Fragmentos de aquel acuerdo

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ETCR Antonio Nariño en Icononzo, Tolima. Foto Óscar Sotelo.

Maurico Jaramillo
@MauricioFARC 

Cuando ingresé en las filas del movimiento guerrillero escuché hablar de la Paz como un objetivo que nos permitiría abordar la lucha por las reivindicaciones del pueblo – en especial del campesinado como histórico protagonista del conflicto – haciendo uso de las tribunas democráticas, construyendo base social con las garantías que otorgan el debate de ideas y el respeto por la diferencia.

La guerra fue el único lenguaje que conocimos como respuesta del Estado colombiano durante décadas, prolongando la confrontación por más de 50 años en un pulso donde unos nos organizamos para la resistencia y otros que cíclicamente han usurpado el poder no dudaron en adoptar las más aberrantes formas de violencia para defender sus intereses de clase.

Pese a las adversidades y luego de infructuosos intentos jamás renunciamos a la consigna por la Paz y en consecuencia dialogamos con el Presidente Juan Manuel Santos, emprendimos un proceso marcado por la esperanza y la natural desconfianza, siempre convencidos que el futuro de Colombia no podía ser la guerra.

Luego de 17 meses de haber firmado el acuerdo de Paz definitivo nos hallamos en el peor de los escenarios jamás pensados, víctimas del burocratismo y la improvisación de un Gobierno que hizo de la corrupción su hoja de ruta, trazando con ella el proceso de implementación el cual ha resultado ser un fracaso.

La perversa actuación de los partidos políticos tradicionales atrincherados a conveniencia en la mal llamada “unidad nacional” terminó por desmembrar el acuerdo en el Congreso, mientras desde la Casa de Nariño se reparten la torta de contratos con el dinero de los fondos para la Paz y elevan a decisión política cercenar nuestra participación en el debate público. Vemos con preocupación que la cifra de 217 líderes sociales asesinados en el ejercicio de sus actividades continúa en ascenso, sumado a los crímenes contra la militancia de FARC que ya registran 39 casos, contando el cobarde atentado que ayer cobró la vida del camarada Juan Vicente Carvajal en hechos registrados en zona rural del departamento de Arauca.

Como si fuera poco, la oleada de montajes judiciales contra la FARC parece no detenerse, siendo el caso de Jesús Santrich uno de los más sensibles, convirtiéndose en un nuevo preso político víctima del Fiscal General de la Nación quien de manera mezquina se ha propuesto hacer trizar los acuerdos de La Habana, en lo que pareciera una labor encomendada de aniquilar políticamente a nuestro partido.

En retrospectiva, puedo decir que desde el momento que asumí un rol en la etapa exploratoria de los diálogos con Santos hace un poco más de siete años supe que no sería sencillo, y aunque los escollos han sido muchos, nuestra vocación por la Paz está incólume, así como nuestra decidida participación en política, pues dejamos las armas pero nunca hemos contemplado abandonar la lucha por la patria justa y soberana.

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