseria (expropiada de la ciudad es enviada a alojarse a las periferias).

Sin embargo, aunque en la producción de la ciudad y lo urbano la contradicción de clase es central, no es la única oposición segregadora y excluyente que se genera, se suma a ella múltiples opresiones de género, etarias, étnicas, religiosas, entre otras, que deben hacer parte del proyecto que se define como la superación de dichas contradicciones, al convertir a la ciudad en una obra de sus habitantes y para sus habitantes. De allí que el sujeto urbano transformador hoy no solamente puede conformarse con la clase obrera, como bien lo expone Lefebvre, sino necesariamente debe pensarse y constituirse como un sujeto plural oprimido y explotado dentro de las dinámicas de la ciudad.

  1. La ciudad moderna es el resultado de la acción y voluntad de múltiples grupos sociales, diferenciados en sus objetivos, con contradicciones, donde las clases dirigentes han dado un tinte determinante al resultado bajo el peso de sus intereses, voluntades y sus actos. Esto nos lleva a la ciudad donde el valor de cambio se generaliza cada vez más, haciéndose transversal al conjunto de relaciones sociales que se desenvuelven, y donde predomina el producto, la aglomeración y la segregación excluyente, orientada bajo la racionalidad economicista. La ciudad nueva debe necesariamente construirse, contando con las reflexiones de Lefebvre, por medio de la interacción entre academia, arte y la acción de las fuerzas políticas alternativas (urbanismo como práctica social o de fuerzas sociales), por lo cual se podría deducir, que en últimas Lefebvre sugiere al urbanismo como un tipo de praxis específica, relevante para la formulación de un proyecto emancipador coetáneo.
  2. El derecho a la ciudad hoy, como lo expone Lefebvre, es la exigencia de potencializar la ciudad como lugar de encuentro, ocio y juego, producido democráticamente y apropiado de esta misma forma, por el conjunto de sus habitantes. Como obra está enfocada a la satisfacción creadora y democrática de las necesidades urbanas, superando la lógica segregada de su materialidady la manera fragmentada como se vive, y logrando armonizar la cotidianidad con el ocio. Es, como espacio fáctico y relación social, predominio del uso, del valor de uso y el cambio por encima del valor de cambio. En conclusión, como socialismo significala planificación democrática de la producción basada en las necesidades urbanas. 

Bibliografía

  1. Adolfo Sánchez Vázquez (1997), “La filosofía de la praxis”. En: De Marx al marxismo en América Latina. ITACA, México, 2011.
  2. Henri Lefebvre, “El derecho a la ciudad”. Ediciones península, España, 1973.

 

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