Entre el abandono y el rebusque

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Fuente: www.flickr.com

Ivanovich Jiménez

cultivos ilícitos, han sido uno de los temas más sensibles en las últimas décadas de la historia colombiana, debido a las implicaciones del orden social y económico de este fenómeno en la vida nacional, a tal punto que fue parte de la agenda de discusión entre las FARC-EP y el Gobierno nacional, en el acuerdo de paz alcanzado en La Habana. Sin embargo, más allá de las elaboraciones académicas, políticas y criminológicas de este asunto, en el fondo de todo esto, yace un entorno social que involucra la realidad de miles de familias campesinas, que en las regiones más apartadas de la geografía colombiana sobreviven del oficio de raspar hoja de coca.

No existe una cifra exacta, pero se calcula que de las personas que se dedican a raspar hoja de coca, más del 65% son jóvenes entre 14 y 27 años de edad, lo que sin duda pone a la juventud, en el centro de esta realidad.

Con el ánimo de adentrarnos en las entrañas de este fenómeno social, nos dirigimos al departamento de Arauca, una zona afectada por el conflicto armado y que es uno de los departamentos donde recientemente se han ido incrementando los cultivos ilícitos. Nuestro destino fue el municipio de Arauquita, ubicado al noroccidente del departamento, en límites con la frontera venezolana y en donde conocimos a Fabián Luna, un joven de 18 años, que se dedica a “trabajar en las materas” refiriéndose a su oficio de “raspachin”, como popularmente les llaman a los raspadores de coca. Fabián, nos condujo desde Arauquita, por un camino de trochas destapadas y escabroso durante dos horas de recorrido, a la vereda “El Oasis”, zona de cultivos de coca y donde concurren muchos jóvenes a trabajar. Gracias a él, pudimos acceder a experiencias y anécdotas, que dan cuenta de cómo es la realidad de los jóvenes que realizan este oficio.

Raspar coca o morir de hambre

Para muchos de los jóvenes que viven en regiones apartadas, hacer una carrera universitaria, firmar un contrato de trabajo para un empleo digno o practicar un deporte y competir en torneos importantes, son situaciones a las que ellos pareciesen no tener derecho. Desde muy temprana edad, estos jóvenes se ven enfrentados a asumir la realidad socioeconómica de sus familias, teniendo que empezar a “trabajar” antes de pensarse terminar el colegio.

Nos contó Fabián Luna que empezó a raspar coca a los 11 años de edad, cuando la situación económica de su casa le exigía aportar económicamente y no encontraba otro oficio que un niño de su edad pudiera realizar. Al igual que él, muchos jóvenes que hoy se dedican a esta actividad lo hacen desde muy niños, y convierten este oficio en su única fuente de trabajo durante toda su vida.

Un raspador de coca no es el propietario de “las materas”, no tiene un contrato de trabajo regular, no tiene prestaciones sociales de ninguna clase, ni mucho menos la esperanza de una pensión de vejez. Sin embargo y pese a esta realidad, el oficio de raspachin es la opción más próxima a un empleo que les permita subsistir a muchos de estos jóvenes. Son contratados por días de trabajo cuando la hoja de coca ya esté lista para ser recogida. Pagándoles ocho mil pesos por cada veinticinco libras de hoja, estos jóvenes trabajan extensas jornadas que van de las cinco y treinta de la mañana, hasta que se oculte el sol por la tarde, intentando recoger la mayor cantidad de hoja, y así obtener un buen pago, que les dure hasta que otro dueño de “las materas” necesite de su servicio y nuevamente puedan tener un ingreso.

Su éxito como raspachin, depende de la técnica, la experiencia y la suerte que se tenga en cada jornada. Sin ningún tipo de protección, están expuestos a la lluvia, al sol o a mordeduras de serpientes que comparten su hábitat en las plantaciones. No obstante, su mayor peligro no proviene de la naturaleza; los constantes operativos del ejército en estas zonas son mucho más peligrosos que la mordedura de una serpiente. En sus jornadas de recolección deben estar atentos a no ser sorprendidos por la fuerza pública, quienes, sin el menor respeto por los derechos humanos, someten a torturas y tratos crueles a los jóvenes raspachines.

Escuchamos en sus conversaciones, la anécdota de aquellos dos compañeros que hace cuatro años el ejército los sorprendió raspando, y a quienes se llevó y un día después aparecieron como miembros del décimo frente de las FARC-EP muertos en un combate. “Aquí arriesgamos nuestra vida en cada jornada de trabajo”, señaló Fabián.

No son narcotraficantes

Arauca no cuenta con una universidad pública departamental, y las dos universidades privadas que hacen presencia en el departamento solo son una opción para los jóvenes de familias adineradas que puedan pagar los altos costos de las matrículas. Además de esto, por las mismas condiciones del conflicto armado, la presencia del Estado, por décadas, se ha traducido en el incremento de militares en la zona, descuidando aspectos de trascendental importancia como la educación.

Para los jóvenes de este sector de Arauca, que han crecido en medio del conflicto armado, hablar de coca es tan natural como hablar de café, cacao o banano. Estos muchachos, una vez entregan lo recogido, reciben su pago y se desentienden de lo recolectado, pero bien saben ellos que la hoja que han recogido tiene como destino los laboratorios en los que producen la pasta de coca, con la que elaboran la cocaína, que tendrá como destino las ciudades de Colombia y del exterior. Cuando les preguntamos si eran conscientes de esta situación, respondieron sin dudar un solo instante, que esa es la única posibilidad que tienen para no morir de hambre en esa región que, con un colegio cayéndose a pedazos y un puesto de salud sin médicos, vive en medio del más descarado abandono del Estado.

Nos comentó Fabián que, con la fumigación y la erradicación de las plantas, quienes sufren no son los narcotraficantes sino los jóvenes que se rebuscan en las materas, ya que los compradores de la hoja, pueden comprar en otras partes, mientras que quienes viven de los cultivos en la zona, se enfrentan a una tragedia mucho mayor, lo que los obliga a buscar donde volver a sembrar y así sucesivamente.

Las esperanzas están puestas en la implementación

Según nos deja entender Fabián, en la implementación de los acuerdos de paz entre las FARC-EP y el Gobierno nacional, se vislumbra una solución para los jóvenes como él. La ejecución del Programa Nacional de Sustitución de Cultivos consagrado en el acuerdo revive las esperanzas para estas poblaciones. Los jóvenes de estas zonas están convencidos de que la paz a Colombia, debe llegar con la presencia del Estado, representada en mayores oportunidades, en proyectos productivos, vivienda, salud, educación y todo un mundo de oportunidades de las que han sido relegados.

“Nosotros quisiéramos estar estudiando una carrera profesional, quisiéramos dejar a un lado la coca, porque estamos para grandes cosas, pero mientras no haya una política del Estado no nos queda otra opción que sobrevivir con lo único que podemos hacerlo”, fueron las palabras de Fabián. Al preguntarle sobre las expectativas de los jóvenes frente a la paz, concluyó: “…si en vez de fumigaciones y guerra hiciera presencia de otra manera en nuestras comunidades, como por ejemplo una universidad pública en Arauca, más colegios y espacios para hacer deporte, nosotros no estaríamos condenados a vivir de la coca”.

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