Hablemos de crecimiento económico

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Entre enero y septiembre de 2020, la economía se contrajo en 8,2% respecto al mismo período de 2019. Foto IPES Bogotá

La pandemia produjo recesión en casi todos los países del mundo, pero las medidas gubernamentales tomadas para contrarrestar sus efectos son paliativos que no afectan nuestra debilidad estructural

Carlos Fernández 

Comentar los resultados del comportamiento de la economía en el tercer trimestre del presente año, cuando ya se han tomado medidas que permiten el regreso al trabajo de muchas personas que, durante el confinamiento, no pudieron adelantar su actividad económica habitual, es un ejercicio que se sale de la rutina. Cada trimestre hacemos en VOZ este ejercicio, buscando desentrañar los factores que determinan que la economía del país crezca más o menos respecto a un período anterior.En esta ocasión, el análisis debe ahondar no sólo en los elementos que determinan tales variaciones sino intentar una aproximación a lo que le espera a nuestra maltrecha economía en los tiempos por venir. De hecho, los análisis de los economistas del sistema, reducidos a una coyuntura sin perspectivas estructurales, pecan de un optimismo que va de la moderación a la exageración. No se trata de caer en pesimismos apocalípticos, pero sí de mirar la realidad de frente, lo que no sucede en el programa de televisión diario del muñeco-presidente.

Lo que dicen las cifras

Para empezar, situemos el asunto: en el tercer trimestre, el producto interno bruto (PIB) del país presentó una caída de 9,5% respecto al mismo trimestre de 2019. La comparación entre los segundos trimestres muestra un decrecimiento de 16%. Es de anotar que, de conformidad con los criterios técnicos en el manejo de las cuentas nacionales, dos trimestres seguidos de decrecimiento del producto implican que la economía entró en una fase de recesión, que es un período del ciclo económico en el que la economía no sólo no crece, sino que presenta una disminución de la actividad económica acompañada por una elevación importante del nivel de desempleo.

Los más afectados por esta situación, como es obvio, son los sectores asalariados y los trabajadores informales, empleados o que trabajan por cuenta propia, cuyo número puede aumentar en razón de la disminución del empleo formal.

El menor decrecimiento en el tercer trimestre respecto al del segundo es un resultado lógico, dada la retoma parcial de la actividad económica, luego del severo confinamiento, pero no puede esconder una situación de fondo: el decrecimiento de la economía en lo corrido del año hasta septiembre de 2019 y 2020 (sumados los tres trimestres) fue superior al decrecimiento observado hasta junio (sumados los dos primeros trimestres). Entre enero y septiembre de 2020, la economía se contrajo en 8,2% respecto al mismo período de 2019, mientras que, entre enero y junio, el decrecimiento fue 7,5%. Cabría esperar que la ansiada reactivación no se dé según las expectativas oficiales sino que, como mínimo, la economía conserve la tendencia que ya trae y que los primeros síntomas de recuperación se den hacia finales del próximo año o a comienzos de 2022.

Desde el punto de vista de la producción, en varias ocasiones hemos insistido en que la estructura económica del país se caracteriza por la relativa poca importancia de los sectores auténticamente productivos, los que de verdad generan valor (agricultura, industria, construcción) frente a un distorsionado tamaño de los que sólo se encargan de permitir la circulación del valor generado en los primeros. Las nuevas cifras muestran un panorama que se puede resumir así:

  1. El sector agropecuario ha garantizado un suministro constante y adecuado de alimentos para el consumo de la población y de algunas materias primas. De ahí que, en lo que va de enero a septiembre de 2020, su valor agregado creciera 3,1% frente al mismo período del año anterior. Pero ese crecimiento no se ha traducido en una mejor situación para los campesinos, toda vez que han debido enfrentar una disminución enorme en la demanda de sus productos, ocasionada por el cierre de restaurantes, hoteles, etc., y por la disminución enorme del gasto de los hogares, como se comenta más adelante.
  2. Entre los dos períodos considerados, la industria manufacturera decrece un 11,1%, no obstante que en el tercer trimestre presenta un aumento notable de su valor agregado respecto al segundo trimestre, ocasionado por sectores como los textiles, la fabricación de muebles, de productos metalúrgicos básicos y la transformación de minerales e hidrocarburos. Esto muestra que industrias tan importantes como las mencionadas, a pesar de crecer, no logran revertir la tendencia a la disminución de la participación de la industria en el valor agregado general.
  3. La construcción decrece un 22,5%. El crecimiento observado en el tercer trimestre de la construcción de viviendas y edificaciones no residenciales no alcanza ni siquiera a mitigar el declive de esta actividad, favorecida desde la política oficial por medidas de subsidios a los precios y a las tasas de interés.
  4. El sector financiero, si bien vio disminuir sus tasas de crecimiento de antes de la pandemia, no presenta ningún indicador de decrecimiento. En el período que estamos considerando, presenta un crecimiento de 1,5%, bastante modesto si se tiene en cuenta que, con el pretexto de la pandemia, el Banco de la República generó unos importantes incrementos en la liquidez de la economía, que, necesariamente, deben pasar por el sistema financiero, y el Gobierno nacional canalizó los magros subsidios que decretó a través del mismo.

Las informaciones y comentarios anteriores nos están diciendo que la pandemia produjo recesión, como en casi todos los países del mundo, pero que las medidas gubernamentales tomadas para contrarrestar sus efectos en la esfera económica sólo tienen carácter de paliativos que no van a sacar nuestra economía de su debilidad estructural aunque se logre una reactivación de las actividades económicas.

Análisis por el lado de la demanda

El análisis del comportamiento del PIB debe completarse con el de la otra cara de este indicador, vale decir, con la forma como se comportó el gasto de los distintos agentes económicos. El término agentes, que se refiere a los participantes en la actividad económica (Gobierno, empresarios y familias), esconde la realidad de la estructura de clases de la sociedad, pero permite mirar en general cómo le va a la gente en medio de una situación de recesión económica.

Manteniendo el mismo período de análisis (enero-septiembre de 2020 frente a enero-septiembre de 2019), todos los sectores vieron disminuir su capacidad de gasto, con excepción del gobierno. Así, los hogares disminuyeron su consumo en 7,3%, los empresarios disminuyeron la inversión en 19,2%, los exportadores enviaron al exterior mercancías y prestaron servicios por un valor inferior en 19,5% y los importadores trajeron mercancías y contrataron servicios del exterior por un valor inferior en 18,3% a lo transado en los tres primeros trimestres de 2019. El consumo del gobierno creció un escaso 2,5%, lo cual es un indicador de la precariedad de la intervención estatal en la búsqueda de la tantas veces mencionada reactivación a que lo obligan los efectos de la pandemia sobre la economía.

¿Cuáles son las perspectivas?

No se trata de traer a colación pronósticos basados en buenas intenciones sino de establecer las medidas de política económica indispensables para lograr una dinamización de la economía que favorezca el empleo de la gente en las mejores condiciones de remuneración y de formalidad, que apunte al desarrollo de los sectores económicos verdaderamente productivos y que permita una inserción del país en el conglomerado económico internacional que facilite el desarrollo.

El primer desencantado con sus propios augurios fue el Ministro de Hacienda quien, en el documento de Marco Fiscal de Mediano Plazo sacó del sombrero una cifra de crecimiento para 2021 que, cada vez más, muestra su irrealidad. En los últimos días, aparte de las timoratas medidas tomadas a lo largo de todo este período por el Gobierno de Duque, se vienen anunciando planes de desarrollo de la infraestructura portuaria, de carreteras y, recientemente, ferroviaria que apuntarían a un impulso a la reactivación.

Como lo señalamos en un anterior artículo, se trata de planes que ya tenían un cierto nivel de elaboración y de avance en su concepción que no aportan novedad a la política. Además, son proyectos concebidos para ser ejecutados mediante las ya conocidas alianzas público-privadas que dan todas las gabelas al capital transnacional y cargan sobre los hombros de los colombianos enormes deudas que no permiten aumentar los recursos fiscales hacia el desarrollo social.

A esta visión, hay que oponer una visión que parta de la necesidad de poner los objetivos de fondo, como la preservación del ambiente y la superación de la desigualdad, como ejes de la política pública, lo que implica modificar de raíz la forma en que se relacionan los agentes económicos a que nos referimos más atrás.

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