¿Hacia un fascismo criollo?

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Movilizaciones en Bogotá contra la brutalidad policial. Foto Sophia Martínez

Es innegable que el comportamiento y las decisiones del Gobierno están encaminando al régimen político hacia la dictadura. Ello no es casual. Corresponde a la vocación del proyecto uribista que tiene características muy similares a las del fascismo

Roberto Amorebieta
@amorebieta7

Ya casi nadie pone en duda que el régimen político colombiano está en camino de convertirse en una dictadura. El reciente estallido social y las masivas manifestaciones contra el Gobierno y la Policía demuestran que la sociedad colombiana no resiste más abusos y recortes a sus libertades y derechos. El creciente extremismo de la derecha que amenaza con “incendiar el país”, despliega campañas de desprestigio y utiliza los organismos del Estado para perseguir a sus opositores, es evidencia de que, como lo ha sostenido la lúcida analista Sara Tufano, en Colombia no hay una situación de polarización sino de resistencia.

Esta deriva autoritaria ha sido calificada por algunos como fascista. Por supuesto, la palabra tiene una carga tan fuerte que debe ser utilizada con cuidado porque, como sostiene Pablo Iglesias, “fascista puede ser tu padre cuando te levanta de la cama temprano para ir a la marcha del 1 de mayo”. La periodista liberal María Jimena Duzán llamó “fascista” a Álvaro Uribe en una reciente columna, lo que abrió el debate sobre la validez del uso de ese término para calificar al actual régimen. Por ello, conviene hacer algunas precisiones que permitan identificar hasta dónde es fascista el proyecto uribista.

El fascismo hoy

Hay cierto consenso alrededor de que el fascismo es una experiencia histórica, principalmente europea y propia de los decenios de 1930 y 1940. Esta ideología se caracterizó, entre otros, por el autoritarismo, el culto a la acción por la acción (antiintelectualismo), la identificación de un enemigo culpable de todos los males y cuyo exterminio garantizará la felicidad del pueblo (estigmatización), la homogeneización social y el sometimiento del individuo al Estado (antipluralismo) y la exacerbación de la identidad nacional o racial (chovinismo) alrededor de un líder carismático legitimado por la emoción del pueblo y no por el voto (legitimidad no racional).

Históricamente, el fascismo ha sido la herramienta utilizada por las élites para contener las aspiraciones populares y salvar el capitalismo en contextos de crisis donde la ruptura del pacto social democrático -que sostiene a las élites en el poder- amenaza con dar paso a alternativas emancipadoras. Sucedió en Alemania, Italia y España, cuando fuerzas populares y democráticas intentaron encaminar sus países hacia el socialismo. Sucedió en Colombia con el proyecto paramilitar, cuando la clase dominante se sintió amenazada tras el paro de 1977 y el auge del movimiento popular y de fuerzas políticas alternativas como la Unión Patriótica.

No obstante, muchos coinciden en que el fascismo debe entenderse, más allá del caso histórico europeo, como un conjunto de rasgos que configuran un modo político de actuar y cuyas prácticas permanecen hasta hoy. Por supuesto, en la actualidad estos rasgos se presentan en un contexto de crisis de la hegemonía neoliberal que ha obligado a las clases dominantes de todo el mundo a acudir a medidas autoritarias para contener las aspiraciones populares de cambio. Es decir, hoy -tras el fracaso del neoliberalismo- el fascismo cumple el papel de contener las transformaciones sociales cuando solo quedan la fuerza, la corrupción y la manipulación mediática como herramientas de gobernabilidad.

El filósofo italiano Umberto Eco señaló en 1995 catorce rasgos que pueden identificarse como fascistas. Por supuesto, no es necesario encontrarlos todos en un proyecto político para tacharlo de fascista, basta con que alguno de ellos esté presente para, en sus palabras, “hacer coagular una nebulosa fascista”. Lo anterior quiere decir que el debate no debe ser si el uribismo es fascista o no, sino cuáles rasgos fascistas tiene el uribismo y, en consecuencia, qué proyecto político se propone salvar ante la decadencia del régimen y el inminente cambio en Colombia.

Paralelo preocupante

Es escalofriante observar la lista elaborada por Eco, compararla con las características del uribismo y descubrir que se asemejan demasiado, así: 1. Culto exacerbado por la tradición. El uribismo se apoya en las iglesias y partidos cristianos, invoca en público figuras religiosas y defiende a ultranza la familia y el orden tradicional. Se opone al progreso. 2. Irracionalismo. El uribismo promueve la modernización, pero se opone a la modernidad. Habla de emprendimiento y confianza inversionista, pero en el fondo teme al pensamiento crítico e independiente.

3. Antiintelectualismo, culto por la acción. El uribismo desconfía de los debates, la reflexión o la cultura. Es hostil con el mundo intelectual y con la universidad pública. 4. Intolerancia. El uribismo no admite críticas, preguntas o matices. Ve al mundo en blanco y negro, amigos y enemigos. 5. Miedo a la diferencia y a la diversidad, rechazo al “intruso”. El uribismo exacerba la xenofobia y la homofobia. 6. Surge y se alimenta de la frustración social de la clase media. Basta con escuchar decir “en tiempos de Uribe se podía ir a la finca en carro”, a personas que no tienen finca ni carro.

7. Nacionalismo chovinista definido por un enemigo, nacional o internacional. El uribismo siempre pone a “Colombia primero” y defiende un discurso patriotero. Además, es suficiente con identificar los nuevos enemigos públicos: El interno son “las nuevas Farc” entendidas como cualquier oposición al Gobierno, y el externo es algunos días el Foro de São Paulo, otros es George Soros y el último es la “red anarquista internacional” A.C.A.B. -sigla de All Cops Are Bastards, una famosa consigna contra la policía-. Todo sirve.

8. Crea enemigos que son simultáneamente demasiado fuertes y demasiado débiles. Las Farc eran un ejército de niños reclutados a la fuerza, pero al mismo tiempo constituían la peor amenaza contra la democracia. Maduro está a punto de caer, pero al mismo tiempo tiene la fuerza suficiente para manipular el paro nacional en Colombia. 9. La vida es guerra, el pacifismo es traición, el objetivo es la victoria. El uribismo necesita el conflicto permanente y por eso exacerba la confrontación. Se queda sin discurso si gana la guerra. 10. Elitismo. Por más que el uribismo se presente como popular, la verdad es que se basa en una fuerte concepción jerárquica que desprecia a los débiles y a los pobres.

11. Culto de la muerte heroica. El uribismo profesa una admiración casi morbosa por las fuerzas armadas y una admiración silenciosa pero profunda por el paramilitarismo. 12. Machismo, misoginia y homofobia. El uribismo, si bien tiene mujeres en sus filas, se opone al matrimonio igualitario, al aborto y a la adopción homoparental. Hace un culto al macho patriarcal desde la figura de Álvaro Uribe. 13. “Populismo cualitativo”, legitimidad emocional, antiparlamentarismo. El uribismo propone el “Estado de opinión”, tiene un discurso de rechazo a la politiquería y propone la reducción del Congreso. 14. Neolengua. “Migrantes internos”, “homicidios colectivos”, “castrochavismo”, “nuevas Farc”, “neocomunismo”…

Hacia la dictadura

Son preocupantes la concentración de poder en el Ejecutivo, la cooptación de los organismos de control, la represión indiscriminada, los falsos positivos judiciales, la ausencia del Congreso, el incumplimiento del Acuerdo de Paz, el genocidio contra líderes sociales, las masacres, las campañas de propaganda negra y la ausencia de diálogo social. Ello sumado a la inquietante coincidencia con la lista de Eco, nos dan los elementos suficientes para identificar la ideología uribista.

Estamos hablando efectivamente de un proyecto fascista y ante el fascismo solo queda la resistencia.

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